Por años, la conversación sobre la participación de las mujeres en el mundo laboral se ha centrado en dos grandes temas. Por un lado, el acceso de las mujeres al trabajo y a oportunidades laborales como puestos de liderazgo, y por otro, la brecha salarial que persiste entre hombres y mujeres.
En ese contexto, la capacitación suele presentarse como una de las herramientas más poderosas para cerrar brechas. En un mercado laboral que cambia con rapidez, aprender nuevas habilidades es clave para mejorar la productividad, acceder a mejores posiciones y mantenerse vigente profesionalmente.
Sin embargo, los datos muestran que el acceso a estas oportunidades todavía sigue siendo desigual. De acuerdo con la Radiografía de las Mujeres en el Trabajo de Buk, plataforma de Recursos Humanos, en América Latina alrededor del 45% de los hombres reporta haber participado en alguna capacitación durante el último año, frente al 40% de las mujeres.
Incluso cuando las mujeres logran acceder a formación, aparece otra desigualdad menos visible y, por ende, menos difícil de identificar. El entorno de trabajo no siempre les permite aplicar lo aprendido de la misma manera que a los hombres. Y cuando el aprendizaje no puede ponerse en práctica, su impacto en productividad y eficiencia se reduce.
Los datos sobre el retorno del aprendizaje muestran con claridad esta diferencia. Entre los colaboradores que se capacitaron durante el último año, 38% de los hombres reporta mejoras en productividad y eficiencia después de la capacitación; mientras que en el caso de las mujeres esa cifra cae a 29%. Esta diferencia persiste incluso entre puestos de liderazgo, donde el 40% de los hombres reporta haber mejorado su productividad tras capacitarse, frente a sólo el 33% de las mujeres.
El estrés y la sobrecarga laboral son algunos de los principales factores que frenan la productividad de las mujeres, así lo considera el 43% de las colaboradoras en la región. Cuando el trabajo cotidiano está marcado por interrupciones constantes, múltiples responsabilidades o presión permanente por cumplir tareas operativas, el espacio para aplicar nuevas habilidades simplemente desaparece.
Desde la perspectiva de las organizaciones, esto representa un costo silencioso. Si bien la capacitación es una de las principales inversiones en capital humano, si el entorno laboral no permite que las mujeres utilicen lo aprendido para mejorar procesos, tomar mejores decisiones o innovar en su trabajo, el retorno de esa inversión se diluye significativamente.
Además, si las mujeres tienen menos posibilidades de convertir el aprendizaje en mejoras visibles de eficiencia o resultados, también tienen menos oportunidades de demostrar ese progreso en evaluaciones de desempeño. Con el tiempo, esto puede traducirse en menores niveles de reconocimiento, menos acceso a proyectos estratégicos y menor probabilidad de promoción. Si esta dinámica se mantiene, las brechas iniciales no solo persisten, sino que se amplían a lo largo de la trayectoria laboral.
El desafío para las organizaciones no se limita a ofrecer más programas de capacitación. También es necesario crear condiciones para que ese aprendizaje pueda convertirse en resultados concretos.
Un primer paso consiste en revisar la carga operativa que enfrentan los equipos, particularmente las mujeres. Cuando las personas trabajan constantemente al límite de su capacidad, la mejora continua y la innovación se vuelven prácticamente imposibles.
También es clave vincular los programas de capacitación con proyectos específicos dentro de la organización, esto aumenta significativamente la probabilidad de que el conocimiento adquirido se aplique en la práctica.
Otro paso importante es medir el impacto real del aprendizaje, a través de indicadores como mejoras en productividad, eficiencia operativa o calidad del trabajo, más allá de la asistencia o la satisfacción de los participantes.
Finalmente, las empresas deben avanzar hacia entornos laborales que faciliten el uso del conocimiento. Esto implica dar mayor autonomía para implementar mejoras, reservar tiempo dentro de la jornada para aplicar nuevas habilidades y reconocer explícitamente las contribuciones que surgen de la capacitación.
Cerrar las brechas de género en el trabajo no significa únicamente ampliar el acceso a oportunidades. También implica garantizar que todas las personas tengan las condiciones necesarias para aprovechar esas oportunidades y transformar el aprendizaje en resultados reales.

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