Marzo es un momento —no el único— para juntarnos y gritar, sostener y compartir con fuerzas las diferentes formas en que las mujeres (en sus diversas formas de ser, de hacer y de estar en el mundo, con sus alianzas y tensiones entre sí) hemos enarbolado para exigir y construir justicias en nuestras vidas y caminos, en nuestros cuerpos y afectos, en nuestros vínculos y proyectos.

En esa diversidad de caminos, desde hace ya casi una década he transitado por uno en particular: el de los cuidados, como esa instancia vital que sostiene a todo lo que en el mundo existe, es, vive y deja de ser, donde lo político emerge como formas también plurales para sostener(nos) de maneras más equitativas, justas y dignas.

En este camino, ha sido para mí importante recuperar una de sus consignas éticas y políticas más poderosas: “poner la vida al centro”. ¿En el centro de qué? Yo siento que de todo: de la política, de lo social y lo económico, de nuestros afectos y deseos… es decir, “poner la vida al centro de la vida misma”. Y de todos los entramados que la conforman.

Considero que adherir más palabras a esta consigna, por un lado, me ha permitido vislumbrar otros horizontes que amplían mis definiciones y posibilidades sobre cómo actuar políticamente. Pero, al mismo tiempo, esta amplitud per se, no lo explica ni lo resuelve todo. (Angélica Dávila Landa)

Por el contrario, contrae consigo una incompletud que, a estas alturas de mi propia vida, asumo como un regalo ya que nos permite no clausurar nuestras preguntas ni reflexiones individuales ni colectivas… sino saber que, en ellas, siempre hay más por venir y por hacer. En ese sentido, quisiera compartir dos inquietudes no terminadas qué surgen en mí al preguntarme sobre qué implica “poner la vida al centro” como formas plurales de acción política en general, y feministas, en particular.

Me emociona que cada vez observo más y más actividades y eventos -en las calles, en la academia, en la sociedad civil, en las instituciones públicas, en muchos otros lugares- que buscan colocar en el debate público la cuestión social y política de los cuidados. Allí, “poner la vida al centro” muchas veces ocupa un espacio importante de los contenidos de estas conversaciones.

Pero al mismo tiempo, me hace preguntarme si en los procesos, prácticas y relaciones que llevamos a cabo para sostener y generar dichas conversaciones y actos públicos verdaderamente estamos “poniendo la vida al centro”.

Es decir, me hace preguntarme, por ejemplo, cómo lo hace Joan Tronto frente a ciertas propuestas de deliberación democrática, si para sostener estos eventos nos estamos cuestionando y respondiendo prácticamente sobre: “¿quién vigilará a los niños mientras los adultos deliberan? ¿Quién se asegurará de que las luces estén encendidas, de que haya suficientes sillas y de que los micrófonos funcionen? ¿Quién preparará el almuerzo? ¿Quién recogerá la basura?”.

Foto: Cuartoscuro
Foto: Cuartoscuro

Así, me surge la duda, también sobre mi propio hacer, si en los eventos públicos que organizamos, a su vez, nos estamos organizando de otras maneras para distribuirnos y asumir de otras formas más justas el trabajo de cuidados necesario para poder hablar públicamente sobre el trabajo de cuidados y sobre “poner la vida en el centro”.

Una inquietud parecida me surge al escuchar a varias compañeras cuidadoras de otras personas o de sí mismas (porque ellas cursan una enfermedad o condición de vida y no hay nadie que las cuide como ellas han cuidado o cuidan a alguien más), e incluso al recordar que yo lo sentía cuando fui cuidadora, que aunque lo quisiéramos es difícil sumarse a formas de manifestación política, eventos públicos o procesos organizativos que podríamos llamar más “convencionales” (como las marchas o algunas otras acciones públicas).

Al escucharnos, me pregunto ¿cómo incluir, por ejemplo, en nuestros eventos diversos del 8M la importancia de “poner la vida al centro” y de no excluir de ello a quienes todos los días ya ponen la vida en el centro con sus cuidados cotidianos y con los descuidos de sí que ello les implica? Una pregunta que, ya desde tiempo atrás, leí en Itzel Hermida Carrillo, cuando nos señaló la urgencia y la importancia de no olvidar a “quienes no pudieron, no pueden ni podrán, permitirse tiempo para parar, manifestarse, marchar, gritar o exigir porque están cuidando a otros”.

Y, con ello, me recuerda, como titula su texto, que “cuidar es un acto de resistencia”  y que es fundamental no invisibilizar las propias formas de acción política que surgen del propio cuidar.

Yo aún no tengo respuesta para estas preguntas, y tampoco siento la necesidad de responderlas yo sola, ni completamente. Pero quiero compartir dos líneas de reflexión que siento pulsar en mi ser afectivo y encarnado.

Al escribir sobre estas inquietudes, siento que “poner la vida al centro” como horizonte de construcción de justicias plurales implica repensar las maneras en que estamos delineando (y a veces reduciendo y mandatando) las formas de organización colectiva, de deliberación pública, de transformación social y política que creemos posibles y deseables.

Pienso que “poner la vida al centro” nos invita y nos pide abrirnos a la posibilidad no sólo de considerar que debemos transformar al mundo sino también que es importante transformar las formas en que buscamos modificarlo.

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En ello, considero también que “poner la vida al centro” conlleva repensar nuestros propios límites en todo sentido (siempre cambiantes y estables a la vez) para abrazar y cuidar de lo finito, de lo vulnerable y de los interdependiente que entrama y contextualiza nuestra propio pensar, sentir y hacer políticos.

Límites que nos llevan a reconocer y a recuperar “cuidadosamente” lo que constriñe nuestros horizontes políticos, e imaginarnos, desde allí, maneras de convertir o de hacer emerger de nuestras constricciones contextuales y propias, otras potencias políticas y éticas sobre lo que podemos y deseamos hacer y ser, de lo que podemos y deseamos cuidar.

Por mientras, mis preguntas quedan en el aire, para que seguir sintiéndolas y reelaborándolas las veces que sean necesarias, con las y los seres que, en ello, podamos acompañarnos.

 

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Referencias:

-Hermida Carrillo, Itzel. (2021). “Cuidar es un acto de resistencia”. Nexos.

-Tronto, Joan. (2023). “Redefiniendo la democracia como resolución de conflictos sobre responsabilidades de cuidado”. Revista Ethika, (pp. 121-170).