Con un fondo de miles de carpetas de investigación, en las que se lee “Averiguación Previa” y “Procuraduría de Justicia del Distrito Federal”, atadas con lazos de cinta blanca, polvosas y rotas se escucha la voz de Sayuri Herrera diciendo que “En 2020 en México ocurrieron 3748 asesinatos de mujeres. De esos, 2801 fueron homicidios dolosos y 947 fueron feminicidios.” Se trata del inicio de la serie documental La Fiscal.

El 26 de marzo se estrenó. La vi de inmediato siguiendo la recomendación de acceder a ella en Netflix para que el algoritmo no jugara en contra y desapareciera de las primeras opciones que muestra la plataforma. La serie da cuenta de la labor de Sayuri Herrera al frente de la Fiscalía Especializada en Feminicidios de la Ciudad de México, hasta su salida de esta institución, vinculada de alguna manera con la corrupción del propio sistema de justicia.

El 8 de marzo de 2020, Ernestina Godoy, Procuradora General de Justicia de la CDMX, anunció a la primera titular de la nueva dependencia, quien había sido seleccionada a través de una convocatoria pública, de la cual también dan cuenta en el documental.

Paula Mónaco y Miguel Tovar, los directores de La Fiscal, tuvieron acceso inédito, en tiempo real, al sistema judicial y siguieron las investigaciones de casos de feminicidio: los de Joana Esmeralda, Karen Itzel, Yrma Lydya, Ariadna Fernanda. El caso del feminicida de Joana Esmeralda fue juzgado, el de Karen Itzel tuvo una sentencia condenatoria. Otros dos continúan sus procesos judiciales abiertos.

Según Paula Mónaco, en entrevista con Federico Bonasso en el programa de Julio Astillero, se trata de “una ventana” que muestra “un tiempo excepcional (…) cuando una persona fuera de serie ocupó un cargo decisivo”. Sayuri Herrera con una trayectoria atípica para una institución como esta. Ellos conocían a Herrera y su trabajo en defensa de varios casos de derechos humanos y su importante papel en el acompañamiento legal de la familia de Lesvy Berlín Rivera Osorio, víctima de feminicidio en 2017. Grabaron durante más de tres años el día a día de Sayuri como fiscal y quisieron dar cuenta de “cómo se investigan los feminicidios en la Ciudad de México, cómo se investigaron en ese momento, cómo trabajan agentes del Ministerio Público, policías de investigación, peritos y peritas forenses, las fiscales mismas, todo un mundo que generalmente es opaco, que no tenemos acceso a ello”.

Género docu-serie de crímenes reales (true-crime) pero “sin morbo” y tratando de mostrar a los diferentes actores (personal de la fiscalía, policías, familiares, etc.) de manera cercana y para ello se usó la técnica documental de filmar a las personas de frente, ni en picada ni en contrapicada (la primera empequeñece al interlocutor, la segunda lo engrandece). En las tomas de frente, dice Paula Mónaco, a la altura de los ojos, la persona aparece como un igual al espectador y con ello se busca darle dignidad a su relato, a sus experiencias.

Este es uno de los primeros aspectos que llamó mi atención: a la Fiscal Sayuri, Herrera y a su equipo de la fiscalía los directores del documental los insertan en su espacio laboral, con sus objetos sobre los escritorios, incluidos insumos para higienizar el espacio y cubrebocas, sus recorridos por las calles, las miles y miles de carpetas de investigación, las emergencias que deben atender, las incertidumbres que les atraviesan. Con ello se humaniza un trabajo que, en general, es criticado, y con razón. En este caso, La Fiscal muestra que, pese a todas las limitaciones: burocráticas, de recursos (económicos, de personal, físicos), de infraestructura, cuando la cabeza de la institución tiene voluntad política y desarrolla hasta el fondo los protocolos de búsqueda, se logran resultados más prometedores que las cifras a las que estamos acostumbradas.

La serie presenta cuatro feminicidios, cuyos perpetradores son de condiciones económicas muy diferentes, con lo que se rompe de inmediato la idea de que éstos suceden solamente en zonas precarias de la Ciudad de México y que los perpetradores son hombres de las periferias. Acá vemos también a hombres violentos, corruptos, prepotentes y con dinero.

¿Cómo nos hacemos cargo de todas las víctimas, incluidas las indirectas?

Para finalizar estas notas sobre la serie documental quiero detenerme en algo que me generó mucho malestar. Si bien se cuida a las víctimas y a sus familiares y se tiene suma precaución para no revictimizar, hay un niño (hay otros en los tres episodios), menor de edad, cuyo rostro no vemos, pero sí escuchamos su voz y sabemos el nombre y apellido de sus familiares. Su abuela narra cómo el niño fue el testigo principal del feminicidio de su madre por parte de su papá y sus abuelos paternos. Una narración absolutamente desgarradora.

Lo que me inquietó es la aparición de la voz del niño en la serie, sabiendo sus apellidos. No pude dejar de preguntarme por qué no utilizaron alguna estrategia para proteger más la identidad de esta víctima indirecta. Esto me lleva a interrogarme sobre cómo abordamos a las infancias. Los y las hijas, de un momento a otro pierden a su madre. En muchísimos casos es el padre quien comete el feminicidio. Quedan huérfanos y viven situaciones traumáticas. Los huérfanos de feminicidio ocupan muy poco espacio en el debate público.

Quizá es por ello, para generar un contrapunto con esta terrible realidad, que Paula Mónaco y Miguel Tovar van narrando de manera paralela, a lo largo de los tres episodios, la decisión de adoptar una niña por parte de Sayuri Herrera. En el tercer y último episodio vemos el momento en el que se hace realidad su deseo, la escena en donde carga por primera vez a la bebé y la escuchamos afirmar “Yo decidí adoptar una niña, en un país en el que las mujeres tenemos, en distintos grados, el riesgo de ser víctimas de feminicidio. Porque yo pensé ‘Lucy ya está aquí’. Esa ya no era una decisión mía, ella ya existe, ya existía. Entonces, creo que, pues, ya la otra decisión era ser mamá y cuidarla. Y de todos modos conmigo o sin mí es algo que va a aprender a afrontar. Entonces, mejor hacerlo juntas. Pues decidí… y yo creo que ella también decidió, que yo fuera su mamá. Y pues ahora estamos nosotras juntas y eso nos hace bien y nos hace fuertes y nos hace felices.”

La orfandad de las niñas y niños víctimas indirectas de feminicidio empieza tímidamente a ocupar un espacio en estadísticas, políticas públicas, investigaciones. Con ello podemos empezar a dimensionar esta otra desgarradora y preocupante arista del problema y su magnitud.