Este mes hemos hablado del amor.

Del amor romántico, de sus mitos, de las relaciones patriarcales y de la necesidad de

cuestionarlo para mirar sus efectos más allá de lo íntimo.

Desde ese enfoque, hemos intentado aprender a amar distinto, de manera más horizontal.

A quitar del centro a la pareja para confirmar que los amores —en plural— habitan

muchos otros lugares. A entender que el amor no es solo vínculo romántico, sino

también estructura, práctica y posición política.

Y cuando pienso el amor desde otros lugares, pienso en mi trabajo. En ese fuego interno

que me acompaña desde hace años y que me recuerda por qué elegí ser abogada:

cuestionar, acompañar y luchar por lo que creo justo.

Pero, inevitablemente, pienso en él.

En mi hijo adolescente, Leonardo, quien me mueve a escribir estas líneas. No desde una

mirada idealizada de la maternidad. No desde la ternura complaciente que romantiza el

sacrificio. Pienso en él porque crecer a su lado me obliga a revisar el mundo.

Porque cada conversación, cada desacuerdo y cada pregunta que me hace me confrontan

y me interpelan.

Le escribo a Leonardo. Y mientras lo hago, entiendo que también le escribo a

las adolescencias. Porque al pensar en el mundo que él habita, pienso en quienes, como

él, están construyendo identidad en medio de narrativas que insisten en llamarlas “el

futuro”, como si el presente no les perteneciera.

Crecer hoy no es sencillo. No lo fue nunca. Pero hoy implica hacerlo bajo la mirada

constante de pantallas y algoritmos; construir identidad en un entorno que premia la

comparación y la inmediatez; habitar espacios profundamente adultocéntricos donde sus

voces siguen siendo tratadas como algo transitorio.

Pero no son promesa futura.

Ya están aquí. Son presente.

Mi generación normalizó demasiadas cosas. Silencios. Desigualdades. Vínculos que no

siempre eran horizontales. Estructuras que parecían inmutables.

Ustedes, en cambio, incomodan. Nombran lo que no funciona y se posicionan

en un mundo que consume, fragmenta y violenta. Cuestionan lo que parecía

incuestionable. Hablan de salud mental, de consentimiento, de diversidad, de justicia, con

una claridad que nos obliga a mirarnos de frente.

Cuando veo a mi hijo construir criterio propio, disentir, hacerse preguntas y tomar postura,

no pienso solo en él. Pienso en las adolescencias que acompañamos desde

Inspiring Girls y desde mi trabajo cotidiano. Pienso en quienes buscan su lugar en

un entorno que muchas veces parece diseñado para aislar, dividir o distraer y que, aun así,

insisten en crear comunidad.

Insisten en encontrarse

Insisten en tender puentes.

Insisten en sostener la ternura como una forma de resistencia.

Desde nuestro trabajo buscamos acercar referentes posibles, cercanos y diversos. Ampliar

horizontes. Abrir conversaciones. Acompañar procesos. Sabemos que las referentes

importan y que ver caminos posibles transforma imaginarios. Pero acompañar

adolescencias no es dirigirlas; es reconocer que también nos están enseñando.

Que la inspiración no es vertical. Que la transformación no ocurre solo cuando “llegan a

ser adultas”, sino ahora.

Aprendemos al escuchar sus preguntas.

Nos transformamos al recibir sus cuestionamientos.

Nos reubicamos cuando vemos cómo se organizan y se posicionan.

El cambio deja de ser una promesa y se vuelve práctica cotidiana.

El orgullo que siento —como madre y como mujer comprometida con lo público— no es

complaciente. No es una mirada condescendiente hacia “la juventud que viene”. Es el

reconocimiento de que están creciendo con una conciencia que nos obliga a revisar

nuestras propias certezas.

Y ese orgullo no me tranquiliza: me exige.

Me exige escuchar más de lo que explico.

Me exige acompañar sin dirigir.

No les heredamos un mundo sencillo. Les heredamos inercias, desigualdades y deudas

históricas que todavía intentamos desarmar. Pero también la posibilidad de hacerlo

distinto. Y ustedes están tomando esa posibilidad con una lucidez que no pasa

desapercibida.

Cuando pienso en Leonardo, pienso en la responsabilidad colectiva que tengo.

En las estructuras que necesito mover para que el mundo que habita sea más

justo.

Escribirle no es solo un gesto íntimo.

Es asumir, públicamente, que el mundo que habita también es mi responsabilidad.

Y que transformarlo es la forma más honesta que encuentro de amar.