En el corazón de la comunidad de Naranjatic Alto, ubicada en el municipio de Chenalhó, en el estado de Chiapas, México, las mujeres maya-tsotsiles sostienen la vida. Esta es la historia que explora el documental Li Cham (Morí), en donde las vidas de Juana, Margarita y Faustina son lucha y resiliencia pura.

Con una sensibilidad magistral, la película, ópera prima de la cineasta Ana Ts’uyeb se centra en su proceso de emancipación de las estructuras patriarcales y su búsqueda de independencia económica y autonomía en el México contemporáneo, especialmente bajo la influencia de la ideología zapatista, que floreció en sus comunidades y actuó como un motor de cambio. 

A través de asambleas y discursos sobre la equidad de género y el “buen vivir”, estas mujeres comenzaron a defender su derecho a la tierra y su propia identidad

Cuando hablamos de temas de violencia se termina victimizando a las mujeres indígenas; en este caso parto desde una identidad, desde cómo quiero retratar nuestra vida cotidiana, nuestra cosmovisión, pero también sobre cuál es nuestra lucha, cuál es nuestro aporte en esta sociedad”, reflexiona  Ana Ts’uyeb en entrevista con La Cadera de Eva, y añade: “Sobre eso que no se cuenta, que no se visibiliza. El propósito fue hacer algo con mucha dignidad, sin victimizar o causando lástima. Eso fue lo más puntual”.

Li Cham no solo es una muestra de cómo las historias que a menudo son silenciadas importan en su forma simbólica, sino también de las barreras sistémicas que se le imponen a las mujeres originarias en la industria cinematográfica. Uno de los logros más relevantes es que, en 2024, Li Cham obtuvo este importante galardón en el Festival Internacional de Cine de Morelia

Y es que este es el primer largometraje documental de Chiapas que logra acceder a una distribución que abarca tanto salas comerciales como circuitos independientes desde el pasado 7 de mayo.

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¿Cómo surge la idea de la película y cómo se entrelaza la memoria y el archivo desde una perspectiva decolonial?

La idea nace desde un cuestionamiento mío, como mujer, al crecer en un contexto maya-tsotsil, un origen maravilloso, pero donde hay temas de los que no se habla ni se cuestionan. Me di cuenta de que, a nivel académico y desde la antropología, se romantizaba mucho nuestra identidad con el discurso del “buen vivir”; ahí sentí que eso no era cierto y quise confrontar ese discurso.

La investigación comenzó en 2018 como una práctica periodística entrevistando a mi mamá, a Juana y a Faustina, pero mi búsqueda siempre fue el cine. Al principio quería hablar de los roles de género, el trabajo en el café y el tema de la tierra, pero necesitaba herramientas cinematográficas para hacer algo grande. Entrar en un diplomado de cine indígena me permitió tener una postura clara. Al platicar con otros pueblos originarios de Latinoamérica, comprendí cómo construimos metáforas desde nuestra propia cosmovisión y cómo cada quien interpreta la muerte, el amor y la vida.

Empecé a hacer cine de manera consciente, cuestionando la mirada occidental que, cuando habla de nosotros, se siente lejana. Decidí con qué herramientas técnicas quedarme para desarrollar una postura propia sobre qué quería y qué no quería hacer. 

¿Cómo se construyó esa mirada estética detallada que evita los estereotipos y la victimización?

Estaba muy consciente de que contaba la vida íntima y delicada de personas que no son actrices, sino de mi propia familia. Me pregunté a mí misma: ¿cómo me gustaría que me retrataran? y concluí que debía ser con orgullo, comodidad y, sobre todo, con dignidad. 

Cuando se habla de violencia, se termina victimizando a las mujeres de pueblos originarios; yo partí desde una identidad para retratar nuestra vida cotidiana, nuestra cosmovisión y nuestra lucha. Mi interés era visibilizar nuestro aporte a la sociedad sin causar lástima, haciendo algo con mucha dignidad. 

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¿Qué implica llevar el cine hecho por mujeres de pueblos originarios a salas comerciales e independientes?

Para lograr algo siempre se hace de manera colectiva; el cine es un espacio competitivo, egocéntrico y de élite donde, con la etiqueta de “cine indígena”, las posibilidades se vuelven más complicadas. Estoy aquí porque ya hubo mujeres cineastas y actrices de pueblos originarios que defendieron la imagen y la identidad antes que yo. 

Llegar a este punto ha sido un proceso de aprendizaje, tropiezos y rechazos, pero insistir está en nuestras posibilidades. He buscado trabajar con gente que tenga sensibilidad hacia estas historias; para Chiapas, este es el primer largometraje documental que logra estar en salas comerciales e independientes con una distribuidora y una campaña de impacto

Es un logro ocupar espacios como la Cineteca de Chapultepec, lugares que antes no consideraban nuestro trabajo para eventos importantes del país. 

¿Cuándo identificaste por primera vez las asimetrías de género y cómo se refleja esto en el título?

Mi pelea con los “usos y costumbres” empezó a los 8 o 9 años, confrontando a mi papá porque a las mujeres se nos prohibía subir a los árboles, algo muy pequeño pero significativo. Identifiqué que eso era violencia y machismo porque desde niña asistía a asambleas zapatistas donde mi propio papá impartía discursos sobre equidad de género e identidad

En las familias se manejaba la ideología zapatista del "buen vivir", pero llevarla a la práctica era difícil. Mi mamá no permitió más insultos cuando obtuvo su herencia de tierra a los 10 u 11 años; ahí cambió todo, ella adquirió la fuerza para plantarse frente a mi papá y defender a sus hijos. Yo viví con ella ese transitar y el proceso de defensa del derecho a la tierra

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¿Qué significa para estas mujeres tener, cuidar y cultivar la tierra?

Desde la cosmovisión tsotsil, todo es madre. La madre tierra, la madre del maíz. Para las mujeres la tierra es un mundo, es un todo; quizás desde otros feminismos se dice que el primer territorio a defender es el cuerpo, pero para ellas la tierra es el espacio que les da fuerza, libertad e independencia económica

Al tener su propio espacio, la mujer se vuelve independiente y autónoma en sus decisiones; la tierra es su mundo y les da la fuerza para defenderse a sí mismas y a sus hijos. 

¿Tiene el cine una responsabilidad frente a las luchas sociales actuales de los pueblos originarios?

El arte es una semilla que dejó el zapatismo como una nueva herramienta de lucha. Si bien el inicio del movimiento fue con armas, se sabía que a las nuevas generaciones les tocaría tomar otro tipo de herramientas. Hoy los medios audiovisuales son una herramienta poderosa, pero requieren la responsabilidad de saber qué estamos contando y cómo lo estamos contando. 

Buscamos una imagen decolonial donde se hable desde nuestra forma de vivir y desde nuestros territorios, con mucho respeto. Soñamos con que nuestra imagen no se use ni se moldee desde una construcción del Estado.