Todo comenzó con una pequeña bolita en mi pecho derecho. Yo pensé que podía ser un absceso, un quiste mamario o, a lo mucho, un tumor benigno; pero nunca imaginé que podía ser cáncer de mama. Era muy joven, llevaba una vida saludable y hacía ejercicio con regularidad. Pero esta no es una enfermedad exclusiva de mujeres mayores.

Después de varios estudios llegó el diagnóstico: cáncer de mama en etapa 2.

Recibir esa noticia fue abrumador. Tenía miedo de muchas cosas, pero especialmente de perder mi cabello y mi pecho. Sé que para algunas personas puede parecer que esas cosas no son importantes frente a una enfermedad como el cáncer, pero para mí sí lo eran. Eran parte de mi identidad, de la manera en que me reconocía y me veía como mujer. A pesar de todos esos miedos, había algo que tenía muy claro: quería comenzar mi tratamiento cuanto antes y hacer todo lo que estuviera en mis manos para evitar que la enfermedad avanzara.

Y quizá esa urgencia tenía una razón todavía más profunda. Años atrás, yo ya había recorrido este camino, pero desde otro lugar: acompañando a mi papá. A él le detectaron el cáncer cuando ya era demasiado tarde y, finalmente, esa enfermedad me lo arrebató. Por eso, cuando llegó mi propio diagnóstico, el miedo se mezcló con un recuerdo que ya conocía demasiado bien. Yo sabía lo que podía significar dejar avanzar una enfermedad así y esta vez, quería luchar desde el principio.

Así comenzó una de las etapas más difíciles de mi vida. Pasé por ocho quimioterapias, radioterapia y otros tratamientos hormonales. Perdí todo mi cabello, mis pestañas y mis cejas; tuve vómitos, debilidad y neuropatía. Y aunque sabía que cada uno de esos tratamientos era parte del camino que necesitaba recorrer para seguir adelante, eso no hacía que fuera fácil.

Además de enfrentar los efectos físicos y emocionales de la enfermedad, hubo algo que hice durante todo ese tiempo: guardar silencio.

Soy una persona muy introvertida y no sabía cómo procesar todo lo que me estaba pasando. Así que salía con mi peluca, trataba de hacer mi vida normal y muchas personas ni siquiera sabían que estaba atravesando un cáncer.

Sin embargo, aunque no lo hablaba mucho, comencé a escribir. Escribía sobre lo que sentía, sobre mis miedos, mis cambios y las heridas que iba dejando este proceso. No lo hacía con la intención de crear un libro; simplemente necesitaba encontrar una forma de entender y sacar todo lo que llevaba dentro. Con el tiempo, esas palabras se fueron acumulando. Y un día entendí que ahí había algo más que mi propia historia: había experiencias, preguntas y emociones que quizá podían acompañar a otras personas que estuvieran atravesando algo parecido. Así nació mi libro Heridas visibles, el cual actualmente esta disponible en Amazon.

Hoy mi historia es diferente. Mi cabello volvió a crecer, mis cejas también, y sigo reconstruyendo mi cuerpo y mi vida. El cáncer me quitó mi cabello… pero cuando volvió, ya no era el mismo. Antes era lacio y rubio; después de la quimioterapia comenzó a crecer rizado, diferente. Y creo que yo tampoco volví a ser la misma.

Heridas visibles nació de esa transformación: de todo lo que viví en silencio, de las palabras que escribí para no perderme en medio del proceso y de la necesidad de convertir el dolor en compañía para alguien más.

Hoy ya no quiero esconder lo que viví. Quiero contar mi historia para acompañar a quienes están pasando por esto y recordarles que no están solos. No tengan miedo de atenderse y no dejen pasar las señales de su cuerpo. Porque esto puede ser una temporada muy difícil, pero no tiene que ser el final de tu historia.

A veces sobrevivir no significa volver a ser quien eras. A veces significa descubrir quién eres después de todo lo que viviste (Merari R. Soto)