Recientemente, una querida amiga y su familia me invitaron a asistir a una ceremonia de su iglesia. Entiendo que me invitaron a compartir una forma específica de habitar el mundo, una manera de relacionarse con la esperanza, la incertidumbre y también con otras personas. Rechacé amablemente la invitación no por menosprecio hacia sus creencias ni porque me sean ajenos sus valores; por el contrario, ser consciente del compromiso social que sí compartimos nos ha permitido colaborar en proyectos de trabajo y nutrir nuestra amistad por años.

Me desmarco del aparato institucional religioso, el cual históricamente ha sostenido jerarquías de género, culpa, control sexual y formas diversas de violencia. Aunque esta situación reavivó en mí algunas reflexiones sobre la fe al margen de la iglesia: ¿qué nos permite seguir adelante?, ¿qué fuerzas nos cuidan y qué nos mueve a cuidar?, ¿qué nos sostiene espiritualmente?

Cuidado del alma

Me parece insuficiente pensar la espiritualidad únicamente como algo irracional o metafísico. Existe una dimensión de acompañamiento que tiene efectos concretos sobre la manera en que las personas enfrentan el dolor, la pérdida y la incertidumbre. Como propuso la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, pionera de los cuidados paliativos, el cuidado del alma implica acompañar emocional, espiritual y psicológicamente. Aun frente a terapias basadas en evidencia, la espiritualidad continúa siendo una fuerza capaz de dar consuelo a pacientes terminales —y a sus familias— y organizar prácticas colectivas de cuidado.

Incluso quienes nos asumimos seculares vivimos atravesados por sistemas de creencias no necesariamente religiosos, pero sí éticos, políticos y afectivos. Creemos en algo cuando apostamos por ciertos valores, cuando defendemos una causa, cuando sostenemos un vínculo, cuando acompañamos a alguien en su dolor o cuando insistimos, pese a todo, en imaginar un mundo distinto. Podríamos atisbar estas creencias al preguntarnos qué nos motiva a levantarnos cada mañana y nos permite salir adelante.

Creer con los pies en la tierra

Claro que es necesario distinguir qué prácticas consideramos aceptables, así como acordar un código compartido de comportamiento. La historia muestra que esa fe puede presentarse más como un dogma incuestionable que como una práctica concreta. Paul Ricoeur planteaba la idea de una fe poscrítica que, a través de la duda, nos lleva a una segunda ingenuidad. Desde este punto de vista, pienso que una lectura ética sobre la fe puede construirse en un plano mundano, en contextos situados, sin alusiones al más allá.

En resonancia, Donna Haraway subraya la importancia de cuestionar «el truco de dios», esa mirada omnisciente que, al mismo tiempo, mira desde ningún lugar. Se trata de una interpelación ética de primer orden, pues es necesario que toda mirada parta de un cuerpo, historia y condiciones materiales concretas para situar y contextualizar nuestras posturas; más aún, subraya la responsabilidad específica de quien observa. Asimismo, hacernos ubicables permite entender que nuestro conocimiento del mundo es siempre parcial, inacabado, atravesado por intereses y afectos.

Así, podemos reconocer, sin apelaciones ni trucos, que las personas necesitamos dotar de sentido nuestro mundo, construir formas de esperanza y ritos simbólicos de pertenencia a través de marcos de valores y significados compartidos. Frente a una sociedad profundamente fragmentada, agotada e individualista, darle sentido a nuestro encuentro pasa por cuidarnos espiritualmente.

Creo lo que creo

Hace años, durante mi formación universitaria y junto a mis colegas con quienes escribí la tesis, titulamos nuestro trabajo de licenciatura Creo lo que creo. Se trata de un juego de palabras entre creer y crear que —ahora lo entiendo— implica una ética situada.

·    En primer lugar, invita a pasar de la creencia a la práctica, poner manos a la obra y construir las condiciones de existencia de nuestros proyectos. Materializar aquello en lo que creemos —crearlo— implica hacerse responsable de lo que se cree.

·    En segundo lugar, es una forma de organizar la intencionalidad mediante la construcción de acuerdos colectivos. La intención puesta en escena se disputa y se debate en una arena pública. Son esas tensiones y acuerdos los que terminan moldeando lo común.

·    En tercer lugar, la creación y defensa de lo común pone en juego formas de ritualidad específicas que mantienen unidas a las comunidades.

Quiero contarle a mi amiga que su invitación me ayudó a reconocer la importancia de esta comunión humana. Que tenemos muchas charlas pendientes y que, con seguridad, seguiremos tejiendo amistad y comunidad.

Además, quiero agradecerle porque me hizo notar que los cuidados apelan a horizontes compartidos de sentido cuando acompañamos un duelo, nombramos a quienes faltan y defendemos a quienes nos defienden. Así, la espiritualidad que recupero y que me interesa nutrir es aquella que sostenemos mediante formas concretas de esperanza, reconocimiento, y cuidados mutuos.