Hay cosas que una aprende en la universidad… Yo, por ejemplo, aprendí que había “música naca”, libros para gente “inteligente”, cultura que daba prestigio y otra que podía convertirse en motivo de burla. Aprendí que el clasismo puede usar lentes, citar autores y creerse progresista.
En la universidad estaba rodeada de personas que habían ido a museos que yo no conocía, hablaban de películas que nunca había visto y tenían referencias musicales, literarias y artísticas que para mí eran completamente nuevas. Yo había crecido en Ecatepec, en un entorno donde mis referentes culturales eran los libros vaqueros, las fiestas patronales, las ferias, las películas piratas, los tianguis, la música popular y la televisión abierta.
Ahí descubrí que existían consumos culturales que daban prestigio y otros que lo quitaban… Es decir, había música que podías escuchar y música que era “naca”, programas de televisión que podías comentar y otros que era mejor negar haber visto.
Aprendí que había una cantidad enorme de códigos que te volvían una persona aceptable, siempre y cuando borraras cualquier rastro de tu barrialidad. Aquellos “códigos culturales” eran formas sofisticadas de ejercer clasismo.
Algunas veces no parecía CLASISMO, se disfrazaba de humor, de ironía, de actuar como un chico o una chica cool. Se castigaba socialmente a quien pronunciaba mal una palabra o a quien desconocía al autor que estaba en el top de los más leídos de Gandhi.
Para evitar el escrutinio universitario, aprendí a callarme algunos gustos, a reírme de bromas que hacían referencia a mi barrialidad. Poco a poco fui comprendiendo que en nuestro sistema existen voces que “valen la pena” ser escuchadas y otras que son segregadas debido a su origen.
Yo no había crecido sin cultura; había adquirido una cultura que socialmente es despreciada, folklorizada e incluso ridiculizada. Crecí fuera del prestigio social y en pobreza, sin un “capital cultural” que presumir (aquel que la clase dominante legitima)
El clasismo decide qué música parece sofisticada y cuál parece vulgar; qué acento inspira confianza y cuál provoca burlas; qué ropa habla de “buen gusto”; qué formas de entretenimiento son consideradas cultura y cuáles son reducidas a lo corriente.
El clasismo nos enseña muy temprano que existen maneras correctas e incorrectas de habitar el mundo… y yo estaba del lado incorrecto.
Para las mujeres esa vigilancia se vuelve más estrecha, tenemos que vestir de manera correcta, comportarnos adecuadamente y demostrar constantemente que sabemos ocupar el espacio al que llegamos.
El clasismo no solamente nos enseña a mirar con desprecio a otras personas; también nos enseña a mirar nuestro origen con vergüenza. A sentir pena de la colonia donde crecimos, de cómo hablan nuestras familias, de nuestra casa, de nuestro acento y de nuestras costumbres.
El éxito termina midiéndose en cómo logramos borrar las marcas de nuestro origen.
Nos disfrazamos, aprendemos a “vestir bien”, a “hablar con propiedad”; nos refinamos para alejarnos cada vez más de todo lo que pueda revelar nuestro origen. Nos obligan a sentir vergüenza de nuestra propia historia.
Con la normalización del clasismo, somos nosotras quienes vigilamos nuestro acento, nuestros gustos, nuestra ropa, nuestras referencias y hasta nuestra manera de habitar el mundo.
Por eso, reconciliarnos con nuestro origen es profundamente político, no tenemos que borrar nuestra barrialidad, suavizar nuestro acento o adoptar la estética de la clase dominante.
Abrazar la raíz también puede ser una forma de resistencia. Conservar aquello que somos frente a una estructura que constantemente nos empuja a parecernos a un mismo ideal de éxito y de “buen gusto”.
Quizá lo verdaderamente revolucionario sea llegar a otros espacios sin pedir disculpas por el lugar del que venimos. Crecer sin borrarnos.
Terminé la universidad hace más de diez años y he cambiado mucho desde entonces, aprendí otros códigos, conocí otros espacios y amplié mis referentes. El clasismo, por supuesto, también me ha seguido.
Sé que es imposible escapar de él, sólo espero que no me alcance hasta borrarme.

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