En 2024, una estudiante identificada como Jane Doe fue víctima de abuso sexual en grupo por siete hombres, integrantes de la fraternidad Chi Phi en la Universidad Cornell, una de las universidades más prestigiosas de Estados Unidos y parte de la denominadas Ivy League por su rigor acádemico.
A pesar de que Jane Doe reportó los hechos dos semanas después, lo que se suscitó a partir de ese momento fue una serie de omisiones y silencios que encubrieron a los agresores. Entre las medidas que tomó la universidad se dio a conocer que los implicados recibieron sanciones menores como la redacción de ensayos, un acto que no sólo minimiza la gravedad del abuso y violencia sexual, sino que habla de la complicidad patriarcal dentro de las instituciones educativas.
Además de la denuncia, el caso se viralizó después de que se filtraran mensajes de texto sensibles en los que se evidencia la participación de los agresores mediante el uso de palabras deshumanizantes que invitaban a más hombres a unirse a la agresión.
Dos años después del suceso, Jane Doe realizó una demanda civil contra la universidad, sus agresores y las organizaciones involucradas. Dos años después el caso vio la luz y nos recordó que la violencia contra las mujeres se sostiene a través del encubrimiento entre los hombres, la normalización de la violencia de género y la negligencia institucional.
¿Cómo es que después de dos años la Universidad Cornell mantuvo el caso en secrecía mientras resguardaba la identidad de los agresores? Esto tiene un nombre y se le conoce como cultura de la violación.
¿Qué es la cultura de la violación?
Como en el caso Cornell, la cultura de la violación surge del entramado de violencias y silenciamientos que protegen al patriarcado y a quienes perpetúan la violencia machista.
De acuerdo con el artículo Cultura de la violación, un análisis del continuo en la violencia sexual que viven las mujeres, la cultura de la violación se percibe como un conjunto de creencias, valores y comportamientos en los que la violencia sexual y el abuso interpersonal se normalizan, justifican, trivializan, excusan o minimizan y, sobre todo, se socava el concepto de consentimiento.
El término fue acuñado en la década de 1970 durante la segunda ola del movimiento feminista por el grupo Feministas Radicales de Nueva York en su libro de 1974 Rape:The first Sourcebook for Women.
En esa obra se teorizó la cultura de la violación como un sistema social que consiente, sostiene y reproduce la violencia sexual, para convertirla en una herramienta de poder, control y opresión.
“La cultura de la violación normaliza que los hombres tiendan a abusar, controlar y ejercer poder sobre las mujeres y las niñas. Las responsabiliza de ‘cuidarse’ para no ser agredidas, culpabiliza a las víctimas de las agresiones y las estigmatiza”, explica el Observatorio de de Violencias Sexuales Contra Mujeres Jóvenes.
“Y la culpa no era mía, ni dónde estaba ni cómo vestía”
Como se enuncia en la popular consigna creada por la colectiva feminista chilena, Las Tesis, la “culpa” no es de las mujeres, es del violador y de la estructura que sostiene la violencia sexual contra las mujeres.
La cultura de la violación se sujeta sobre la estructura de poder patriarcal, la desigualdad de género y los rígidos roles de género. El patriarcado define la masculinidad hegemónica mediante la dominación, la fuerza y la agresividad sexual, mientras impone a la feminidad una expectativa de pasividad y subordinación.
Bajo esta premisa, la cultura de la violación y el patriarcado se alimentan en un círculo vicioso a través de varios mecanismos de reproducción social como la legitimación e impunidad del agresor, tal como en el caso Cornell, así como de la sexualización y cosificación de los cuerpos de las mujeres, pues se les ve como objetos de uso, consumo y servicio para la satisfacción masculina y se cree que están disponibles independientemente de su deseo.
Y, sin embargo, la culpabilización de la víctima continúa
Sin ser la excepción, los agresores del caso Cornell negaron los hechos e intentaron manipular lo que había ocurrido. La defensa de los estudiantes niega categóricamente haber cometido el delito de violación y alegan que la víctima había consumido alcohol y que había dado su consentimiento.
En actos como este, el sistema traslada la responsabilidad de la agresión. Se cuestiona a la víctima por su vestimenta, su consumo de alcohol, los lugares u horarios en que transitaba o por estar sola.
En su máxima expresión, la culpabilización de la víctima o victim blaming tomó una de estas formas en el caso: según se registró en la investigación conducida por la universidad, uno de los estudiantes intentó voltear la culpa por completo al decir que él fue agredido sexualmente por la estudiante.
Así se ve en la vida cotidiana
¿Te has preguntado si tu canción favorita es, en realidad, un eufemismo de la cultura de la violación? Sin importar el género musical, las letras a menudo normalizan el abuso sexual. Ejemplo de ello es la balada mexicana, Buenos días, amor, de José José, en la que recita: Me perdí en tu vientre cuando aún dormías. La sorpresa abrió tus ojos y se hizo el día”.
Este es un ejemplo de que la cultura de la violación está “en todos lados”. Desde el espacio del entretenimiento hasta en instituciones, como la familia.
Así, la cultura de la violación, como el patriarcado, son omnipresentes; se encuentran en el lenguaje, bromas y refranes populares que naturalizan la posesión masculina y el acoso en espacios públicos y digitales como en piropos no deseados, miradas lascivas, tocamientos sin consentimiento en la calle, transporte, escuelas o centros de trabajo, así como la recepción de imágenes de contenido sexual no solicitadas.
Se manifiesta cuando se enseña a los niños a molestar a sus compañeras como un acto de supuesta hombría, o cuando se obliga a niñas y niños a dar besos o abrazos a adultos contra su voluntad y se erosiona el aprendizaje del consentimiento.
Ante este panorama, ONU Mujeres hace hincapié en la necesidad de crear una cultura de consentimiento activo, repensar las masculinidades hegemónicas, reconocer la dimensión de género, raza, clase, discapacidad y situaciones de vulnerabilidad, fortalecer los sistemas de justicia para juzgar a los agresores de manera efectiva y promover la intervención de terceros frente a comentarios sexistas, acoso o situaciones no consentidas para frenar al agresor.
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