“¿Quieres tener hijos?”, fue la pregunta que me lanzó la médica radióloga mientras me hacía un ultrasonido de útero. No era la primera vez que alguien me la hacía y, probablemente, tampoco será la última. Respondí que no.

La doctora, amable y condescendiente me recordó que a mis 32 años NO podía tomar una decisión tan importante a la ligera, como si mi edad fuera una limitante para decidir el destino de mi útero, y mencionó que quizá en un par de años aparecería el famoso instinto materno y cambiaría de opinión.

¿Quieres tener hijos? Esa pregunta me ha acompañado durante casi ocho años. Me la han hecho familiares, amistades, personas que apenas conozco e incluso mis propios padres, al oír mi respuesta siempre escucho lo mismo: “algún día vas a cambiar de opinión”, “quizá nos has conocido al hombre correcto”, “pronto te va a despertar el instinto maternal”, “te vas a arrepentir después”.

Es curioso que pocas decisiones despierten tantas dudas como la de no maternar. A quienes deciden tener hijas o hijos solemos reconocerles el deseo y aplaudir su convicción. En cambio, quienes elegimos no hacerlo parecemos estar obligadas a presentar pruebas, argumentos y explicaciones para convencer a los demás de que nuestra decisión es válida.

Con el tiempo entendí que alrededor de las mujeres que decidimos no maternar se han construido demasiados mitos. Algunos nos pintan como egoístas, mujeres incompletas, que somos una clase de brujas que detestamos a las niñas y a los niños.

Me di cuenta que a la sociedad le parece impensable que una mujer pueda construir una vida plena fuera de la maternidad. Y no me malentiendan, celebro a mis amigas que decidieron ser madres desde un lugar consciente y admiro a quienes sostienen, acompañan. Sé que para muchas mujeres la maternidad puede ser una forma de expandirse y de encontrarse a sí mismas… Simplemente, cuando imagino mi futuro, la maternidad no aparece en él.

Durante mucho tiempo creí que necesitaba una explicación brillante para que mi decisión fuera válida, una respuesta tan sólida que nadie pudiera debatirla, sin embargo, hoy ya no la necesito, nunca he tenido el deseo de maternar, lo que sí he sentido, desde hace muchos años, es un deseo feroz de vivir libremente.

Para mí, la libertad ha sido poder decidir qué vida quiero construir. Nunca me he imaginado quieta, tengo unas ganas casi insaciables de vivir nuevas experiencias, de escribir, de construir proyectos, de abrazar causas que a veces me desbordan por completo. Quiero correr, cambiar de rumbo, equivocarme, volver a empezar, conocer otros lugares. Deseo compartirme con mis amistades, mis amores y conmigo misma. Anhelo vivir con intensidad.

Sé que todo eso también puede existir en la vida de una madre. No creo que una mujer deje de viajar, crear, amar, trabajar o soñar cuando materna. Pero sé que criar implica cuidar de una vida que depende de ti, reorganizar prioridades y colocar muchas veces las necesidades de alguien más por encima de las propias. Hay mujeres que desean hacerlo, pero yo no siento ese deseo. No porque la maternidad sea una cárcel, sino porque para mí implica una forma de vida que no deseo habitar.

Al escribir estas líneas pienso mucho en mi mamá, que nos cuidó, acompañó y sostuvo todos los días. Le debo muchísimo de quien soy, pero también me pregunto: ¿Hasta dónde habría llegado si no hubiera tenido que colocar las necesidades de otras personas (las de sus hijas) antes que las suyas? ¿Qué sueños habría perseguido? ¿Qué lugares habría conocido?

Tal vez algún día dejemos de preguntarles a las mujeres cuándo serán madres y empecemos a preguntarles qué vida desean construir. Porque la maternidad  debe ser una elección, nunca una obligación.

Y no, no quiero ser mamá y no tengo que justificarlo (ninguna mujer debería).