El periodismo feminista en México empezó cuando escribir siendo mujer implicaba burlas, rechazo y misoginia. A finales del siglo XIX y durante la Revolución, mujeres como Laureana Wright, Dolores Jiménez y Muro o Hermila Galindo escribieron porque no querían quedarse calladas. Escribieron para decir algo que entonces parecía radical. Que la vida de las mujeres importaba, que éramos humanas, sujetas con agencia y con voz propia.
Rosario Castellanos lo dijo de muchas formas: la cultura se hizo sin nosotras. Y aun así, muchas mujeres escribieron como pudieron, incluso sin nombre, incluso desde los márgenes. Hacerlo así fue una forma de resistencia.
Pienso en eso hoy que escribo mi última columna como editora de La Cadera de Eva. Porque este medio, como tantos otros proyectos feministas, nació desde ese mismo impulso. Decir lo que incomoda, nombrar lo que los medios hegemónicos callan o sacan de la agenda. El periodismo feminista no es una mención simbólica en morado cada 8 de marzo. Es una práctica cotidiana: poner a las mujeres, a las diversidades y a las minorías en el centro todos los días. No solo como efemérides. Narrar desde una ética feminista, desde miradas anticapacitistas, sin revictimizar, pensando siempre en la intersección, pero también desde la esperanza.
En estos dos años como editora en este medio aprendí mucho de mujeres profundamente talentosas. Muchas fuentes se volvieron aliadas, cómplices, amigas. No me caben aquí todos los nombres. Gracias a quienes sostienen la vida de otras y, aun así, cuidan, trabajan y resisten; el activismo, muchas veces, es un trabajo sin descanso. Y gracias, sobre todo, a quienes me confiaron sus historias. A toda la equipa que hace posible que este medio exista y resista. Ahora toca emprender nuevos proyectos..
El periodismo, cuando es honesto, nace de una causa: contar y denunciar las violencias que atraviesan la vida de otres y también la nuestra, la de quienes escribimos. No hay distancia posible cuando se trata de narrar lo que duele. Hay compromiso con la verdad y con las personas que la sostienen.
El periodismo feminista no se hace solo en las oficinas. Se hace también en los márgenes, en las redes de cuidado que tejemos entre nosotras, en las conversaciones entre comida, en los días difíciles. Con mi equipa aprendimos a cuidarnos, a sostenernos y a hacernos preguntas incómodas. A escucharnos. Entendí que trabajar en un espacio seguro no es un privilegio ni un discurso bonito o sororo. Cuidar de nosotras es una apuesta política.
Hacer periodismo feminista cansa. Cuesta. En una charla reciente de la Red Internacional de Periodistas con Visión de Género en la que participé coincidimos con otras compañerasen algo que atraviesa a muchas colegas: la violencia digital ha tenido efectos profundos en nuestras vidas, el financiamiento para medios feministas es escaso y los discursos conservadores —cada vez más cercanos al neofascismo— avanzan con fuerza, cuestionando derechos que creíamos conquistados y criminalizando nuestras agendas.
Los datos lo confirman. Según el GMMP 2025, solo el 26% de las voces que aparecen en las noticias son mujeres. Seguimos siendo pocas, incluso cuando las historias hablan de nosotras. Y en México, ser mujer periodista implica riesgos específicos: acoso sexual, falta de protocolos con perspectiva de género en los medios, amenazas, desacreditación, desgaste emocional, ganas de dejar el oficio y buscar otras fuentes de ingreso para sostenerse. Las compañeras de CIMAC lo han documentado una y otra vez. No es exageración. Es una realidad que se acumula.
Por eso, en La Cadera de Eva decidimos investigar en los últimos seis meses también lo que ocurre en las plataformas digitales. En las próximas semanas se publicará una investigación que coordiné sobre cómo los algoritmos castigan el contenido feminista.
El algoritmo no es neutral: decide qué se ve, qué se esconde y qué desaparece. Hoy, la disputa por la agenda también se libra ahí.
Como trabajadoras, además, enfrentamos violencias más silenciosas: aceptar trabajos que fortalecen nuestra fuerza política pero debilitan nuestra calidad de vida; la precariedad disfrazada de oportunidad; el cansancio que se vuelve crónico. Esto no es solo una discusión ideológica. Tiene que ver con cómo vivimos y con si nos alcanza o no para pagar la renta.
Me voy agradecida y contenta.
El periodismo feminista incomoda porque señala el poder, el racismo, el clasismo y el machismo, incluso dentro de los propios medios. Y por eso sigue siendo necesario, sobre todo en un contexto donde el autoritarismo se recicla y busca reinstalarse con nuevos lenguajes.
Pero también me voy de este espacio con esperanza. Porque aunque unas nos vamos, otras siguen. Porque seguimos encontrando plataformas, colectivas, medios y redes para hacer lo que siempre hemos hecho: insistir, nombrar, acompañar y seguir en la agenda.
Nos deseo descanso. Comunidad. Seguir acompañándonos y haciéndonos preguntas entre nosotras. Hacerlo juntas.
Hace poco, Vivir Quintana me dijo en el último podcast que grabé para El Podcast de Eva algo que no se me olvida: tenemos derecho a ser felices, incluso frente a la violencia patriarcal, porque hasta eso nos han querido quitar.

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