Es verdad que hay crisis masculina: los hombres lideran las cifras de suicidio, adicciones, encarcelamiento y muertes violentas; muchos se sienten perdidos, sin lenguaje emocional ni redes de apoyo. Sin salidas ni esperanza ante la policrisis económica, política y climática que el mundo atraviesa.
Además, en México esto ocurre en un contexto de violencia estructural extrema con al menos 43 mil personas desaparecidas reconocidas por el Estado, pero podrían ser más de 120,000 de acuerdo a los cálculos de organizaciones de derechos humanos. El 76% de las desapariciones son hombres.
¿Cómo cambiar esta realidad? ¿Cómo escapar de esta amenaza? Los chicos están buscando modelos a seguir, y los primeros en buscar su atención y “me gusta” son otros adolescentes u hombres jóvenes instagrameables que prometen fama, dinero, éxito y la vida perfecta si logran cambiar su físico. El Looksmaxxing y su versión más radical el Hardmaxxing que promueve llegar a cualquier extremo como tomar testosterona, hormonas de crecimiento y otras sustancias, o incluso recurrir a martillazos para cambiar tu estructura ósea, son una puerta de entrada a esa “machósfera” que mide su éxito según al número de mujeres que atraen.
Si después de desarrollar músculos y conseguir la apariencia “adecuada” no logras atraer mujeres, la culpa es de ellas. Al igual que para los “incels” (célibes involuntarios) las mujeres son culpables de negarles algo a lo que creen que tienen derecho.
Es en este contexto, se llevó a cabo el Fearless Congress en el estado de Jalisco, un espacio presentado como de “sanación emocional”, “trabajo personal” y “nuevas masculinidades”, apropiándose del lenguaje que el feminismo y los estudios de género han construido durante décadas, pero para reciclar una masculinidad patriarcal conservadora.
¿Qué ofrece este espacio a los adolescentes confundidos por la falta de referentes masculinos y que intentan encontrar su propia manera de ser hombres? Encuentran respuestas simples a problemas complejos: una identidad cerrada, con roles rígidos de género, heteronormativa, separatista de las mujeres y enemiga del feminismo, y una narrativa que le dice que la raíz de su malestar es que “la masculinidad tradicional está bajo ataque”.
En el conservadurismo que organizó este tipo de congresos a las mujeres nos matan, nos desaparecen y nos mandan a sostener hogares en soledad y dependencia, pero a los hombres tampoco les va bien: guerras, secretos, suicidios, la obligación de llenar un molde específico en el que la única forma de ser exitoso es tener dinero en una sociedad de profunda desigualdad, crisis financiera y falta de oportunidades estructurales.
No se puede negar la crisis masculina: en Inspiring Girls la vemos en cada salón de clases; en los chicos que no encuentran palabras para nombrar lo que sienten, en los jóvenes que creen que para gestionar el dolor deben de recurrir al alcohol, drogas, violencia o silencio.
Lo que necesitamos construir para ellos son espacios donde puedan cuestionar el mandato de ser fuertes, exitosos y dominantes, sin que eso implique perder su valor ni su pertenencia. Espacios donde tengan el derecho a construir una vida propia, situada, ética, compleja.
Si de verdad nos preocupa el sufrimiento de los hombres, tenemos que mirar hacia la educación y no hacia congresos de reafirmación patriarcal disfrazados de innovación espiritual: necesitamos una educación sexual integral basada en evidencia, que hable de consentimiento, placer, diversidad, prevención de violencias y corresponsabilidad.
Una formación que muestre la plasticidad del cerebro y el peso del aprendizaje social en lugar de repetir que las chicas son emocionales y que los chicos son fuertes; currículos éticos y ciudadanos que coloquen en el centro los derechos humanos y la igualdad y enseñen a niñas y niños a preguntarse cómo impactan sus decisiones en los demás; políticas públicas con perspectiva de género y alianzas entre escuela, comunidad y organizaciones feministas para diseñar programas donde el feminismo deje de ser el enemigo que castiga a los hombres y se reconozca como la fuerza que puede liberarlos de mandatos imposibles y dolorosos.
Y sobre todo, necesitamos aliados, hombres reales, que se permitan la vulnerabilidad, que no basen su valor en dominar, en acumular poder o dinero, sino en vivir en paz consigo mismos y con las demás personas, capaces de ternura, de cuidar y pedir ayuda, de vivir sin violencia, sin dobles vidas, sin secretos que los destruyan por dentro.
Sólo con estos modelos y referentes que inspiren a los niños y jóvenes, lograremos sociedades más seguras e igualitarias para las niñas y mujeres.

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