Durante muchos años hemos escuchado frases como “son cosas de niños”, “así se llevan” o “a todos nos pasó”. Expresiones que, lejos de ser inofensivas, han contribuido a minimizar una de las problemáticas más persistentes y dolorosas dentro de nuestras escuelas: el bullying.

Hablar de acoso escolar no es hablar de un juego, ni de una etapa pasajera. Es hablar de una forma de violencia que deja huellas profundas en la identidad, la autoestima y el desarrollo emocional de quienes la viven. Y lo más preocupante no es solo su existencia, sino la manera en que, como sociedad, la hemos normalizado.

Desde mi experiencia como psicóloga y directora de Fundación en Movimiento, he tenido la oportunidad de escuchar cientos de historias que coinciden en algo: el dolor no proviene únicamente de la agresión, sino del silencio que la rodea. Niñas, niños y adolescentes que no son escuchados, docentes que no cuentan con herramientas suficientes para intervenir, y familias que muchas veces no saben cómo actuar. Este entramado de omisiones convierte al bullying en una herida social compartida.

Diversos especialistas han señalado que la violencia no surge de manera aislada, sino que es el reflejo de dinámicas sociales más amplias. En este sentido, el sociólogo Johan Galtung plantea que la violencia puede ser directa, pero también estructural y cultural. El bullying, entonces, no es solo el acto visible de agredir, sino también el resultado de una cultura que tolera, justifica o invisibiliza estas conductas.

Cuando una burla constante se vuelve “normal”, cuando un apodo hiere y nadie interviene, cuando la exclusión se interpreta como parte de la convivencia, estamos frente a una forma de violencia cultural que se reproduce sin cuestionarse. Y es ahí donde radica el mayor riesgo: en dejar de verla.

Los datos en México son contundentes, desde Fundación en Movimiento, fundación que forma parte del Pacto por la Primera Infancia, hemos identificado en nuestros diagnósticos que la mayoría de los casos ocurren dentro del aula, y un porcentaje mínimo recibe atención efectiva por parte de las autoridades escolares. Esto nos obliga a replantear no solo qué está pasando, sino qué estamos dejando de hacer.

No podemos seguir abordando el bullying únicamente desde la sanción. Castigar sin comprender no transforma la conducta. Necesitamos ir más allá: comprender el origen de la violencia, desarrollar habilidades socioemocionales y construir entornos donde el respeto no sea una norma impuesta, sino un valor vivido.

En este camino, la educación para la paz se convierte en una herramienta fundamental. Llevar esto a las escuelas significa formar estudiantes capaces de reconocer sus emociones, comunicarse sin violencia y resolver sus diferencias de manera constructiva.

Hoy, en el marco del Día Internacional contra el Bullying, más que preguntarnos por qué sucede, tendríamos que cuestionarnos qué estamos haciendo para cambiarlo. Porque mientras sigamos minimizándolo, seguirá creciendo en silencio.

El bullying no es cosa de infantes o adolescentes. Es una responsabilidad de adultos. Y también, una oportunidad: la de construir, desde la educación, una sociedad más consciente, empática y en paz.