Cada año, miles de mujeres suben a una camilla de quirófano no para salvar su vida, sino para modificar su cuerpo. No para curar una enfermedad, sino para cumplir con una. Porque la presión estética es, en muchos sentidos, una enfermedad social: silenciosa, normalizada y, en algunos casos, letal.

Según la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica Estética (ISAPS), en 2024 se realizaron cerca de 38 millones de procedimientos estéticos en el mundo, lo que representa un incremento del 42.5% en apenas cuatro años. La mayoría de las cirugías –aumento de senos, liposucción, rinoplastia– se concentran en mujeres de 18 a 34 años: cuerpos jóvenes que ya sienten que no son suficientes tal como son.

México no es la excepción. De acuerdo con la ISAPS, el país realizó un millón 294 mil 946 procedimientos cosméticos en 2024, y con ello se ubicó en el sexto lugar mundial. El 35.1% de esas cirugías se realizó a pacientes extranjeras, la segunda tasa más alta del mundo, lo que convierte a México en un importante centro de “turismo estético”. Lo que no dicen las estadísticas oficiales es cuántas de esas intervenciones terminaron en tragedia.

La semana pasada nos escandalizamos con el caso de Blaca Adriana, quien fue hallada muerta tras haber sido reportada como desaparecida luego de acudir a una clínica estética en Tlaxcala. El perfil de las víctimas de casos virales es revelador. Keila Camacho tenía 25 años cuando murió en julio de 2024; dejó a sus hijos de dos y siete años huérfanos. Dora Isela, de 45, falleció en junio del mismo año tras una abdominoplastia, con causa de muerte determinada como falla orgánica múltiple. Magnolia, influencer de 29 años, murió en 2023 después de una liposucción.

Historias distintas, misma lógica: mujeres jóvenes que murieron en busca del cuerpo que la sociedad les exigía tener. De acuerdo con los últimos datos al respecto del Instituto Mexicano del Seguro Social, entre 2000 y 2017 se registraron 80.9 muertes por cada mil quejas relacionadas con operaciones estéticas, y la Cofepris ha identificado decenas de clínicas que operan sin los requisitos mínimos de infraestructura o personal calificado.

¿Qué empuja a las mujeres hacia ese quirófano? La doctora Esther Pineda, autora de Bellas para morir. Estereotipos de género y violencia estética contra las mujeres, señala que “el canon de belleza siempre ha sido un ideal aspiracional inalcanzable”. Según ella, las redes sociales han masificado esa exigencia mediante filtros, edición fotográfica y el bombardeo publicitario de una industria sin regulación.

En Ola Violeta dedicamos uno de nuestros recientes reportes mensuales a demostrar cómo el uso de plataformas como Instagram, TikTok y Facebook influye directamente en el deseo de someterse a procedimientos estéticos. La llamada dismorfia de Snapchat –en la que las personas llevan a sus cirujanos fotos filtradas de sí mismas para pedir parecerse a ellas– es ya un fenómeno clínico reconocido.

La violencia estética convence a una mujer de que su cuerpo es un error que debe corregir para ser aceptada… querida. Y cuando esa convicción se cruza con clínicas clandestinas, médicos sin especialidad y una absoluta ausencia de registro oficial, la famosa frase machista “Antes muerta que sencilla” deja de ser irónica para volverse literal.