Esta investigación es resultado de la beca: “Programa Exprésate 2025” de la Fundación Internacional de Mujeres en los Medios de Comunicación (International Women's Media Foundation , por sus siglas en inglés)
Son las ocho de la noche, momento perfecto para cenar un caldo de gallina. En la mesa de un local ubicado a las afueras de la estación del metro Revolución de la Ciudad de México (CDMX) se encuentran Dulce Jazmín, Salinas y Silvia, todas trabajadoras sexuales en condición de calle. De las tres, Jazmín es quien más disfruta la comida; toma una tortilla y le pone una porción considerable de salsa, limón, cebolla y un pedazo de huacal. Con mucha destreza, logra enrollar la tortilla y remojarla en el caldo. Antes de que la tortilla se deshaga, le da una mordida. Su masticar es lento. Silvia también ordenó un caldo de gallina, pero come desganada porque le duele el estómago, en cambio, Salinas asegura no tener hambre. Según sus compañeras, Salinas prefiere gastar el dinero en una dosis de piedra con la que perderá el apetito un par de días, porque cuando se vive en la calle, el hambre estorba.
No se sabe, con exactitud, cuántas personas viven en la calle y, de ellas, cuántas ejercen el trabajo sexual y/o son de la diversidad sexogenérica. El Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI) en 2020 contó en la CDMX a mil 226 personas, siendo la alcaldía Cuauhtémoc la que tiene mayor concentración de esta población. Mientras que el Conteo Anual de Personas en Situación de Calle del 2023-2024 realizado por la Secretaría de Bienestar e Inclusión Social (SEBIEN), registró 2 mil 800 personas; contabilizando 1011 en la Alcaldía Cuauhtémoc (de ellas, 547 deambulan en las calles del Centro Histórico). La Alcaldía Iztacalco ocupa el segundo lugar con 479 y la Venustiano Carranza el tercer lugar con 336 personas en situación de calle.
La Asociación Civil “El Caracol AC”, puntualiza que esta población es diversa: en la calle sobreviven niñas, niños, adolescentes, personas con discapacidad, personas mayores, personas de la comunidad LGBTTTIQ+ o, incluso, familias completas.

Dulce Jazmín
Dulce Jazmín Tapia García es una mujer trans hija de un matrimonio campesino. Nació el 1 de octubre de 1997 en San Juan Colorado, una comunidad perteneciente a Santiago Jamiltepec, en la costa chica del estado de Oaxaca. Dice que su signo zodiacal es Libra y, aunque desconoce las características de las mujeres Libra, está orgullosa de serlo. Es la tercera de cinco hermanes. Desde muy pequeña supo que su cuerpo no pertenecía al género que le fue asignado y su familia no comprendía ese sentimiento. Durante su infancia, y parte de la adolescencia, su papá buscaba “corregirla” con golpes, intentando aminorar las habladurías de la gente del pueblo.
Pese a los chismes y desacuerdos con su familia, comenzó a maquillarse y se dejó crecer el cabello. A los 12 años, un hombre del pueblo abusó sexualmente de ella. Toda su familia supo del episodio, pero no hicieron nada. Según ellos, la agresión estaba justificada por “su comportamiento afeminado”.
—Yo era un niño hermoso. Todos me deseaban porque era muy bonito y la gente me lo decía—, asegura Dulce Jazmín.
Cursaba el segundo año de secundaria cuando huyó de su casa. Las golpizas por parte de su papá, y la falta de apoyo y comprensión por parte de su mamá le causaban tristeza y soledad. Según Dulce, ella nunca recibió información sobre el derecho a la identidad de género ni ningún tipo de educación sexual. En su casa no se hablaba de esos temas.
Durante el año 2012, cuando Jazmín tenía 15 años, el Congreso Local del Estado de Oaxaca, a través de la Reforma al Código Civil, aprobó el matrimonio igualitario y nueve años más tarde —en 2021—, el congreso aprobó que, a partir de los 12 años, las personas pudieran modificar sus documentos oficiales para reflejar la identidad de género autopercibida. Con estas acciones, Oaxaca se había posicionado como la primera entidad de México en reconocer los derechos a la identidad para la población LGBTTIQ+. Dulce desconocía estas leyes.
—A los 14 años me escapé con un hombre mayor que ni conocía. Él fue de vacaciones al pueblo y se me hizo fácil acostarme con él. Esa noche, mi papá nos descubrió en el baño de la casa y me puso una golpiza. Al día siguiente hablé con el hombre y le dije: “Me quiero ir a la Ciudad de México llévame contigo”.
El hombre accedió, pero una vez arriba del camión, dejó a Dulce Jazmín y él siguió camino a Cuernavaca: “Me dejó sola como un perro”, recuerda.
Al llegar a la Ciudad de México, Dulce Jazmín asegura haber sentido algo cercano a la libertad. Lo primero que hizo fue reafirmar su identidad de género presentándose como “Dulce Jazmín”, nombres que, asegura, describen su personalidad. Tras el abandono en la terminal de autobuses, buscó a dos de sus hermanas que vivían en el Estado de México, pero la convivencia fue incómoda y violenta.
—Por el momento, vivir en la calle es la única y la última opción. Llevo tres años quedándome en la calle y ¡claro que me han buscado mis familiares, mis sobrinos, mis hermanas y todo, manita! pero ellos me dicen, "¡No te vistas de mujer en mi casa!" No me aceptan. No me quieren de mujer, me quieren de hombre. ¡No me quieren a mí, a Dulce Jazmín! Y esta es la persona que soy.
Mientras lo narra, Dulce Jazmín llora de impotencia y recuerda los episodios que la orillaron a vivir en situación de calle.
—Me aceptan, pero me discriminan. Por ejemplo, a la hora de comer, no me dejan sentarme en la mesa. Apartan mi cuchara, mi plato, mi vaso. ¡Ponen mis cosas a aparte y me hacen a un lado! ¡Como si yo fuera un perro con sarna! Cuando me invitan a comer me piden que lleve mis propios recipientes cuando saben que no tengo. Es humillante. Mejor mi cuñado me dice que no les haga caso, por eso prefiero estar en la calle, aquí me aceptan como soy.
La última vez que Dulce Jazmín visitó su pueblo fue hace dos años. Su madre le dijo que la dejaría pasar con la condición de que se vistiera como un hombre. Dulce se negó.
De acuerdo con el artículo “Violencia en el entorno laboral del trabajo sexual y consumo de sustancias en mujeres mexicanas”, publicado en 2014 en la revista Salud Mental del Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz, las trabajadoras sexuales en situación de calle “viven en un ciclo de violencia que inicia desde la infancia y se agudiza conforme pasa el tiempo. Se enfrentan a una serie de problemáticas sociales interseccionales a la pobreza, el abuso de sustancias, el riesgo de Infecciones de Transmisión Sexual (ITS) historias de abuso infantil o de violencia de pareja”.
Respetar la calle
Dulce Jazmín es conocida por ser amigable y compartir los alimentos y el cobijo que va consiguiendo en el transcurso del día. Dice que la calle le ha enseñado el respeto y el saber valorar el agua, la comida, un trago de alcohol; incluso valorar cuando le regalan un poco de “piedra” con el que logra relajarse. Esta variante de la cocaína también conocida como “crack”, es una pasta amarillenta que se endurece formando pequeñas piedras o rocas, las cuales Jazmín consume ocasionalmente fumando en una pipa de cristal.
— ¡Aprendes a respetar todo, mana! ¡Todo! Porque la vida en la calle, manita, no es tan fácil.
Dulce Jazmín vive en los alrededores del metro Revolución. Por lo general, improvisa un espacio para dormir con cobijas y cartones que coloca en algún jardín, en la banqueta o a las afueras de algún establecimiento poco concurrido. Al migrar a la CDMX, y tras el rechazo de sus hermanas, buscó a una conocida de su pueblo. Influenciada por esa amistad, se inició como trabajadora sexual a los 15 años. El trabajo le pareció fácil, le gustaba maquillarse, vestirse, usar tacones “verse regia, guapa”. La primera zona donde trabajó fue Garibaldi, aunque recuerda que, con el paso del tiempo, el ambiente comenzó a ponerse “pesado” y se movió a la zona de la Merced. Dice que su juventud, personalidad y género jugaban a su favor.
—En un día podía hacer 10 servicios. Gané mucho dinero y un día dije: “voy a rentar mi propio cuarto”. Yo vivía con una amiga en Ecatepec y, en esa misma zona, busqué un lugar.

Poco a poco, comenzó a comprar algunos muebles. Su sueño era tener una casita con sala, comedor, cocina y una recámara para que su familia de Oaxaca pudiera visitarla y sentirse orgullosa de ella. Sin embargo, en noviembre del 2017 lo perdió todo.
—Recuerdo que era día de muertos. Me había visitado una prima. En la calle estaban tronando cuetes y entonces cayó uno dentro de mi casa porque la ventana estaba abierta. ¡Yo bajé bien enojada, mana! y les reclamé a unos chacales que estaban allí. ¡Entonces hice una pendejada! ¡Le rompí el parabrisas a dos camionetas! ¡Mana, yo no sabía que esa gente era mafiosa!
En ese momento, Dulce Jazmín descubrió que el dueño del edificio donde ella rentaba era distribuidor de drogas. Un narco local que tenía el control de la zona. Los hombres entraron al edificio y forzaron la puerta de la vivienda. Jazmín sintió miedo de que esos hombres le hicieran daño a su prima. Estaba aterrada.
—Entraron a mi cuarto, nos amenazaron con pistolas. Les pagué todo y allí quedó. Yo nunca he tenido una cuenta del banco, porque no tengo papeles para sacar una. Por eso todos mis ahorros los tenía en mi cuarto. Esos se dieron cuenta que tenía más dinero, regresaron en la madrugada, me quitaron todo y me corrieron. Desde ese día no puedo regresar, estoy amenazada de muerte. Me vieron sola y no pude hacer nada.
La pérdida de su patrimonio la llevó a experimentar una profunda tristeza. No sabía a dónde ir. Ulises Pineda, Jefe de Departamento de Derechos de las Personas LBGTTTIQA+ de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México (CDHCM), reconoce que aún persiste la ausencia de una política integral para la atención de la comunidad en condiciones de calle, tomando como ejemplo el Centro de Asistencia Social (CAIS) “CORUÑA”, ubicado en la Alcaldía Iztacalco, espacio que recibe a personas en situación de calle. En entrevista, Pineda señala que durante su gestión como Director General de Diversidad Sexual y Derechos Humanos de la SIBISO (hoy SEBIEN) lxs usuarixs denunciaba abiertamente malos tratos dentro de CORUÑA: “Las personas explicaban que hay violencia, discriminación, les ponen apodos, incluso acompañamos dos casos, porque aparentemente las personas del trabajo social les decía a la personas LGBT, especialmente a mujeres trans, que no podían entrar vestidas de cierta manera; eso es discriminación”. Ulises Pineda reitera que esto se está trabajando con políticas integrales por parte del Gobierno de la Ciudad de México, incluso menciona que la misma población de calle no quiere asistir porque: “ahí mismo les venden la mona, la piedra, la coca, el alcohol (...) entonces, es un espacio donde más allá de poder tener un alejamiento de su adicción, tenían riesgo de recaer”.
Después de haber perdido su patrimonio, y al no tener a donde ir, Jazmín intentó refugiarse con su familia, pero eso implicaba lidiar con el rechazo por ser mujer trans y “prostituta”. Sin embargo, hay una diferencia entre la prostitución y el trabajo sexual; la primera es una forma de explotación, donde la persona no tiene agencia para decidir sobre su cuerpo o las ganancias, y depende de una tercera parte, que suelen conocerse como padrote o madrota. Por su parte, el trabajo sexual se considera una actividad autónoma, en donde la trabajadora decide costos, tiempo y el tipo de servicio que puede hacer. Dulce Jazmín se asume trabajadora sexual.
Desde entonces, la situación de Dulce Jazmín no mejora. A sus 28 años aún sigue sin concluir la secundaria y su familia no la reconoce como mujer. Explica que ese rechazo le causa mucha tristeza, reconoce que su nivel educativo le resta oportunidades laborales y está convencida de que, conforme pase el tiempo, la edad jugará en su contra. Tampoco sabe a quién pedir ayuda o a qué lugar ir para tratar su depresión.
Las experiencias diarias de Dulce Jazmín se tejen acompañadas de La Caña, una bebida alcohólica que compra por 20 pesos. Si tiene suerte, algún cliente o amistad le invitan su cañita. Cada vez que la destapa arroja un chorrito al piso, dice que es para que sus muertos no tengan sed. A lo largo del día, permanece en estado de ebriedad, cotorreando con sus compañeras, con vendedores ambulantes y otras personas en situación de calle, viendo pasar el día hasta que dan las 20:00. Tiempo de trabajar. Jazmín se asume alcohólica y reitera que no le da pena aceptarlo. Su sinceridad y humor cálido la han llevado a construir un lazo de confianza con su amigo Milaneso, un hombre de 38 años que también vive en la calle.
-Con Milaneso compartimos La Caña, la piedra, las cobijas. Me acuerdo cuando nos quedamos debajo de ese edificio porque nos agarró la lluvia. Nos tapamos con unas cobijas. Yo veía de reojo a la gente parada a nuestro lado, esperando a que pasara la lluvia. ¡Qué pena con la gente! Le decía al Milaneso que se hiciera el dormido.
Milaneso ríe al recordar la escena bajo la lluvia y no titubea al reconocer que cuando siente hambre busca a Dulce Jazmín, porque ella siempre consigue qué comer. Sobre todo, cuando no alcanzan alimentos en el comedor comunitario de la zona.
-¡Manita!, es que yo consigo porque soy honesta. Yo voy con la gente y le digo: “Manito, ayúdame con un peso, mira manito que ando bien cruda, tírame paro, préstame para mi caña”.
El comedor más cercano a la zona de Revolución es Manos Amigues, ubicado en la colonia Guerrero, fundado por el neoyorquino Brent Alberghini durante la pandemia. Aunque está dirigido a la población en general, se prioriza el servicio a personas vulnerables de la comunidad LGBTTT+.
Una comida en un comedor comunitario cuesta 11 pesos e, incluye una entrada (sopa), el plato fuerte (proteína animal o vegetal ), agua y tortillas. Dulce Jazmín frecuenta este lugar aunque, cuando tiene oportunidad, prefiere comer un caldo de gallina.
Según Dulce Jazmín, toda persona que vive en la calle ya probó las drogas. El activo (inhalantes), la marihuana, la piedra o el cristal (metanfetamina cristalizada) son sustancias fáciles de conseguir.. No solo funcionan como una alternativa para “escaparse” de la realidad”, también son una posibilidad de generar recursos y con ello continuar sobreviviendo.. Jazmin explica que muchas personas en situación de calle se han unido a grupos delictivos para vender sustancias ilegales .
—Mana, hay gente que se cree mucho, que se cree que tiene poder porque venden vicio. Yo no me meto en esas cosas. No me gusta tener problemas con nadie, es peligroso.

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