Esta columna se compone más de preguntas que dé respuestas. Respuestas que —tal vez— se obtienen desde la maternidad o la paternidad. Preguntas que, sospecho, la academia no alcanza a responder. Quizá estén formuladas desde la ingenuidad o el desconcierto, pero nacen de una inquietud honesta: ¿cómo hablar hoy de guerra y violencia con las infancias?
Pienso en quienes fuimos infancia durante el sexenio de Felipe Calderón. “Ya vienen los Zetas”, dijeron un día en mi primaria. Cerraron negocios, nadie salió de su casa. Al final no pasó nada; supongo que fuimos víctimas de la histeria colectiva, pero yo no entendía quiénes eran “los Zetas”. Tenía ocho años, no tenía celular, pero mi mamá me decía que nunca guardara contactos con el nombre de “mamá” o “abuela” porque era peligroso. Sigo esa regla hasta hoy. Entendí mucho después por qué existía.
Hace poco vi un video de una madre que explicaba que no consume noticias para mantener su mente en calma y que, por lo tanto, tampoco expone a su hijx. Es su forma de cuidarle.
Entonces me pregunto: ¿qué cuida más? ¿Hablarles de la guerra u ocultarles la información? ¿Es siquiera posible ocultarla? ¿Cuidar es administrar el miedo?
¿Cómo se cuida a una infancia que escucha la palabra genocidio y pregunta qué significa? ¿Cómo se cuida cuando lo que ocurre en Palestina, en el Congo, en Sinaloa o en Guanajuato ya no es una noticia lejana, sino parte de su paisaje cotidiano? ¿Cómo se cuida cuando la violencia no es excepción, sino la regla?
¿Cuál es nuestro alcance? ¿Hasta dónde podemos protegerles? ¿Podemos realmente protegerles?
¿Cómo se les explica a las niñeces que el mundo parece empeñado en repetir su historia más cruel? Y si nosotras y nosotros mismos sentimos desamparo y desesperanza frente al presente, ¿es posible no contagiarles ese sentimiento?
Ahora que sabemos que habitamos un mundo que permite la existencia de redes globales de crimen, de violencia organizada y de impunidad, me pregunto: ¿sembrar esperanza es cuidarles? ¿O también necesitamos enseñarles a mirar el horror sin que les arrebate la posibilidad de imaginar algo distinto?
Quizá el cuidado no sea ocultar el mundo, sino acompañar la forma en que se habita y se comprende. No describir el horror con detalle, no se trata de describir cadáveres ni cifras, pero tampoco se trata de negar lo que pasa frente a nuestros ojos. Nombrar el miedo cuando aparece. Decir “sí, eso existe” y al mismo tiempo “no tendría que existir”. Porque si algo distingue al cuidado de la simple protección es que el cuidado no solo resguarda, también implica transmitir criterios, límites y sentidos.
Nosotras y nosotros crecimos con palabras que se volvieron normales demasiado pronto: balacera, levantón, narco. Aprendimos reglas de supervivencia antes que ciertas tablas de multiplicar. ¿Eso fue cuidado?
Tal vez cuidar hoy implique algo más difícil: no solo proteger del miedo, sino evitar que la violencia se vuelva costumbre, que se vuelva normal.
Cuidar podría ser incómodo: reconocer que el mundo es capaz del horror y, aun así, asumir la responsabilidad de transformarlo. Sembrar esperanza no como ilusión, sino como práctica, como presencia.
Tal vez no podamos ofrecerles certezas. Tal vez no podamos prometerles un mundo sin violencia. No podemos garantizarles un mundo sin guerra. No podemos asegurar que no escucharán palabras como genocidio, desaparición o balacera. No podemos evitar que un día pregunten por qué hay soldados en la calle o por qué una madre llora en la televisión. Lo que sí podemos —y tal vez debemos— es evitar que la violencia se vuelva normal.
El riesgo mayor no es que las y los niños sepan que existe el horror. El riesgo es que aprendan que es natural, que así son las cosas, que siempre han sido así y, por consiguiente, siempre serán así. Cuando la violencia se vuelve paisaje, deja de escandalizar. Y cuando deja de escandalizar, se reproduce, por tanto, el abandono y la negación no es opción.
Entonces podemos ofrecer presencia. Podemos no dejarles solos frente a lo que duele. Si el horror crece, que también crezca el cuidado. No se trata de criar infancias ingenuas, sino infancias acompañadas.
Y quizá eso, en tiempos como estos, ya es una forma radical de esperanza.


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