Jugar con la pelota de hule debe haber empezado como una diversión en la zona tropical de América, donde naturalmente crecen los árboles que producen látex, una savia elástica y pegajosa que se puede enrollar como madeja de hilo y que, una vez seca, tiene la capacidad de rebotar. Pero muy pronto se vuelve más serio: hace un poco menos de 4000 años, cerca de la costa del Pacifico, ya construyeron una cancha formal: un espacio largo y angosto, cerrado por dos construcciones. Estaba a un lado de una gran plaza pública, y por el otro costado estaba una residencia grande.

Casi al mismo tiempo, en la Costa del Golfo, en El Manatí, encontraron en un manantial ofrendas con muchas pelotas de hule y unos entierros de infantes sacrificados. Es la prueba más temprana de la asociación de la pelota con un ritual al agua y a la fertilidad.

Hace unos dos mil años, en la costa del Golfo, el juego de pelota se transforma otra vez: ahora las canchas están en las ciudades, en el espacio principal asociado al templo. No hay en los pueblos ni en las aldeas. Además, en estas ciudades empieza a haber representaciones en esculturas de piedra y en murales de edificios importantes del juego y de un ritual de decapitación, donde uno de los jugadores es sacrificado.

Para entonces ya se puede ver que le pegan con la cadera, no con las manos ni los pies, como es más fácil y más común. Pero se volvió un juego controlado por las autoridades. En las representaciones, siempre son hombres. Nunca hay mujeres en la cancha o en la imagen de la decapitación.

En la zona costera del norte de Veracruz y sur de Tamaulipas, un lugar donde todavía se da el árbol de hule, ocurre algo distinto. Se representan jugadores de pelota en pequeñas figuras de cerámica, algo excepcional en el resto del Golfo. Las más antiguas son del 800 al 200 antes de nuestra era, y son hombres, con su cinturón, su protector de rodilla y su pelota en la mano.

Durante el primer milenio, hay series muy parecidas que representan hombres, pero también hay series casi idénticas de mujeres. Misma posición, atuendo y tamaño, 15-18 cm de alto, pero son mujeres. En ambas series, son personas altas, delgadas y jóvenes, de acuerdo con sus proporciones. Lo único que permite distinguirlos son los pechos pequeños pero formados de las mujeres. Son del primer milenio de nuestra era, justo el mismo momento cuando más al sur del Golfo, el juego se volvió muy “oficial” y masculino. A diferencia de otras figurillas de barro reportadas de Oaxaca, Guerrero y Centro de México, aquí es bastante seguro que son jugadoras de pelota justamente porque se parecen tanto a sus contrapartes masculinas.

 Son decenas de figurillas tanto de hombres como de mujeres, pero la gran mayoría viene de colecciones y no se sabe de dónde provienen. Solo se identifica su estilo particular de la zona de Pánuco.

Esto sugiere que hay una práctica del juego en la región que ahora se llama la Huasteca, que incluye hombres y mujeres jóvenes, como iguales, cuando menos al nivel de la población en general, que es la que produce las figurillas de barro. ¿Estas mujeres pudieron participar en los juegos en las canchas de las ciudades? No sabemos. Pero una gran escultura de piedra de 90 cm de alto encontrada por casualidad en el municipio de Álamo Temapache cuenta otra historia: una mujer, identificada por sus pechos desnudos y su falda, tiene un grueso cinturón y protectores de rodilla, y en una mano tiene un cuchillo de sacrificio y en la otra agarra por el pelo una cabeza decapitada.

Es una señora de poder, por el tocado, orejeras y collar, y está representada como sacrificadora, algo excepcional en el resto del México antiguo. No se sabe de dónde salió la pieza, pero por su estilo, sugiere que sería de hace unos 1000 años o menos. Esto sugiere que la participación de las mujeres en la práctica del juego en el Norte del Golfo pasó de un nivel popular a uno de autoridad. Para lograrlo, se lo deben haber ganado a pulso.