Sin lugar a dudas, las diversas luchas impulsadas por dar y recibir cuidados más justos en nuestras sociedades (muchas de carácter feminista), nos han permitido colocar al autocuidado como una parte fundamental de ligar los cuidados con las justicias. Hacerlo ha visibilizado cómo las desigualdades de todo tipo que organizan socialmente a los cuidados, niegan tanto simbólica como prácticamente la posibilidad de que quienes cuidan (en su mayoría, mujeres, aunque mujeres diversas entre sí), pueden cuidar de sí mismas. Es decir, puedan disfrutar de lo mejor que otorgan al mundo: su propio trabajo de cuidados.
En ese sentido, apelar al autocuidado ha abierto la posibilidad de instaurar ética y políticamente la importancia de que las mujeres y las personas que cuidan puedan cuidar de su propio ser: de sus cuerpos, de su bienestar, de su dignidad, de sus aspiraciones, de todo lo que son en completo. Incluso, la forma en que se ha delineado tanto teórica como jurídicamente el derecho al cuidado, en distintas instancias nacionales e internacionales, coloca al autocuidado como una de sus dimensiones fundamentales.
En ello, hemos observado siempre que el gran reto es que esta apelación al autocuidado no se realice desde un horizonte individualista que, de nuevo, coloque solo en las mujeres y en las personas que cuidan, a título individual, la responsabilidad y la posibilidad de cuidar de sí. Es decir, el gran desafío es que pongamos en el centro la red de interdependencias (familiares, comunitarias, institucionales, entre otras) y de recursos diversos que precisamos para poder autocuidarnos siempre en contextos de corresponsabilidad social y de género.
Estas reflexiones y desafíos, entrelazados con mis propias experiencias y necesidades de autocuidado, me han llevado a pensar y a sentirlas más reconocidas en las palabras de cuidado propio. Dos términos entrelazados que me ayudan a reconocer la necesidad y el deseo que tengo de cuidar de mí misma, pero de no hacerlo solitariamente. De contar con estos contextos de corresponsabilidad múltiples en los cuidados. Pero que también conforman dos palabras que me hacen darme cuenta, reconocer ética y afectivamente, que también preciso del cuidado de las y los demás. Es decir, de poder reconocer a través de un estremecimiento en el cuerpo, como testimonio de mi propia vulnerabilidad interdependiente, que parte de mi cuidado propio son los cuidados que necesito y deseo de otros seres humanos y no humanos para vivir, y, además, para vivir de la mejor manera posible.
El cuidado propio, como categoría, reflexión y experiencia, entonces, ha sido lo que me ha permitido respirar profundo y darme cuenta de que, los cuidados que requiero para sobrevivir, vivir y vivir lo mejor posible, provienen de mí misma y de las y los otros. Es lo que me ha permitido reconocer que merezco y necesito ser cuidada, por mí y por otros seres en el mundo. Lo que me ha permitido no sentirme sola en mis prácticas de autocuidado y en mis necesidades de cuidado que las exceden. Es lo que me ha ayudado a preguntarme cuál es el cuidado que me toca recibir a mí, que es mi derecho, y a llevarme a buscarlo, pedirlo, generarlo y ser recíproca de formas más justas y equitativas al respecto.
En suma, el cuidado propio, como mi autocuidado y el cuidado que habito y recibo de otras y otros, me han ayudado a desandar una ética reaccionaria del cuidado, en la cual, como indica Amaia Pérez Orozco, nos han enseñando, sobre todo a las mujeres pero también a otras personas y seres que cuidan, que no precisamos y ni merecemos ser cuidados o cuidados. Es pues, una forma que me ha ayudado también a desplazarme de lugares y vínculos en los que no me cuidan y en los que tampoco me permiten autocuidarme. Es el cuidado propio, en suma, la manera y la experiencia en la que he podido tejer mi autocuidado con el cuidado de las y los demás en el sostenimiento de mi propia existencia, bienestar y dignidad.
Por eso, quería compartir hoy la posibilidad de pensarnos, sentirnos y vivir desde nuestros cuidados propios; que, en sí mismos, nos abren la posibilidad de tejer nuestras vidas a través de distintas prácticas de cuidados. De reconocer que nos necesitamos. De darnos cuenta que no tenemos por qué separar nuestro autocuidado del cuidado que precisamos de las y los demás, y que también precisan de nosotras y nosotros mismos. Quizá entonces, desde el cuidado propio, encontremos otras formas de vivir y de cuidar en común estas otras existencias que somos y habitamos.

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