En México el trabajo no remunerado representa el 51% del tiempo total de trabajo dedicado a actividades productivas y el 26.3% del PIB total. Los hombres aportan a esta cifra con el 33.2% en contraste con las mujeres que aportan con el 66.8%. Lo anterior refleja un patrón estructural en el cual el trabajo productivo, referente a cuidados y del hogar recae principalmente en las mujeres, quienes aportan con no menos del 71.5% del PIB total, en efecto, con 6 billones anuales a la economía nacional. En este sentido, el trabajo no remunerado es crucial para comprender bajo qué mecanismos se da la superexplotación del trabajo y la reproducción social de la fuerza de trabajo en beneficio de la acumulación capitalista en México.

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Ilustración 1. La triple opresión y explotación de las mujeres en México

La superexplotación del trabajo

La superexplotación del trabajo es un concepto producido en la década de los sesenta por Ruy Mauro Marini, uno de los fundadores de la teoría marxista de la dependencia, el cual sirvió para comprender la especificidad bajo la que se presenta la transferencia de valor entre países periféricos y dependientes, particularmente de América Latina como México, Brasil, Argentina, Bolivia y Chile, con modelos de industrialización incipientes y dedicados a la producción de materias primas y algunos bienes durables, hacia los centros hegemónicos, con industrias desarrolladas como Estados Unidos y países europeos, dedicados a la producción de bienes de capital. Dicho concepto se refiere particularmente a como se produce la explotación del trabajo en contextos en los que el desarrollo está condicionado y subordinado al desarrollo y acumulación de valor en las economías imperialistas. De acuerdo con Marini la superexplotación se presenta en tres modalidades: prolongación de la jornada de trabajo, aumento de la intensidad del trabajo y reducción del salario por debajo del valor real de la fuerza de trabajo. Veamos cómo se expresan estas modalidades en México.

Primera modalidad: Prolongación de la jornada de trabajo

En México las mujeres presentan una doble o hasta triple jornada de trabajo. Pese a la recién aprobada reforma de 40 horas, en la que se disminuye gradualmente la jornada laboral de 48 a 40 horas hasta el 2030, en México, de acuerdo con cifras del INEGI, de 24.3 millones de mujeres ocupadas, el 55.9% labora en el sector informal, las cuales se encuentran sin contrato, sin seguridad social, sin prestaciones de ley y a menudo sin registro fiscal. Por otro lado, un 9.4% esta exclusivamente como trabajadoras no remuneradas, una proporción de más del doble del de los hombres (4.5%). Esto indica que 1 de cada 10 mujeres trabajadoras no reciben salario, ya sea por trabajar en negocios y actividades agrícolas familiares.

Las mujeres insertas económicamente con trabajos remunerados, la mayoría informales y precarizados, se enfrentan además al trabajo no remunerado en el hogar, produciendo, por ende, una doble jornada y hasta triple jornada para las que también realizan labores de cuidados. Al respecto, se estima que, en México, en promedio, 7 de cada 10 mujeres realizan los cuidados de manera general; 9 de cada 10 cuidan a infantes y 6 de cada 10 a una persona con discapacidad. Es así como, a nivel nacional, el 56.3% de las mujeres trabajadoras participa en el mercado laboral y además como cuidadoras, frente a un 93.9% de los hombres cuidadores, según datos de la Comisión Nacional de Salarios Mínimos (Boletín N°02, 2024).

Segunda modalidad: Aumento de la intensidad del trabajo

La segunda modalidad de la que nos habla Marini implica el incremento en el ritmo del trabajo, lo que permite mayor apropiación de plusvalía dentro de una jornada y, por ende, mayor desgaste físico y psicológico. Tomando en cuenta datos del Centro de Investigación Económica y Presupuestaria (CIEP, 2025) las mujeres dedican alrededor de 40.9 horas semanales a tareas no remuneradas (hogar y cuidados) y si sumamos la jornada de trabajo de más de 40 horas semanales, en la mayoría de los casos, tenemos que las mujeres presentan cargas de trabajo de alrededor de 80 horas semanales entre el trabajo remunerado y no remunerado. Lo anterior se expresa en un ritmo e intensidad del trabajo acelerado, impactando en un mayor desgaste físico y psicológico, lo que promueve altos niveles de estrés e impactos en su salud a corto, mediano y largo plazo.

Tercera modalidad: Reducción del salario por debajo del valor real de la fuerza de trabajo

Una tercera modalidad de la superexplotación es el pago del salario por debajo del valor real de la fuerza de trabajo. Esto se traduce en que por el mismo salario se produce más en una jornada extensa o en la misma jornada, pero con una intensidad y ritmos acelerados, llevando a la trabajadora a situaciones en las que el salario es insuficiente, obligándola a tener que buscar más de un trabajo o en la mayoría de los casos, a aguantar condiciones de trabajo pauperizadas. Esta situación es crucial, ya que, de acuerdo con el Observatorio Social del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY, 2025), los hombres perciben un 25% más que las mujeres realizando el mismo trabajo y esta brecha se extiende hasta el 45% en mujeres con menor escolaridad. Lo anterior, refleja desigualdades muy significativas llevando a las mujeres a empleos precarizados, limitando las oportunidades de movilidad social y reproduciendo condiciones de opresión y explotación laboral.

A días recientes del 8M, día internacional de las mujeres (originalmente día internacional de las mujeres trabajadoras, promovido por Clara Zetkin en la II Conferencia Internacional de Mujeres Comunistas en 1919), es indispensable visibilizar las contradicciones que expresa el capital en sus diversas dimensiones. Esto, para identificar que las condiciones de superexplotación en México se expresan de forma asimétrica, siendo las mujeres trabajadoras (remuneradas y no remuneradas) un actor sobre el que recae la reproducción social de la fuerza de trabajo y acumulación en el capitalismo. Por ello, es indispensable reconocer la necesidad de profundizar las políticas de cuidados en el país (guarderías, lavanderías comunitarias, comedores comunitarios, programas, etc.) en las que haya una redistribución de responsabilidades entre hombre, mujeres y el Estado mismo, primando en el acceso al tiempo libre y condiciones laborales dignas.

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Ilustración 2. Marcha del 8M 2026, contingente feminista socialista de Rosas Rojas, integrado por mujeres trabajadoras y estudiantes del Grupo de Acción Revolucionaria.

En este sentido, la socialización del trabajo no remunerado, como una de las demandas históricas del movimiento de mujeres sigue siendo vigente, generando relaciones sociales que primen la producción planificada y la distribución acorde a las necesidades de cada cual y no del capital. Es así como, una política de cuidados puede ser insuficiente sin la transformación del modelo de acumulación capitalista que atraviesa biopolíticamente la vida de las mujeres trabajadoras en México, lo que implica poner en el centro de la agenda del Estado los derechos del conjunto de las mujeres trabajadoras como prioridad, sin concesiones al capital y a la burguesía nacional. Para ello, el movimiento independiente de mujeres será crucial para la conquista de estas demandas.