Angela Davis dijo, en el momento más potente de su paso por la UNAM, que el principal trabajo del activismo es mantener la esperanza. Después de 57 años sin pisar México, la filósofa, autora y activista regresó al país acompañada de su compañera de vida, Gina Dent, profesora de Estudios Feministas en la Universidad de California en Santa Cruz, coautora con Davis del libro Abolición, feminismo, ¡ahora! y activista abolicionista desde hace más de dos décadas. Tras semanas de expectación, centenares de personas, en su mayoría universitarias, hicieron fila desde temprano para escuchar a ambas en lo que se anunció como un diálogo magistral en el marco de la FILUNI, en la sala Miguel Covarrubias de la UNAM.

Davis y Dent estuvieron magníficas. La Universidad decepcionó, y lo hizo de dos maneras que, en el fondo, son la misma falla: no supo escuchar.

No escuchó, primero, en el terreno logístico. El evento se realizó en una sala con aforo menor a mil personas, y hubo que habilitar espacios adicionales para que los centenares que quedaron fuera vieran la transmisión de TV UNAM. La Universidad Nacional no midió el poder de convocatoria de una de las mayores pensadoras antirracistas y feministas contemporáneas.

Tampoco escuchó en el terreno político. En un diálogo cuyo eje era el antipunitivismo, la institución no anticipó que se suscitaran protestas por actos de violencia institucional, particularmente el caso de Arturo Lugo Macías, "Schevek", ni tuvo un plan para hacer frente a una audiencia previsiblemente politizada y combativa. No por nada eran admiradoras de Davis.

Fotografía: Wanda Pacheco
Fotografía: Wanda Pacheco

Confieso que después de los primeros minutos de protesta yo también quería que el alumno que protestaba bajara del escenario. Su desdén por las peticiones de permitir hablar a las invitadas me pareció más una expresión de privilegio masculino que de protesta genuina. Aun así, lamenté los argumentos de Rosa Beltrán al pedirle que considerara no a las compañeras que habían esperado durante horas, sino el esfuerzo de la Universidad por lograr el evento: una súplica autorreferencial que repetía, en espejo, la misma falta de escucha que había producido el problema.

Y me pareció un error el performance de Amneris Chaparro, quien, micrófono en mano, le espetó "a mí un vato no me va a decir qué hacer", como si no fuera ella quien ostentaba el poder simbólico en ese momento. Los cánticos de "vatos fuera" que siguieron fueron una contradicción ante lo que Davis y Dent llevan décadas cuestionando: la idea de que el conflicto se resuelve expulsando al que incomoda en vez de tramitarlo colectivamente. Un feminismo que utiliza el escenario de un diálogo sobre abolición para responder con expulsión está repitiendo, a escala pequeña, el mismo reflejo punitivo que el libro de Davis y Dent busca desmontar. Ese fue el problema de fondo.

El diálogo duró menos de una hora y fue deslucido. Davis y Dent sacaron el mayor provecho posible a preguntas superficiales y poco trabajadas, lamentables frente a la posibilidad de que dos mentes brillantes sostuvieran, con mínima moderación, un análisis sobre el lugar del abolicionismo feminista en los tiempos que corren, en México y en el mundo. Aun así, encontraron las fisuras para hablar de la importancia de la imaginación política, de la escucha, de sostener la incomodidad del disentimiento, y de esa idea que da título a esta columna: que mantener la esperanza es, en sí mismo, el trabajo central del activismo.

El evento cerró con otro enfrentamiento entre universitarias y autoridades, que intentaron contener el turno de preguntas con tarjetas de preguntas supuestamente hechas con antelación por el público. Ante el rechazo generalizado a la maniobra, las propias Davis y Dent lamentaron no tener más tiempo para dialogar con los asistentes, para hablar de los alcances de la justicia restaurativa, para idear en colectivo esa esperanza por el futuro.

Estoy segura de que muchas y muchos entramos a esa sala conteniendo la emoción de escuchar a dos referentes brillantes y generosas, y salimos conteniendo la decepción por una Universidad donde la planeación y la escucha, esas dos formas concretas de tomar en serio a quien tienes enfrente, brillaron por su ausencia. Queda, sin embargo, la tarea que la propia Davis nombró: sostener la esperanza incluso frente a quienes no saben acogerla.