Durante muchos años se consideró en el mundo la idea de un orden social divino. Este orden establecía el lugar a ocupar socialmente desde el nacimiento: el poder sobre otros y la subordinación se heredaban.
Cuestionar este orden marcó el inicio de la Era Moderna. Los pensadores ilustrados proponían una era de autonomía de los individuos, regida por su propia razón. El pensamiento ilustrado es una crítica al principio de desigualdad natural, basado en la idea de asignación divina de las tareas y lugares sociales que impedía a la burguesía ascender al poder.
La Ilustración buscó una transformación de los valores y el deber ser, con ello generó cuestionamientos de la hegemonía de un modelo único que da la apertura para considerar que no hay sólo un tipo de identidad, o que todas las personas son iguales. Esto dio pauta para reconocer las construcciones de nuevas identidades basadas en el reconocimiento de la pluralidad y de la diversidad cultural. Desde esta modernidad se abren espacios y con ello se generan reflexiones desde la perspectiva de género que cuestionan la subordinación de las mujeres, así como sus roles, sus espacios privados y domésticos, su participación en el ámbito público y los tipos de violencia que se ejercen sobre ellas.
Con estos cuestionamientos se abren nuevas maneras de interpretar la realidad, de tratar de comprender y reconocer la diversidad de los contextos, de las personas, de las vivencias. En este reconocimiento se habla de la violencia contra las mujeres, un tema de nuestra actualidad y desafortunadamente muy cotidiano en nuestro país.
La violencia hacia las mujeres se ha incrementado como lo hemos leído, visto o quizá vivido en estas últimas semanas; la inseguridad para mujeres y también para los hombres, se vive cada día en los diferentes espacios ya sea privados o públicos, entonces cabe preguntarnos si esta violencia cotidiana tiene vinculación con las desigualdades que se generan con y en el poder, con la ruptura o cuestionamiento de los estereotipos y roles de género o con el miedo de que todas personas tengan el acceso a los mismos derechos a la salud, educación y trabajo.
Responder lo anterior no es sencillo, pero quizá sí es un punto de inicio para la reflexión sobre el poder, sobre los roles que históricamente han tenido las mujeres y los hombres, sobre si propiciar una comunidad en la que se unan esfuerzos de mujeres y de hombres, pueda generar suficientes cuidados para disminuir la violencia y generar seguridad en los diferentes espacios en los que convivimos las personas.
Luz Galindo
Twitter: @Luzapelusita
Actualmente docente de la UNAM. Realizó su estancia postdoctoral en el CEDUA-COLMEX. Sus líneas de investigación son la perspectiva de género, políticas públicas, usos del tiempo, corresponsabilidad social, vida cotidiana y trabajo de cuidados, diversidad familiar y diversidad sexual, nuevas experiencias de ser hombres (masculinidades).

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