Hay objetos que pesan más de lo que debería permitir su tamaño. Iliana Pichardo Urrutia lo sabe bien: escritora mexicana radicada en la frontera entre El Paso y Ciudad Juárez, lleva años coleccionando objetos cargados de símbolo. El hallazgo de un acta de defunción fue la pieza que le faltaba en un archivo de silencios internos.
Cada mar desierto es el resultado de ese encuentro. Una obra híbrida y fragmentaria que transita entre la autoficción, el ensayo personal y la poesía para explorar la pérdida gestacional, el duelo transgeneracional y lo que significa crecer sobre los silencios que cargamos quizá sin saberlo. Pichardo nombra lo que durante generaciones las mujeres aprendieron a no nombrar.
El archivo como método
Iliana también hace documentales, y eso se nota en su forma de construir narrativa: le interesa el ritual que acumulan los objetos, el peso simbólico que les asignamos. Cuando encontró el acta de defunción, supo que tenía que usarla.
"Yo ya había empezado a escribir esta historia, pero era de otra forma”, explica. “Al encontrar esta acta fue como: ¿qué hago con esto? Esto lo tengo que usar, pero no tengo idea cómo."
El archivo funciona en el libro como detonante narrativo y como método: una forma de ordenar el caos emocional a través de piezas concretas, verificables, táctiles. Pero también como dispositivo para interrogar los límites del género literario. Cada mar desierto no es en realidad unas memorias, ni una novela, ni un ensayo. Es todo a la vez.
"El género se me hace una frontera muy difusa”, dice.
“Si yo recuerdo que sucedió algo, pero no sucedió así en realidad, ¿es real o es imaginación? Pero yo me acuerdo, entonces sí pasó. Juego a especular con el pasado, a reimaginar, a reinventar."
Lo que no se dice
Antes de ser escritora —o mientras lo era— Pichardo Urrutia fue mamá. Y fue en esa experiencia donde empezó a notar un patrón: en los grupos de maternidad en redes sociales, cada tanto aparecía alguien contando que había perdido un embarazo. Y en los comentarios, la misma avalancha de "yo también, yo también, yo también."
"Solo en esos espacios la gente se abre", recuerda durante esta charla con La Cadera de Eva. “Son duelos muy solitarios. No hay un contexto social, no hay un lenguaje para nombrarlos. Se viven en silencio, muy recogido. Y como no hay un ritual colectivo para procesarlos, se tarda mucho en hacerlo."
A eso se suma la dimensión de la culpa. Una culpa que no es racional, pero que el cuerpo alberga con obstinación: "La mujer lo vive mucho como culpa. Tú perdiste al bebé, entonces mi cuerpo lo perdió, mi cuerpo no pudo contenerlo. Y eso pesa mucho."
Pichardo Urrutia explica que lo que quería hacer en el libro era justamente lo contrario: crear el espacio que no existe. "Quise que hubiera un eco, ondas que se expanden. Si a ti te pasó, que puedas resonar y sentirte acompañada en ese ritual." Un libro que no es su voz sola, sino una voz que convoca otras.
Nuestras propias mitologías
Pero Cada mar desierto no es solo sobre las pérdidas que vivimos en carne propia. Es también sobre las que heredamos.
"Todos tenemos historias que nuestras abuelas nos contaron y que en el libro traté como nuestras mitologías familiares. Son las historias que nos fundaron: nuestros traumas, pero también nuestra identidad, nuestros linajes femeninos. Cómo aprendemos sobre nuestro propio cuerpo, las ideas que tenemos sobre la maternidad…"
Por eso entran al libro los animales, el tono de fábula, desde la mirada infantil. Porque esas historias llegan así: como cuentos, cuando éramos pequeñas y no teníamos herramientas para procesarlas. Y se quedan en nosotras.
La frontera como personaje
El desierto de Chihuahua es un personaje dentro de esta novela. La propia Pichardo Urrutia lo explica así: "Es inevitable no escribir sobre el desierto porque es un personaje."
"La primera vez que crucé el puente fue entre impactante y fascinante. Realmente son dos ciudades que son la misma —la gente va y viene, hay un cruce de lenguaje muy fluido, inglés y español todo el tiempo, incluso en los salones de clases."
Y el paisaje mismo: "El desierto te atraviesa mucho el cuerpo. Hay tanta extensión, uno puede ver tanto a lo lejos, que me dio mucha expansión corporal. Sentir anchura. En Ciudad de México uno va a codazos abriéndose espacio. Aquí esa anchura era también un espacio mental."
Una escribe desde el cuerpo, dice. Y un cuerpo que ha vivido en la frontera escribe sobre la frontera, inevitablemente. De ahí que el útero vaciado y el desierto vaciado terminan hablando el mismo idioma en las páginas de Iliana.
¿Para quién es este libro?
Una última pregunta, casi inevitable: ¿a quién imagina Pichardo Urrutia del otro lado? Pensó primero en un público de mujeres. Pero recibió mensajes de hombres que también conectaron.
"¿Por qué pensar que son temas que solo le pueden interesar a una mujer? Como dice Adrienne Rich, todos venimos de una mujer. Es una experiencia compartida por todos."
Y tiene razón en algo más: el duelo, la migración, perder las casas familiares, ya no estar donde uno creció: son experiencias que hoy atraviesan a muchísimas personas. Cada mar desierto no habla solo de un hermano que murió. Habla de todo lo que se pierde sin que nadie lo nombre.
Y de lo que ocurre cuando, finalmente, alguien lo hace.

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