Para Khaleda Popal el fútbol es confianza, comunidad e impacto social. Sin embargo, la excapitana de la Selección Nacional Femenil de Afganistán, tuvo que huir de su país por amenazas muerte, derivadas de su activismo como deportista. Popal denunció las violaciones a los derechos humanos y a los derechos de las mujeres afganas y terminó pidiendo asilo en Dinamarca, después de ser desplazada de su lugar de origen, al igual que otras 5 millones 800 mil personas del país.
En el exilio, Popal fundó Girl Power Organisation, una asociación enfocada en promover la inclusión y los derechos de las mujeres y las personas refugiadas a través del fútbol. Y aunque resumir su currículum sería imposible, basta con decir que, actualmente, Popal es una de las referencias mundiales en materia de derechos humanos y fútbol femenil.
En el marco de la Copa Mundial de las FIFA 2026, Popal visitó México gracias a la colaboración de Girl Power Organisation y la organización mexicana Más Sueños, y platicó con La Cadera de Eva sobre fútbol femenil, la experiencia del exilio y la situación de las mujeres afganas tras el regreso del régimen del Talibán.
Mucha gente piensa que el deporte es solo un juego o una forma de entretenimiento. ¿Por qué crees que puede ser una herramienta poderosa para defender los derechos humanos y generar cambios sociales?
El deporte puede ser ambas cosas: una competencia para las y los atletas y una forma de entretenimiento para el público. Pero, además, tiene un enorme impacto social en las personas y en las comunidades. Incluso cuando hablamos del nivel más alto, como una Copa del Mundo, el deporte transforma a las comunidades. La gente se reúne, celebra, comparte emociones. Genera alegría, esperanza y un sentido de pertenencia.
Y cuando hablamos de derechos humanos, el deporte siempre ha desempeñado un papel muy importante. A lo largo de la historia ha servido para impulsar los derechos humanos, los derechos de las mujeres y los derechos de las minorías.
Además, el fútbol me dio confianza en mí misma. Me dio una comunidad y un propósito. Siempre hablo de la hermandad entre mujeres. Aprendí el poder de la sororidad: lo que ocurre cuando las mujeres se unen por una causa más grande que ellas mismas y el impacto que eso puede tener en sus comunidades.
La Copa Mundial de 2026 atraerá la atención del mundo hacia países como México. ¿Qué responsabilidad tenemos como uno de los países anfitriones?
Es fantástico que la Copa del Mundo llegue a México porque México es un país profundamente futbolero. Y, particularmente en el fútbol femenil, México se está convirtiendo en un referente mundial. La liga femenina está creciendo, innovando y marcando un camino para el desarrollo del fútbol de mujeres en otros países.
Organizar un Mundial genera entusiasmo y felicidad, pero también representa una oportunidad. Cuando toda la atención del mundo está puesta en el fútbol, el país anfitrión debería aprovechar ese momento para visibilizar los desafíos que enfrenta su sociedad.
En el caso de México, pienso en la violencia de género, los feminicidios y también en la situación de las personas refugiadas, desplazadas y solicitantes de asilo. Actualmente hay decenas de miles de personas solicitando asilo, muchas de ellas mujeres y niñas. El Mundial puede convertirse en una plataforma para hablar de estos temas, movilizar recursos y generar oportunidades para esas comunidades.
Has trabajado con niñas refugiadas y comunidades migrantes. ¿Qué has aprendido de ellas?
Muchas mujeres refugiadas y solicitantes de asilo tuvieron que abandonar sus hogares debido a la violencia de género o a las condiciones que enfrentaban en sus países. Es una realidad que vemos en muchos lugares del mundo. Los conflictos armados, el cambio climático, la corrupción y la inestabilidad política afectan principalmente a las personas más vulnerables.
Y casi siempre quienes pagan el precio más alto son las mujeres, las niñas y los niños.
¿Cómo fue tu propia experiencia como refugiada?
Mi activismo a través del fútbol tuvo un costo muy alto.En un país dominado por los hombres y considerado uno de los más peligrosos para las mujeres, hablar sobre violencia de género, matrimonios forzados, matrimonios infantiles y corrupción puso mi vida en riesgo.
Por eso tuve que abandonar Afganistán.
Cuando un país no protege a quienes defienden los derechos humanos, personas como yo no tienen otra opción que irse para salvar su vida y también su voz. El exilio vino acompañado de trauma, tristeza, soledad y una profunda crisis de identidad.
Perdí todo lo que conocía. Llegué a un país nuevo, con otro idioma, otra cultura. Viví ansiedad y depresión. Pero el fútbol volvió a salvarme.
Gracias al fútbol recuperé mi identidad y conocí a mujeres refugiadas de distintos países que habían vivido pérdidas similares. Juntas construimos una comunidad. De esa experiencia nació Girl Power Organisation. Hoy utilizamos el fútbol y la educación para crear oportunidades para mujeres y niñas refugiadas o pertenecientes a comunidades marginadas.
Por eso estoy en México: para colaborar con organizaciones lideradas por mujeres que ya están haciendo un trabajo extraordinario con niñas, mujeres y personas refugiadas.
¿Cómo describirías hoy la situación de las mujeres en Afganistán?
Es devastadora.
Afganistán se ha convertido en una prisión para las mujeres y las niñas. Se les castiga simplemente por ser mujeres. Han sido borradas de la vida pública. Les quitaron el derecho a estudiar, a trabajar, a practicar deporte y a participar en la sociedad. Se les arrebató su derecho a existir plenamente.
La violencia doméstica ha aumentado. También los problemas de salud mental y los intentos de suicidio.Muchas mujeres y niñas ya no soportan vivir encerradas en un país donde prácticamente la mitad de la población ha sido eliminada de la vida pública.
Muchas veces el mundo solo ve a las mujeres afganas solo como víctimas. ¿Qué idea preconcebida te gustaría cambiar sobre la mirada internacional?
Cuando empezamos a jugar fútbol queríamos romper el estereotipo de que las mujeres pertenecían únicamente a la cocina o al servicio de los hombres. Queríamos demostrar que las mujeres también pertenecen a los espacios públicos, al deporte y a cualquier lugar donde quieran estar.
El fútbol fue nuestra herramienta. No empezamos jugando porque soñáramos con un Mundial. Jugábamos para construir una comunidad, para convertirnos en la voz de mujeres que nunca habían podido alzar la suya. Queríamos inspirar a otras niñas porque nosotras crecimos sin referentes femeninos.
Hablas mucho de la sororidad. ¿Por qué es tan importante?
El patriarcado lleva siglos existiendo y una de sus estrategias ha sido enfrentar a las mujeres entre sí.
Por eso hablo tanto de la sororidad. Para mí significa apoyarnos, compartir oportunidades, compartir los espacios y demostrar que cuando trabajamos juntas somos mucho más fuertes.
Una sola mujer puede ser ignorada o silenciada, pero un grupo organizado de mujeres es mucho más difícil de combatir.
Siempre pongo el mismo ejemplo: un dedo es débil. Dos dedos son un poco más fuertes. Pero cuando los cinco dedos forman un puño, es muy difícil derrotarlo.
Así debemos actuar las mujeres.
Después de todo lo que has vivido, ¿qué es lo que hoy te da esperanza?
Me da esperanza saber que todavía existen muchísimas personas y organizaciones comprometidas con ayudar a otras.También creo que quienes tenemos una voz y una plataforma tenemos la responsabilidad de utilizarlas para amplificar las voces de quienes no pueden hablar.
Quiero dedicar mi voz a las mujeres afganas, a las personas refugiadas y a quienes han sido silenciadas. Mientras tenga la oportunidad de hablar, voy a seguir haciéndolo por quienes no tienen un micrófono ni el privilegio de ser escuchadas.
Mi voz es mi mayor herramienta y quiero ponerla al servicio de quienes hoy no pueden usar la suya.

Por: 