En México independientemente de las religiones, o las creencias diversas tenemos un contacto respetuoso y amigable con la muerte, derivado tal vez del miedo que también le tenemos, de ahí que convivir con ella nos da la posibilidad de “controlarla”, de temerle menos si la tenemos cerca. El Día de Muertos para las y los mexicanos es un acontecimiento importante de festejo, de ritual, de nostalgia y recuerdos embaulados que vuelven para ser acomodados a través de un altar

El significado surrealista del altar de muertos

México es considerado por otros países, como surrealista en muchos sentidos, en cuanto a la festividad del Día de Muertos, les es incomprensible pensar que llegan nuestros difuntos a visitarnos cada año, y mucho más inverosímil que llegan a comer, beber y descansar. Y que, para ello, las personas preparamos con emoción y mucho amor un altar colorido, en el cual se consideran los cuatro elementos a través del fuego con las candelas, con el agua que calma la sed, la tierra a través de las flores de cempasúchil, la nube, el terciopelo, el crisantemo y el alhelí, así como los frutos, y el aire, a través del papel picado el cual es representado por sus movimientos coloridos. 

Altar de muertos
Foto: Cuartoscuro

De igual forma, el altar exalta nuestros cinco sentidos, la vista cuando nos atrapa su ubicación, su colorido y el misticismo que emana, el gusto lo encontramos a través de toda la comida que se elabora, el tacto al acomodar la ofrenda, las flores, los juguetes y/o objetos preferidos de nuestros difuntos, el oído con la música que les gustaba y los sonidos propios del altar, el olfato se hace acompañar del sahumerio con el  incienso de mirra y copal, el cual nos sumerge en una nube amorosa que nos acurruca entre sus brazos. 

Y justo así, nos acomodamos cerca de las candelas y el incienso para poder entablar la conversación con nuestras querencias difuntas, a través de los sentidos, los elementos y nuestra historia con ellos y ellas, sintiendo el calorcito y la luminosidad de su presencia de una manera inexplicable, intangible pero que se siente junto a sus fotos, objetos preferidos, las calaveritas de azúcar que les representan, su música, la comida, la sal, el agua, el aguardiente y cigarros para quienes fumaban, compartiendo así una vez más el ritual festivo de compartir la mesa y el alimento.

Foto: Cuartoscuro
Foto: Cuartoscuro

Hacerle un buen remiendo al corazón 

Desde la ciencia el buen Einstein nos dijo a través de la ley de la conservación que la energía no se crea, ni se destruye solo se transforma, así que la muerte solo es física, nuestra energía corporal se integra de una manera diferentes al mundo. Desde la cosmovisión indígena, regresamos con la madre tierra ya sea desde el cuerpo físico o en cenizas, desde la religión católica una se va al infierno o al cielo, y desde nuestro querido canta-autor Juan Gabriel al morir “los buenos se van al cielo, los malos al infierno, y él, a dónde quiera”, así, justo es nuestra relación con la muerte, desde el ritual, el respeto, la ironía. 

Imagen

La necesidad que tenemos de darle un sentido creativo al dolor que nos produce la ausencia de nuestras querencias, el no volvernos a mirarnos en sus ojos, el reparar después de un tiempo nuestros corazones con todos esos regalos que nos dejaron, el pensar en nuestra propia muerte con angustia, con miedo, con resignación, con la posibilidad de descansar, y con cierta curiosidad como lo escribe en su canción Joan Manuel Serrat:

“Si la muerte pisa mi huerto, quién firmará que he muerto de muerte natural, ¿Quién lo voceará en mi pueblo? ¿Quién pondrá un lazo negro al entreabierto portal?”, o, cantado al estilo mexicano con el “México lindo y querido, si muero lejos de aquí, que digan que estoy dormido y que me traigan aquí”, o como la italiana Laura Pausini “el dolor es fuerte, como un desafío, en ausencia de ti, yo no querré vivir, desde que no estás aquí, vivo en ausencia de ti”. 

Finalmente, la última imagen se quedará grabada en nuestra mente como un regalo para mantenerles cerca, no para entristecernos, abrazándonos cada año a través del humito del copal y el olor del cempasúchil.