A veces, María Fasce imagina la trama de sus libros mientras sueña. En su oficio, el germen inicial es un personaje y una situación. A partir de ahí, la escritura, la imaginación y la vida de los propios personajes hacen que la novela avance y se desarrolle: “Escribo solo las historias que me interesan”, afirma en entrevista para La Cadera de Eva.

“Una historia que funciona es una historia a la que yo quiero volver para seguir escribiendo. Si uno quiere saber quién es el personaje y qué le va a pasar, eso funciona casi por carácter transitivo en el lector”.

Fasce, escritora y editora argentina, llegó a México a presentar su novela Las vidas de Elena, editada por Almaldía: un libro que explora la pérdida, el deseo y la memoria.

¿Cómo nace Las vidas de Elena?

Lo primero que se me apareció es la situación de una mujer a la que le hubiera pasado algo muy terrible. Enseguida, pensé que una de las cosas más terribles que le puede pasar es perder a un hijo. Bueno, quizá porque yo tengo un hijo.

En este caso, Elena pierde a una hija, y entonces empecé a investigar un poco en mi propia cabeza cómo iba a ser esa protagonista. Es una mujer de 40 años, es argentina, pero vive en Madrid, lo que la hace también estar un poco fuera de lugar. Es una sensación de no pertenecer; de que la vida sigue a su alrededor, que todos están metidos en ella, pero ella no.

[Elena] Es una ilustradora, lo que le da un carácter muy especial, y además le gusta bailar tango. De hecho, si piensas en los movimientos del pie al bailar tango, son parecidos al movimiento de la mano al ilustrar. Esa es la idea: que el movimiento, que está presente en las dos disciplinas, también represente la vida. Hay una frase que dijo su hija y que aparece como epígrafe: “Dios es el movimiento del universo”.

En tu novela, aunque parte de una premisa terrible, hay muchas formas de humor. Incluso, hay una presencia muy fuerte de la sexualidad que desmiente la idea de que el deseo es el antónimo del dolor.

Sí, en realidad el deseo, la sexualidad, son un modo [que utiliza Elena] para volver a entrar en la vida, una forma de sentir. Solo que, como habrás visto en la evolución del personaje, esa sexualidad tiene distintos momentos. Puede ser un modo de hundirse; el sexo puede ser mecánico, sórdido, como lo es cuando ella toca fondo, hasta que recupera el recuerdo de una escena sexual del pasado. 

A mí me me gustan mucho las historias de amor: me gusta leerlas, escribirlas, verlas en el cine. Entonces, también quería que la novela tuviera una historia de amor. Me gustaba esa idea casi romántica de una mujer que cree que nunca ha estado enamorada y descubre que, en realidad, sí lo estuvo, pero fue hace doce años, de un hombre al que conoció dos días, al que no volvió a ver, con el que tuvo una hija que ha muerto.

Y, como lo mencionabas, yo quería que hubiera humor, que hubiera luz, porque también ese es un modo de narrar. Los escritores que a mí me interesan son maestros en mostrar el dolor; pero ese dolor se siente porque está junto al absurdo, junto al humor, junto a la luz. Si entras solo en la oscuridad, ya no ves matices. Al final, la literatura es como un proceso químico: tienes que combinar efectos para sacudir al lector.

¿Qué rol tienen los diferentes personajes femeninos en tu novela? ¿Cómo se van tejiendo esas redes, esas relaciones?

La amiga [de Elena] es clave en la novela, pero tiene una relación muy ambigua. Es decir, la cuida, la protege, la salva, pero también compite con ella, decide qué es lo bueno y que es lo malo, a veces, con gran torpeza. Además, es psicoanalista, pero una psicoanalista muy especial. En un momento, Elena le dice: “Mira, tu perro me entiende más que tú”.

También tenemos un personaje, que yo puse desde el primer capítulo, que es esta desconocida que se lleva la maleta de Elena. Esa escena inicial es clave para mostrarle al lector, sin decirle explícitamente, que algo terrible le ha pasado a Elena, porque si estás en el aeropuerto y una desconocida se lleva tu maleta, lo lógico es correr, buscarla y recuperarla. Ella no solo la deja ir, sino que se lleva la maleta de la desconocida. Esta mujer se llama Lina, y el lector sabe, también, que esas dos mujeres van a encontrarse en algún momento.

Yo tenía una idea de la historia, de lo que iba a pasar, pero no completa. Yo no sabía qué iba a pasar con Lina ni con ese hombre del pasado, y era muy entretenido ir descubriéndolo mientras escribía. A veces, pasa: esto que decimos los escritores —y que parece un invento— de que los personajes se te escapan y hacen cosas que no querés. A mí me pasó eso.

Para ti, ¿cuáles son las historias que funcionan? ¿Cómo definirías una buena trama ficcional?

Borges decía: “Toda buena historia es, en esencia, un relato policial”. Las grandes historias de la literatura también son historias cercanas: Madame Bovary, desde luego, pero también Carol, de Patricia Highsmith, que es una novela que yo tenía en la cabeza mientras escribía esta. Todas ponen en el mundo personajes que sientes que están vivos.

Los buenos libros provocan la sensación de que son un recuerdo más de tu vida, como si fueran un viaje, algo que te pasó. Quizá esa es la característica de las buenas historias: que ese mundo que han creado está vivo, y has estado en él y queda en tu vida como un recuerdo.

¿Sueñas con tus personajes?

No, no sueño con mis personajes, pero me ha pasado que, en los sueños, se me aparecen tramas. Es al revés; mis personajes salen de algún sueño, o son sueños los que me los inspiran. Tengo un block de papel en la mesa de noche y, hay veces, que me despierto, después de un sueño o de una pesadilla, y escribo sin prender la luz.

Al otro día lo veo —a veces ni entiendo la letra—, pero cuando logro descifrarla, me doy cuenta de que ahí está el germen de una historia.