La manosfera es un conjunto de comunidades digitales, más presente en redes sociales, que promueven discursos antifeministas, misóginos y masculinidades tóxicas. No es solo un fenómeno online. Ha permeado comportamientos reales, desde acoso verbal hasta actos violentos físicos, y representa una amenaza creciente para las mujeres, especialmente entre jóvenes en vulnerabilidad.
El término manosfera apareció por primera vez en foros como The Spearhead en 2009, pero fue Debbie Ging quien teorizó su estructura en el artículo “Alphas, Betas and Incels: Theorizing the Masculinities of the Manosphere”. Este universo incluye comunidades como los incels (célibes involuntarios), PUAs (artistas de seducción), MRAs (activistas por los derechos de los hombres). Aunque sus discursos difieren, comparten una narrativa común; victimismo masculino y exaltación de una masculinidad jerárquica.
Las redes sociales no solo son el vehículo de la manosfera, sino también su amplificador más eficaz. A través de sistemas de recomendación algorítmica, plataformas como YouTube, TikTok, Instagram y X (antes Twitter) contribuyen a la difusión de discursos misóginos al premiar el contenido que genera interacción, aunque sea conflictiva.El documental The Social Dilemma (Netflix, 2020) ya advertía que el algoritmo prioriza el tiempo de visualización y las emociones fuertes, lo que explica por qué tantos adolescentes terminan consumiendo videos de “coaching masculino” que luego los llevan a comunidades manosféricas más radicales. La investigadora Eglee Ortega Fernández, Maestra en comunicación organizacional por la Universidad Católica Andrés Bello, realizó entre 2018 y 2023 una revisión de 60 estudios académicos que documentan la consolidación de la manosfera como fenómeno digital influyente. Según Ortega, estos espacios son núcleos donde se socializa a los varones jóvenes en creencias antifeministas, reforzando la polarización social y política.
TikTok, por ejemplo, ha sido criticado por permitir que frases como “las mujeres no merecen derechos” se diseminen disfrazadas de bromas o retos. El uso de efectos visuales, filtros y música popular ayuda a enmascarar el contenido violento bajo una apariencia de entretenimiento. El humor irónico y el meme funcionan como herramientas clave en esta estrategia. Como advierte Whitney Phillips, profesora de ética digital, “el sarcasmo es el caballo de Troya de la desinformación: permite que los discursos de odio se normalicen sin responsabilidad”.
El resultado es un ciclo de normalización, imitación y escalamiento. Lo que comienza como una “broma de gym bro” puede derivar en una visión estructurada del mundo donde el feminismo es el enemigo, las mujeres son manipuladoras y la violencia se justifica como defensa de la identidad masculina. Este fenómeno ha sido documentado también en el informe "Technology-Facilitated Gender-Based Violence" (2022), que denuncia cómo las grandes empresas tecnológicas permiten la circulación de contenidos que refuerzan el odio hacia las mujeres, ya sea por inacción, opacidad o lucro.
El informe Jóvenes en la manosfera elaborado por el Centro Reina Sofía, advierte que estas comunidades tienen un fuerte impacto en la percepción que los jóvenes tienen sobre la violencia de género. Muchos minimizan o justifican comportamientos abusivos tras exponerse a estos discursos. Una publicación de Adrián Cordellat, afirma 20 % de hombres de 15 a 29 años en España cuestionan la violencia de género, considerándola una “invención ideológica”.
Angela Nagle, autora del libro Kill All Normies donde analiza el papel de Internet en el auge de los movimientos alt-right e incel, alerta sobre cómo estos espacios en línea han servido como semillero de radicalización de la extrema derecha.
Desde 2014, se han vinculado más de 50 asesinatos en Estados Unidos, Canadá y Reino Unido con jóvenes radicalizados por ideologías incel. Lisa Sugiura, criminóloga especializada en violencia digital, sostiene en The Incel Rebellion, que estos espacios funcionan como cámaras de eco que alimentan el odio. “La violencia simbólica es el primer paso hacia la violencia física”, advierte.
El Temach y compañía
En México, Luis Castilleja, conocido en internet como “El Temach”, ha ganado notoriedad como referente manosférico, aunque él lo niega. Con millones de visualizaciones en YouTube y TikTok promueve una “masculinidad alfa” basada en el autocontrol, el rechazo al feminismo y la autosuperación. Recientemente, la difusión de imágenes de su etapa como actor teatral despertó burlas homofóbicas entre sus seguidores, mostrando cómo la propia manosfera castiga cualquier desviación de la idea preconcebida sobre lo viril.
Su discurso ha sido adoptado por grupos como Los Compas de Hierro, una red internacional con sedes en México, Chile, Bolivia, Ecuador y Estados Unidos. Bajo el lema del “Modo Guerra”, promueven entrenamientos físicos como asistir al gimnasio o practicar calistenia, talleres de lecturas y dinámicas grupales. Estas tendencias son tituladas “masculinidades sagradas”, así las define Juan José Tamayo, teólogo por la Universidad Autónoma de Madrid, un modelo de masculinidad que se autodirige en virtud moral y guía social, sin lugar a la autocrítica.
Esta masculinidad sagrada ha sido instrumentalizada por sectores de la ultraderecha y grupos religiosos fundamentalistas que buscan frenar el avance de los derechos de las mujeres, las diversidades sexuales y la igualdad de género. En su análisis, la alianza entre religión y autoritarismo masculino no solo es un obstáculo, sino un retroceso civilizatorio.
Cuerpos fuertes, emociones débiles
El reportaje ‘Gym bro’: el estereotipo del que huyen muchas mujeres, publicado en El País, analiza cómo el culto al cuerpo se ha vuelto parte de la identidad manosférica. El “gym bro” representa a un hombre que entrena compulsivamente y habla de superación personal, pero reproduce conductas machistas y rechazo emocional. Esto, lejos de ser inocuo, ha empapado el mundo fitness, los algoritmos de Tiktok y las playlist de Spotify. La masculinidad basada en la rigidez emocional conecta con las ideas centrales de figuras como “El Temach” y su comunidad.
Este perfil se superpone con la figura del “hombre red pill”, popularizada por Andrew Tate: musculoso, emocionalmente inaccesible y convencido de que las mujeres lo manipulan. Influencers como Ruga Kisin o Gacoh musicalizan esta narrativa con letras que exaltan el sufrimiento masculino como virtud. En YouTube, canales como Verdad Masculina, Modo Hombres, Male Empire o The Wild Project replican estos discursos como “consejos para ser alfa”.
No todos los creadores se reconocen como manosféricos, muchos refuerzan sus ideas con frases como “sé el premio”, “las mujeres no saben lo que quieren” o “los hombres reales no lloran”. Esta estética de éxito viril también aparece en canales como LuzuVlogs, Rorro Echávez, o Estoa Podcast, que mezclan autoayuda, espiritualidad y masculinidad tradicional sin cuestionar los mandatos patriarcales.
Adolescentes varones son blanco fácil de estos discursos. La serie Adolescencia, producida por Netflix, revela cómo los algoritmos de las plataformas digitales dirigen a los jóvenes hacia contenidos manosféricos. Elisa García Mingo, socióloga de la Universidad Complutense de Madrid, sostiene que “la exposición continua a contenidos red pill produce un efecto de inmunización emocional: los jóvenes ya no detectan la violencia simbólica como algo problemático”.
En España, ”Bróders Hombres por la igualdad”, busca ofrecer espacios para repensar la masculinidad desde la empatía. Trabajar desde el aula para deconstruir la masculinidad frágil, esa que se ofende ante el avance de los derechos de las mujeres y responde con agresividad son indispensables.
Jordi Mas, sociólogo de la Universitat de València, sostiene que el cambio no pasa solo por “desmasculinizar” al hombre, sino por permitirle explorar otras formas de ser sin miedo al rechazo. Desde escuelas hasta colectivos artísticos, el discurso se abre a narrativas donde los hombres lloran, cuidan, dialogan y se equivocan.
El psicólogo David del Pino Díaz también ha explorado la lógica política y cultural de la manosfera, interpretándola como respuesta a una crisis del ideal tradicional de masculinidad. Su estudio apunta a una transformación de las formas de socialización masculina, que muchas veces desemboca en comunidades como los incels.
Frente a este panorama, diversas voces impulsan el concepto de nuevas masculinidades. Estas promueven el reconocimiento emocional, la igualdad de género, la responsabilidad afectiva y la ruptura con los modelos hegemónicos de poder. El psicoterapeuta Luis Bonino, acuñó el término “micromachismos” para nombrar formas sutiles de control masculino en la vida cotidiana. Bonino insiste en que no basta con dejar de ser violento: hay que aprender a escuchar y renunciar a los privilegios.
Proyectos como MenEngage, Masculinidades en Movimiento o el trabajo de García Mingo con mujeres que reivindican su derecho a adoptar atributos tradicionalmente considerados masculinos como la autonomía, la fuerza o la ira, demuestran que la transformación es posible.
La manosfera es un síntoma, no solo una causa. Refleja una crisis profunda de la masculinidad contemporánea, marcada por la ansiedad, la competencia, la precariedad y la soledad. Mientras influencers como “El Temach” o Andrew Tate ofrecen soluciones basadas en el poder y el desprecio, las nuevas masculinidades plantean una salida distinta: el cuidado mutuo, la ternura, la horizontalidad.
No se trata de censurar discursos tóxicos, sino de ofrecer alternativas significativas. La tarea es colectiva: educar, acompañar, escuchar y construir modelos donde ser hombre no implique ejercer violencia ni cargar con máscaras de dureza. En tiempos de polarización, promover masculinidades igualitarias no es solo una opción, es una urgencia social.

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