Indudablemente todas y todos transitaremos en algún momento hacia ese otro lugar, en tanto, cuando alguien se adelanta, quienes nos quedamos, al inicio no la pasamos muy bien, sin embargo, tendremos que transitar dichas ausencias, que a veces llegan inesperadamente, llevándose a nuestra gente querida. Después de la perdida de un ser querido, se detiene el tiempo y la vida, entramos a un estado de ensoñación donde no terminamos de entender que está pasando, sólo sentimos un profundo dolor y un vacío, escuchamos a las personas sin escucharlas, negando de manera inconsciente lo que está aconteciendo.   

Después de un tiempo, es necesario abrazar el dolor, la tristeza, el enojo, el desvalimiento momentáneo y luego entonces, una comienza los rituales para despedirle, acariciar y reparar la herida, mirar nuestro hueco y abrazarlo. Tal vez en ese momento, echar un vistazo a lo que nos dieron en el andar común nos ayude a reconfortarnos, haciendo un recuento de sus abrazos, su tiempo, sus miradas, sus besos, sus libros, sus historias, su manera de perder la paciencia, su manera de hacernos reír, sus imprudencias y sus atinados consejos.  En algún momento dejan entonces de ser “sus” y comienzan a ser mis, incorporándolos de manera consciente a mi vida cotidiana. Tal vez el hueco no desaparecerá pero con tanto regalo valioso en el caminar compartido, seguro será más llevadero porque me los dejó al irse, y ya me pertenecen a mí.  

SOLTAR

En este nuevo andar, donde una carga las ausencias, habrá que intentar soltarlas para aminorar el peso, y proseguir con nuestro propio caminar de manera más liviano. Detrás de nosotros simbólicamente quedarán todos aquellos ancestros, ancestras, la familia consanguínea y elegida que se adelantó hacia ese otro lugar. Los cuales en el momento necesario aparecerán de alguna manera para levantarnos, para darnos una palmadita, para alertarnos, para sacarnos una carcajada desde ese otro espacio.  

Los que decidieron adelantarse no sabemos si fueron los más débiles, los más fuertes, los más cansados, los que ya no encontraron un sentido, los que se cansaron de luchar, los que pensaron que era momento de descansar y estar en paz, los que tienen espíritus libres y esta vida cuadrada ya no les acomodaba,   o bien, los que desafiaron a la vida para ir en búsqueda de un nuevo territorio.

ADIÓS

Mi abuela materna por ejemplo, tenía un alma libre y aun con sus malestares de salud decidió estar todo el día en la fiesta de San Francisco, momento que aprovecho para despedirse literalmente de todo el pueblo, después llego a su casa se recostó y cuando sintió que era el momento, le llamo a mi tía Lucina y le dijo toma mi mano, no me sueltes, despidiéndose así con un suspiro cortito y tranquilo. Después vino todo el ritual de despedida para acompañarla de vuelta a la madre tierra.

Nos despedimos de ti en tu casa, cada quien como prefirió hacerlo, tocándote, rezándote, hablándote y pidiendo nos acompañaras de alguna manera. Te deseamos buenaventura en tu viaje, era la última vez que dormirías de cuerpo presente en tu hogar, y eso nos creaba un vacío en el corazón, una profunda tristeza que anunciaba un eminente abandono, para todas las mujeres y los hombres que estábamos a tu alrededor haciendo un círculo alrededor tuyo.

Después de despedirnos de ti, de manera individual, se dio paso a cargar tu ataúd y comenzar el viaje hacia tu nueva casa en el camposanto. Por fortuna el trayecto es tan bello que hiciste tú último recorrido entre caminos llenos de vegetación, cafetales, árboles frutales, tierra, agua y un sol esplendoroso que seguro te alumbró en toda tu travesía.

OLOR A CAFÉ

Durante el recorrido, caminando junto a mi madre, encontré una vaina de café, la tronché y coincidentemente la interpreté como mi abuela y sus descendientes. La rama tenía 11 granos de café, cada uno representando a sus hijos e hijas, los muertos y los vivos, más ella, como el sostén de la familia. Cuando me di cuenta se lo comenté a mi madre, a quien acompañaba esperando hacerle menos triste el trayecto al cementerio, ella me sonrió. Esta vaina la puse dentro de su nueva cama, tal vez como un símbolo de la naturaleza y pensando que debería llevarse su historia, quizá devolviéndole algo, no sé qué.

Para mí, esa vaina simbolizó la síntesis de su vida familiar nuclear, plasmada en una rama de cafeto, el cual siempre fue un referente, al llegar a la casa de la abuela. Siempre el olor de café en el fogón, la tierra de sus cafetales, el patio con los cafetos y los granos de café con pulpa asoleándose cuando concluía la cosecha. Son muchos los recuerdos de nuestra vida a través del café y la tortilla tostada en el fogón de su cocina, donde platicamos, aprendimos y escuchamos tantas cosas. Más de lo que una pueda escribir.

Ya estando en el panteón comenzó otro proceso, nuevamente se creó un círculo alrededor del féretro y comenzaron a poner las cosas que habría de llevarse a ese nuevo viaje, algunos objetos personales, comida y objetos, estos últimos elaborados en pequeñito una noche antes por varias mujeres y algunas de mis tías. Cuando devuelven a mi abuela a los brazos de la tierra, el silencio se volvió tan pesado y sientes como si te desgajaras, imposible no llorar, pero al mismo tiempo llega una fuerza inexplicable, luego la tierra comienza a envolver cada vez más el ataúd hasta que solo queda una cima de tierra abultada llena de flores vivas y coloridas, como si te volviera a parir la madre tierra de alguna forma. Finalmente, fuiste acogida por la madre tierra, esa que te vio nacer, que te vio crecer y ahora te estaba cobijando entre sus brazos para volverte a dar vida en otro sentido, por eso creo nunca dejaremos de existir, solo nos transformamos, y como diría Mercedes Sosa, Razón de vivir, por dónde seguir y elegir el modo.

Norma G. Escamilla Barrientos es licenciada en pedagogía por la Facultad de Filosofía y Letras en la UNAM y tiene maestría en psicoterapia psicoanalítica por el Centro Eleia, A.C.

@EscamillaBarr