A estas alturas ya la mayoría de las personas sabemos de los mensajes violentos, incendiarios y polarizantes que acompañaron la campaña del presidente electo de Colombia, Abelardo de la Espriella. También la mayoría sabemos que el proyecto político de Iván Cepeda buscaba continuar con la institucionalización del proceso de paz, poniendo a las personas víctimas de la violencia al centro y a la cabeza. Pero lo que quedó grabado en el inconsciente latinoamericano el pasado domingo 21 de junio es la convulsa velocidad con la que el péndulo político se está moviendo, claramente su retorno es hacia el extremo derecho y aún no sabemos en qué etapa de traslación se encuentra. 

Zygmunt Bauman dialogó con Gustavo Dessal en su libro El retorno del péndulo, sobre el eterno debate de la humanidad entre el anhelo por la libertad y la necesidad de seguridad y Nancy Fraser explica que en el sistema actual el capital financiero se enriquece a expensas de la economía real y del bienestar social. Frente a este suelo tan inestable Bauman y Dessal analizan cómo la psique humana opta por sacrificar importantes libertades a cambio de cierta seguridad. Desde aquí es entendible que la sociedad colombiana, junto con la peruana, costarricense, chilena, ecuatoriana, boliviana, argentina, salvadoreña y estadounidense, por nombrar las más recientes — y sin olvidar a Honduras, que habría que analizarle a detalle y con cautela, han decidido soltar el péndulo para ir hacia lo coercitivo, autoritario y “externo”.

La historia política de Colombia no se puede entender sin el Bogotazo. Tras el asesinato del candidato presidencial Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948 en Bogotá, se desató una irrupción violenta, masiva y popular; dejando una ola de asesinatos, saqueos y enfrentamientos entre la misma población. El periodo de La Violencia se caracterizó por el enfrentamiento sociopolítico continuo entre los dos únicos partidos políticos y fue en medio de esta dolorosa coyuntura que Colombia entendió que la lucha de partidos se debería dar únicamente en la arena democrática.

Aquí está la primera gran lección, la sociedad colombiana a más de 60 años de un complejísimo conflicto armado nunca ha dejado de apostar y creer en la democracia. No la que erróneamente se entiende como la concurrencia a las urnas cada tantos años, sino la que se hace en las universidades, en la calle, en la protesta social, en todos los medios de comunicación, en el escrutinio de la función pública, y el análisis de los discursos. 

Hoy, en medio de la resaca postelectoral sabemos que Colombia ganó porque sus juventudes se movilizaron masivamente, de todas las formas, para equilibrar el péndulo; porque las comunidades indígenas y afrodescendientes navegaron ríos y cruzaron montañas para que su voz siga siendo tomada en cuenta. Colombia ganó porque sabe que, a pesar de encontrarse rabiosamente partida en dos, la lucha polarizante se cierne en las urnas. En la noche de las elecciones el candidato Cepeda subrayó el hito: Colombia salió a votar masivamente, rompiendo récord histórico de participación electoral. 

Ahora la autoridad electoral contó las boletas y dio los resultados oficiales, mientras la mitad de la sociedad colombiana, con el corazón roto, sabe que es en democracia, y nunca más en erupciones violentas, como se cambia la trayectoria del péndulo. Por ello, el trabajo democrático sigue más fuerte y constante que nunca, el de vigilar, escrutar, señalar y no soltar la labor ciudadana.

La segunda gran lección es con dedicatoria a México: los programas de seguridad nacional deben encontrar el mejor equilibrio posible entre reconciliación y Estado de derecho. El desencanto con la Paz Total del presidente Gustavo Petro fue uno de los mayores incentivos para empujar el péndulo hacia la ultraderecha. La ambiciosa labor de pactar con muy diversos grupos armados ilícitos generó vacíos estatales que fueron rápidamente ocupados por dichos grupos. Es necesario generar modelos diferenciados para hacer frente a la criminalidad y reconstruir el tejido social, acciones que se pueden dar al mismo tiempo, pero no son lo mismo y no se pueden tratar de la misma forma. 

Lo anterior no anula los buenos ejercicios y lecciones que la Paz Total ha dejado, como el colocar a grandes personas negociadoras a la cabeza y de manera territorial, como Vera Grave, Camilo Gonález Posso, María José Pizarro o monseñor Ruben Darío Jaramillo. Asimismo, los altos al fuego, la baja de homicidios y las vidas protegidas en casos como el de Buenaventura o en las mesas de diálogo con el Estado Mayor de Bloques y Frentes (EMBF) son aciertos y aprendizajes de los cuales hay que tomar nota. Pero cierto es que mientras se trabajaba focalizadamente por el diálogo por la paz con muy pocos grupos, los demás actores armados aprovechaban la ausencia estatal para maximizar sus vínculos con la sociedad, el Estado y otros grupos criminales transnacionales, como es el caso de las Autodefensas Gaitanistas de Colombia (AGC).

México tiene mucho que aprender al respecto. La complejidad de los grupos armados ilícitos, cuya motivación central no es la política, con bases dinamizadas, cabezas cortadas, y una imbricada red de corrupción, hace que la negociación por la paz parezca imposible. Apostar únicamente a la buena voluntad, a los valores humanitarios universales, y después dar golpes sobre la mesa a petición de partes, ha resultado en un proyecto de seguridad nacional cuestionable, que permite que la percepción de riesgo sea mayor que los números reales de inseguridad. Es precisamente este temor del que se alimenta el discurso polarizante de la “mano dura”, que comienza a cocinarse como la opción entre la sociedad mexicana, cuya democracia es muy joven, con apenas 26 años de vida y una alternancia de 3 diferentes proyectos de nación y entendimiento de la transformación del conflicto.

Finalmente, Colombia nos enseñó que la historia electoral revanchista se repite, y se seguirá repitiendo; por lo que temer al retorno del péndulo o a su movimiento contrario es natural, mas no una condena. Así como a más de un siglo de lucha feminista y queer hemos podido saborear sus victorias, las libertades humanas adquiridas y los pasos de igualdad dados, el movimiento del péndulo no se detiene y viene una remontada tradicionalista, por miedo, por revancha. Entonces, como las Armys colombianas y mexicanas, toca organizarnos comunitariamente, para defender de cualquier proyecto opresor las libertades ganadas. Analizando el pasado, las luchas y sus formas es como tendremos una mejor proyección del futuro, que nos ayude a anticipar las siguientes jugadas.

Colombia votó sumamente dividida, pero eso en términos políticos es positivo, ya que pone de frente que nuestras psiques no están alineadas de la misma manera, ni tomando la misma decisión entre libertades y seguridad, sin embargo, los extremos son reales y peligrosos. Foucault decía que es la Tierra la que se mueve y no el péndulo, por fortuna en las ciencias sociales somos la tierra y el péndulo, es decir, todo es movimiento y todo puede cambiarse colectivamente, la sociedad es la que empuja el péndulo y lo dirige. 

Colombia nos enseñó que es momento de organizarnos más y mejor, de seguir creyendo en la democracia, en la defensa de los derechos de todos, en la creación holística de políticas públicas, y que los discursos propagandísticos y populares de las nuevas figuras políticas deben ser desmontados con constante investigación y fuerza social. Retomando el discurso del candidato presidencial Iván Cepeda la noche del 21 de junio: esta fuerza social latinoamericana, que busca defender la vida y la dignidad, está "curtida" y ha resistido en las peores condiciones, sin dejarse intimidar por amenazas o posturas autoritarias.

PD: Por primera vez Colombia ganó una izquierda sólida, que se posiciona en el Congreso como un fuerte partido político de oposición, sin ser estigmatizada, criminalizada, perseguida y asesinada.