Hace poco visité a unas amistades muy queridas que se mudaron al extranjero. Son una pareja hetero que se dedica con mucho ahínco y amor al cuidado de su hijo de dos años. Una familia en la que son palpables la corresponsabilidad y el balance vida-trabajo, tanto para las actividades remuneradas como para los cuidados y las tareas del hogar.
Una tarde relataron lo difíciles y extenuantes que habían sido esos dos años desde el nacimiento de su hijo. Además de no tener amistades consolidadas en su nuevo destino en las cuales apoyarse, tuvieron que aprender a cuidar como mamá y papá primerizos y a gestionar la vida para sortear los intensos cuidados de un niño pequeño sin dejar de atender sus trabajos y las exigencias cotidianas.
Para acompañar su sentir, les compartí un poco de lo que encontré durante mi investigación con madres migrantes en México: las dificultades relativas a la migración y la escasa red de apoyo, los cuidados que siguen brindando a sus familias en los países de origen y los problemas que enfrentan con los progenitores de sus hijas e hijos. Mi amiga, abrumada por la idea, hizo énfasis en la enorme labor de las madres que se encargan de los primeros años de crianza solas, sin un padre ahí que, como mi amigo, sea corresponsable.
Me quedé pensando que algunos de los casos más complicados que encontré no eran aquellos en los que el progenitor masculino no estaba, sino aquellos en los que sí estaba, pero hacía las cosas infinitamente más difíciles. “Dejen ya el que sea un padre corresponsable. Con que no joda…”, pensé. Y aquí retomo esa conversación para ahondar en cómo ciertos hombres conseguimos estar presentes y, al mismo tiempo, ausentes respecto del cuidado.
La producción de descuido
El descuido masculino en lo cotidiano puede expresarse como olvidar compromisos de cuidado previamente asumidos, delegar sistemáticamente la organización de la vida doméstica, desentenderse del seguimiento escolar o médico de hijas e hijos, desconocer información básica sobre sus necesidades cotidianas o participar de vez en cuando en tareas cuya responsabilidad recae de manera sostenida en otras personas.
La producción de descuido también puede expresarse mediante patrones de evitación en los cuales algunos hombres exageran su ignorancia o las dificultades para realizar tareas domésticas y de cuidado, favoreciendo su reasignación hacia las mujeres. Otras veces basta con participar episódicamente y dejar en alguien más la responsabilidad permanente. Por ejemplo, es muy frecuente que los hombres asumamos los cuidados sólo de forma eventual hasta que alguna mujer —madre, suegra, hija mayor, hermana— pueda retomarlos.
En todo caso, el descuido produce más trabajo para quienes cuidan: implica una distribución desigual tanto del trabajo doméstico y de cuidados como del ocio y el tiempo libre. Recuerdo a Patricia —madre cubana en México— cuando me relató que, pocos días antes de su parto, su pareja se convirtió en alguien que necesitaba ser cuidado:
[Durante mi embarazo] Tuve bastantes problemas con mi pareja porque no sentía que fuera empático con mi estado de salud. Porque yo me sentía mal, mal, y él seguía su vida normal. Estábamos en pandemia y seguía saliendo, lo cual se me hacía súper irresponsable. Salió en moto quince días antes del parto. Mi hija nació un sábado y quince días antes su papá se quebró la mano. Al quebrarse la mano no íbamos a poder tener su ayuda… y él con la mano quebrada…
El descuido habita, así, en la presencialidad ausente, esa distancia entre estar de cuerpo presente y hacerse realmente responsable.
La violencia del descuido
La producción de descuido es, por lo tanto, fundamentalmente una forma de violencia. En primer lugar, porque deposita sistemáticamente en otras personas la responsabilidad de anticipar necesidades, organizar, recordar, supervisar y reparar. Va más allá de la ley del mínimo esfuerzo, pues sabemos bien que alguien más no puede dejar de hacer eso que nosotros no hacemos.
Esto es particularmente evidente en las relaciones heterosexuales: de acuerdo con datos del INEGI recuperados en 2023 por Perla Chávez en la Gaceta UNAM, las mujeres pierden en promedio 7.3 horas de tiempo libre al casarse, mientras que los hombres ganan 2.9. El descuido encarna una relación asimétrica de poder en la que se violenta la dignidad de otras personas al imponerles responsabilidades de cuidado.
En segundo lugar, en la producción del descuido se juega el sostenimiento de la vida y se trasladan los riesgos a terceras personas. En sus expresiones más graves, puede alcanzar la falta de protección frente a situaciones de peligro, la omisión, la ausencia, el abandono y otras formas de negligencia, con consecuencias físicas, psicológicas y emocionales para quienes cuidan y para quienes necesitan recibir cuidados.
Algunas expresiones graves del descuido alcanzan incluso relevancia jurídica. El Código Penal de la Ciudad de México dedica un capítulo a la Omisión de auxilio o de cuidado. El artículo 156 sanciona a quien abandone a una persona incapaz de valerse por sí misma cuando tiene la obligación de cuidarla, con una pena de tres meses a tres años de prisión.
Sin embargo, sancionar la omisión del cuidado también exige preguntarnos en quiénes recae socialmente la obligación de cuidar. Permanece incuestionada la facilidad con la que muchos hombres nos lavamos las manos del asunto mientras son mayormente las mujeres quienes cuidan. Ahí se revela con contundencia la violencia del descuido: algunos podemos permitirnos descuidar porque sabemos que alguien más no puede dejar de cuidar.
Pienso de nuevo en mis amigos. Él, agotado después de esos dos años de cuidar intensamente a su hijo; ella, genuinamente abrumada con sólo imaginar lo que habría significado atravesar eso mismo sola. Estar presentes y compartir los cuidados de forma equitativa también nos permite dimensionar todo lo que exigen, todo lo que cuestan y cuánto hemos dado por sentado el esfuerzo de quienes los sostienen.

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