Las redes están llenas de personas lanzando insultos. Hay quienes atacan primordialmente contenidos feministas, transincluyentes, progres, woke, incluidos grupos de hombres que han decidido reflexionar sus violencias machistas. Entre ellos, @Dejar de chingar, colectivo organizado por personas disidentes al patriarcado en Guadalajara, Jalisco, cuyos posts más recientes han recibido mucho hate.
Muchedumbres improvisadas de haters se vuelcan en improperios, llamándoles ‘eunucos’, ‘club de vírgenes’, ‘huevos tibios’, ‘ni así le van a dar gusto a las femi’, ‘¿ya les dieron sus croquetas hoy?’, ‘la testosterona salió del grupo’, ‘por eso sus mujeres les ponen los cuernos’… Un acto de afirmación a partir de escupir y repatear sobre lo que no se alinea con los valores dominantes del mandato masculino.
Sabemos que las redes sociales distorsionan verdades en posverdades, crean ídolos que promueven estilos de vida cuestionables y que, sobre todo, amplifican mensajes de odio. Para el hater promedio, las redes son un entorno en el que se puede expresar —vomitar— odio sin remordimientos, pues facilita condiciones de anonimato para atacar desde la comodidad.
Es importante subrayar que se trata de una postura muy cómoda —sin moverse de su asiento—, así como relativamente segura, pues rara vez implica un verdadero riesgo, esfuerzo o responsabilidad. No necesariamente se exponen públicamente, pues pueden esconderse tras la ya clásica foto de perfil de un auto deportivo, el escudo de un equipo de futbol o algún personaje musculoso de caricatura.
El efecto lupa
Sin embargo, no se trata de un fenómeno inofensivo: están jugando con fuego. El efecto incendiario se propaga velozmente y aunque no enciendan una hoguera, hacen daño. En cuanto al mecanismo de acción, parece que concentran su rencor en un punto específico —algún post, página o persona—, como cuando se usa una lupa para quemar algo.
Siguiendo esta metáfora: ¿Pueden quemar? Claro. ¿Puede doler? También. La masividad y la vulgaridad de los mensajes son una forma de violencia y descalificación. Además, es altamente redituable y favorece la acumulación de capital mediante algoritmos que alimentan la polarización. Muchos comentarios ni siquiera vienen de haters de carne y hueso, sino de cuentas automatizadas que siembran odio para cosechar likes y monetizar el desprecio.
Pero este escenario virtual de desencuentros y violencias —que son las redes— tiene claras limitaciones e implicaciones. A diferencia de la lupa que concentra la luz del sol, el hate en redes no proviene de una energía infinita o renovable. Se sostiene del combustible que ofrecen los haters, quienes consumen su tiempo en línea y los datos de sus dispositivos en mensajes, memes, stickers y largas cadenas de respuestas.
Se queman como un cerillo que se consume con su propia flama porque el odio demanda obediencia y es insaciable. Como señala Sayak Valencia, se exige a los hombres “ser objeto de su propia autodestrucción”. Me pregunto: ¿por qué reproducir un discurso que demanda nuestra propia aniquilación, que nos convierte en un factor de riesgo y usurpa nuestra capacidad de empatizar?
Cauterización de la herida
La crueldad y la violencia que circulan en el espacio digital forman parte de la socialización masculina. Prácticas aparentemente inofensivas, muchas veces disfrazadas de juego —desde el bullying escolar hasta quemar hormigas con el rayo del sol y una lupa— normalizan el ejercicio de la violencia. Es necesario revisar cómo nos posicionamos frente al dolor ajeno, cómo habita la crueldad en el hueco del dolor propio; eso sí hay que revisarlo con lupa.
Para desactivar el hate patriarcal podemos promover un uso corresponsable de las redes sociales como espacio de creación, conexión y disfrute mutuo. Desafiar la machósfera comienza con bajarle el volumen y quitarle likes. No es ignorarla —en tanto fenómeno altamente nocivo e inflamable—, pero sí llevar la discusión al foro correcto (que nunca es la cadena de mensajes de odio).
Podemos priorizar lo que sí requiere un esfuerzo: hacernos cargo de la propia violencia y empatizar con el sufrimiento ajeno. Sostener la vida digital desde los cuidados y el buen trato puede ser difícil, pero también permite concentrar nuestra atención en algo crucial: cómo construir formas sanas de relacionarnos con otras personas, con otros hombres y con nosotros mismos.
¿O acaso me están diciendo que sólo el machismo me hace un hombre de verdad? ¿Qué sólo así es posible vincularnos en el plano amoroso, sexoafectivo y amistoso? ¿Qué una relación desde el machismo es sostenible en el tiempo y, más aún, en el cuerpo? En suma, ¿todo ese machismo nos ha servido realmente a los hombres para relacionarnos sanamente?

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