BAJO LAS FALDAS DE COATLICUE 

Los mexicanos (así, sin lenguaje inclusivo) siempre nos hemos sentido orgullosos por nuestro país. De nuestros antepasados recibimos un enorme legado cultural, natural, gastronómico, artístico y en muchos otros sentidos. Ser mexicano, nos vaya bien, o nos vaya mal, suele ser un motivo de orgullo para todas y todos. No obstante, de unos años para acá muchos hemos comenzado a observar nuestro “mexicanismo” con cierto matiz crítico. Sobretodo desde que la violencia se ha convertido en una experiencia cada vez más común en la vida cotidiana. Somos el país que canta a sus mujeres: mujeres, “oh mujeres tan divinas, no queda otro camino que adorarlas”.

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Cuando miro la especial relación existe entre los hombres mexicanos y las mujeres siempre pienso en los roles de galantería que hoy critica tanto el feminismo radical. Nos guste a no así somos muchos mexicanos.

En un terrible contraste, la nación que lleva serenata, que regala flores, que enciende el cigarro y que abre la puerta del coche, ha declarado la guerra a las mujeres mexicanas y extranjeras que viven o transitan por el territorio nacional. 

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¿Qué nos pasó? Las horas de reflexión no alcanzar para brindar una respuesta clara y satisfactoria. Una primera hipótesis es que la guerra siempre estuvo ahí. Tal vez en las sombras, pero invariablemente cobrando su cuota de sangre. Ello tiene cierto grado de verdad, debido a que el machismo existe desde las primeras culturas que habitaron nuestro territorio y que fue reforzado con el paradigma conservador y católico heredado de los conquistadores españoles.

La otra es que la guerra fue producto de la delincuencia que a su vez proviene de la lucha contra la criminalidad organizada. También resulta razonable, ya que, al golpear a las estructuras criminales, éstas (a la par de cualquier empresa) han diversificado sus actividades para compensar el déficit de poder y dinero que se ha dejado de percibir. Por ejemplo, una banda que antes se dedicaba al narcotráfico hoy se dedica a la trata de mujeres, uno de los negocios criminales más lucrativos a nivel nacional y sobre todo internacional. Pero si analizamos detenidamente el problema y por un momento abandonamos el tema de las “causalidades” y nos centramos en “lo simbólico”, veremos que la guerra emana desde otros flancos un poco menos evidentes.

Desde el punto de vista anclado a la realidad política en la que vivimos, preocupa a todos, mujeres y hombres, la ligereza con la que el gobierno federal ha respondido al problema. Parece en realidad, como si los funcionarios del más alto nivel vivieran en otra época. En un mundo sin el poder de las redes sociales, donde el partido dominante era el corazón mismo de la república. La negligencia y la indiferencia también son aliados de la terrible guerra contra las mujeres. Simbólicamente es muy grave porque ahora, incluso, se ha coqueteado con incluir en el discurso de todos los días (liberales contra conservadores) a los movimientos y reclamos feministas. ¿Qué nos pasó? Se debería preguntar el gobierno.

La guerra contra las mujeres se vive en la calle de aquel municipio desolado del Estado de México, en el paraje solitario de la comunidad rural, en el mercado de la comunidad. Pero también adquiere plena vigencia en las ciudades, en el tráfico, en las escuelas, oficinas, antros y fiestas, en la música y en el arte superficial.

Aunque suene trillado, en esta guerra perdemos todos, pierde México, no solo porque la mayoría de su población pertenece al sexo femenino, sino porque la vigencia de los derechos de las mujeres son el indicador de nuestro nivel de desarrollo como sociedad y nación. México es uno de los países que más tratados en materia de derechos humanos y paz ha suscrito desde hace décadas. Paradójicamente nuestro país cuenta con un enorme andamiaje legal para garantizar la vida y la libertad de todos sus habitantes. En la realidad, difícilmente se tiene un pleno acceso a los derechos y a la justicia.

La guerra contra las mujeres es “la negación de la otra” y al hacerlo no solamente desvanece a la mujer que es víctima directa de la violencia, sino que lo hace hacia todas. El feminicidio es el crimen de género por excelencia y lo demuestra su propia naturaleza cuando se liquida a una mujer.

Estamos viviendo en México tiempos históricos (aunque suene a pleonasmo) y veremos lo que ocurre el próximo ocho y nueve de marzo. Sin embargo, personalmente también estoy muy interesado en el día siguiente. Me pregunto ¿qué dirá el presidente ante la magnitud de la manifestación que se avecina? Por lo menos yo esperaría un reconocimiento de la falla, porque los hombres (quiero decir los varones) les hemos fallado terriblemente a las mujeres de nuestro país. Esperemos que tan solo por esa mañana los fantasmas del siglo XIX dejen de rondar los pasillos del palacio nacional y por una vez nuestro máximo mandatario, el poder ejecutivo de la unión soberana, vuelva la mirada al día de ayer y de hoy.

Ya decía el célebre Cornelius Agrippa en su obra “Acerca de la nobleza y excelencia del sexo femenino (…). En cambio el varón fue hecho fuera del paraíso en campo abierto junto con los brutos animales y solo luego, a causa de la mujer fue conducido al paraíso”.

*Gilberto Santa Rita Tamés, Doctor en Derecho, Facultad de Derecho. Universidad de Sevilla y Coordinador de la Licenciatura en Derecho en la Universidad Iberoamericana.