En México, donde más de 133 mil personas siguen desaparecidas, las palabras se vuelven insuficientes. Alma Delia Murillo toma la “ficción” como espejo de una verdad insoportable: la ausencia que duele y persiste. Su reciente novela es un relato que estremece e incómoda, recordándonos que, ante la crítica situación que vivimos, no podemos olvidar que hay una raíz que no desaparece.
En su novela Raíz que no desaparece (Alfaguara, 2025), Murillo narra la historia de una escritora que investiga la muerte de un ahuehuete plantado en el lugar de una palmera cortada en el corazón de la Ciudad de México.
Su búsqueda la lleva a cruzarse con Ada y otras madres buscadoras que sueñan con la ubicación del cuerpo de sus hijos. A pesar de que la fiscalía intenta enterrar los expedientes, esas coordenadas indican con precisión el paradero de los desaparecidos, revelando un dolor que se niega a ser olvidado.
En La Cadera de Eva, entrevistamos a Alma Delia, quien nos comparte más sobre su conmovedor relato que “no es verdadero, pero es verdad”.
¿Cómo nació la idea de escribir esta novela y entrelazar la historia con la voz de los árboles?
Más que una idea, fue una necesidad. Han pasado casi 30 años viendo gobernar a todos los partidos, y el fenómeno de la violencia y las desapariciones en los últimos 18 años se ha vuelto insoportable. Las estadísticas de los tres sexenios anteriores suman 100 mil personas desaparecidas.
El tema de los árboles surgió un día mientras regaba las plantas en mi terraza. Vi en el tronco de una jacaranda una especie de ojo, y se me detonó un pensamiento mágico: los árboles ven todo lo que sucede. A esto se suma la muerte del ahuehuete que plantaron en el lugar de la palmera, lo que resonó en mí como una señal de que los árboles saben y nos comunican otro lenguaje, uno que va más allá de lo racional.
¿Cómo encuentras el vínculo entre la naturaleza y la violencia humana?
Independientemente de la parte política y las justificaciones ideológicas que son perversas, lo que está pasando es un atentado contra la vida. La violencia que sufrimos es un fenómeno que altera el ecosistema. Los cambios climáticos podrían ser un grito del planeta que nos advierte que debemos cambiar.
En México, las fosas clandestinas están en el 75% del territorio, muchas en montañas y bosques. En la novela digo: 'Nos estamos comiendo la violencia'. Es algo que no queremos ver, pero que está presente en cada rincón de nuestra tierra.
¿Cómo fue para ti, emocionalmente, la preparación para este libro?
Escribir implica tomar decisiones. Decidí hacer trabajo de campo por respeto a los colectivos de buscadores. Fui con ellos, me entrevisté con varias madres y traté de mantenerme cerca. Fue un proceso duro y doloroso, pero también me afinó, como cuando se afina una orquesta. Aprendí que los colectivos buscan por amor, desde lo más vital que tienen, como haríamos cualquiera de nosotros.
Lo que más aprendí de las madres buscadoras es su vitalidad. A pesar del dolor, llegan impecables y arregladas, llevando comida y con las fotos de sus hijos impresas en sus camisetas. Son mamás que, a pesar de todo, siguen siendo madres.
Esa imagen me impactó profundamente: verlas listas para enfrentar la búsqueda, como si fueran a una reunión escolar, pero con el peso de la tragedia en sus corazones.
¿Consideras que la desaparición forzada es una crisis humanitaria que merece más atención?
Absolutamente. Es una crisis humanitaria y un crimen de lesa humanidad. Estas personas, en promedio de 25 a 27 años, son desaparecidas contra su voluntad. No se puede hablar de un país con 130,000 desaparecidos y fosas clandestinas en el 75% del territorio sin señalar a nuestros sistemas de gobierno. Cada 45 minutos desaparece una persona en México. ¿Cuándo vamos a darle la dimensión necesaria a esta tragedia?
¿Qué le dirías a quienes piensan que este problema no les afecta?
En este tejido social, no puede ser que no te afecte lo que está pasando. Hace 15 años se podía viajar con seguridad por México; hoy todos tememos tomar cualquier carretera después de las 6 de la tarde. Mientras más toleremos que esto le pase a un grupo, todos nos estamos afectando. Nadie está a salvo.
Hemos visto asesinatos de altos funcionarios en plena luz del día. Esto debería hacernos cuestionar si nos resignamos a que todo empeore o si exigimos al Estado que cumpla su función de proveer seguridad.
¿Crees que la literatura puede ser un espacio de memoria y resistencia?
Sí, pero no es el único rol de la literatura. En momentos de dolor y fenómenos sociales, la literatura abre posibilidades. Nos permite entender desde otro lugar, ya que un libro es una representación de la realidad. También deja un registro de que esto existió y que esas personas tuvieron un nombre. En la novela, incluyo nombres y fichas reales narradas en primera persona, para que su memoria perdure.
Alma Delia nos confronta con el lado humano que las estadísticas parecen olvidar, el dolor y la angustia detrás de las desapariciones forzadas. En Raíz que no desaparece, nos enfrenta con el infinito amor de cada madre, padre y familiar que busca a sus desaparecidos.
Una lectura que nos recuerda que todos estamos conectados en este país atiborrado de violencia, y que al final, eso formará parte de nuestra historia. La obra de Murillo es un llamado a la empatía, a no desviar la mirada y a reconocer que, en cada desaparición, hay una vida que merece ser recordada.