Un estudiante brillante a quien le doy clase me entregó como trabajo final un texto titulado Manifiesto de Nuestramérica. Afín a lecturas revolucionarias y activo en procesos de organización estudiantil, leyó con fina atención In a Different Voice de Carol Gilligan. A partir de esa lectura, identifica una intencionalidad política que me parece clave para pensar en estos tiempos oscuros:

La empatía revolucionaria es la práctica activa de ponerse en lugar del oprimido. Este principio se alinea con lo que la ética filosófica ha denominado la “ética del cuidado”, una perspectiva moral que prioriza las relaciones, la responsabilidad y la compasión sobre el juicio abstracto e impersonal.

Aplaudo su lectura situada y provocadora. En primer lugar, porque dialoga directamente con una de las ideas centrales de Gilligan, cuando ella afirma que “en la voz diferente de las mujeres se encuentra la verdad de una ética del cuidado, el vínculo entre relación y responsabilidad, y el origen de la agresión en el fracaso de la conexión”. En segundo lugar, porque retoma estas ideas para dejar en evidencia el funcionamiento de un sistema que lucha por conservar su posición hegemónica.

Un escenario de violencia estructural

Vivimos una escalada de guerras, violencias y discursos de exterminio que no pueden entenderse como hechos aislados. Gaza, Somalia, el asedio permanente sobre América Latina, las amenazas de intervención, así como los bloqueos económicos, muestran la reafirmación violenta de la hegemonía del Norte global. Todo ello forma parte de una arquitectura de poder profundamente patriarcal que administra la muerte para sostener su posición dominante.

Esta violencia no se expresa únicamente en los campos de batalla. Se infiltra en la vida cotidiana y produce un orden global marcado por:

  • La precarización sistemática de derechos
  • La imposición de la lógica del mercado en las relaciones sociales
  • La producción de subjetividades consumistas, competitivas y alienadas
  • La persecución y criminalización de quienes defienden la tierra, el agua y la vida.

El capitalismo cruje, pero no colapsa. Se reconfigura, se militariza, se vuelve más extractivo y más represivo. Frente a crisis que ya no caben dentro de las fronteras del Estado-nación —el cambio climático, los desplazamientos forzados, las pandemias—, la gobernanza global muestra su futilidad.

El miedo se instrumentaliza como herramienta política central para despolitizar, fragmentar y facilitar la cooptación de los movimientos sociales.

Politizar el cuidado

Es aquí donde la ética del cuidado despliega toda su potencia política. Reducirla a una sensibilidad privada o a un asunto interpersonal es una forma de neutralizarla. Incorporarla a cabalidad implica disputar el corazón mismo de lo político, afirmando que la vida debe estar en el centro de las decisiones colectivas, del tejido social y de las relaciones internacionales.

La empatía revolucionaria que subraya mi estudiante invita a construir contra-racionalidades que sepan nombrar a quiénes articulan los programas de dominación, quiénes se benefician de la guerra, del extractivismo y de la destrucción de los vínculos sociales. Invita también a cuestionar la lógica del mercado como medida de todas las cosas y a revisar nuestro papel como consumidores y consumidoras insaciables.

Así, articular lo micro y lo macro es clave. El cuidado que se practica en lo cotidiano —en el aula, en la casa, en la comunidad— no está desconectado de la posibilidad de imaginar un orden global distinto. Al contrario, ahí donde se ensayan otras formas de relación, de responsabilidad y de justicia, se desborda la moral abstracta para politizar la ética.

Tal vez por eso la lectura de mi estudiante me sigue acompañando. Porque, lejos de ser ingenua, la empatía es una práctica revolucionaria que insiste vehemente en cuidar la vida, un posicionamiento vital frente a un mundo que ha normalizado su destrucción. Y porque nos convoca —desde el feminismo y la justicia global— a organizarnos para disputar el futuro.

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