En medio de las guerras e inmersos en narrativas que intentan definir el mundo en blanco y negro, las mujeres siempre terminamos siendo convertidas en lo mismo: un símbolo o una
excusa.
Lo vimos hace unos días con la selección iraní de fútbol femenino en Australia. Finalmente, siete jugadoras, incluida la capitana del equipo, decidieron no volver a su país. Me abruma
imaginar la desesperación de esas mujeres pidiendo auxilio desde un autobús; buscando una protección policial que las alejara de su propio destino. Antes de eso, el silencio: las jugadoras
se negaron a cantar el himno y el Estado las marcó como “traidoras”. Luego, bajo una presión que todos podemos adivinar, aparecieron cantando y saludando militarmente. Un guión forzado
que ya no engaña a nadie.
Era de esperar que en este escenario apareciera el oportunismo. El presidente Donald Trump no tardó en usar sus redes para colgarse la medalla de protector, mientras el gobierno
australiano confirmaba los visados humanitarios. Pero me pregunto: ¿en qué momento Washington se convenció de que es el guardián de las mujeres iraníes?
Es una contradicción dolorosa. Mientras algunos celebran ataques militares contra Irán como si los misiles fueran herramientas del feminismo, la realidad en el suelo es otra: las bombas no
liberan, solo fabrican víctimas. Es imposible hablar de "progreso" cuando, en los bombardeos recientes, se cuentan decenas de niñas asesinadas en una escuela. Por eso, cuando el
régimen iraní acusa a Occidente de hipocresía, lanza un dardo que, por desgracia, da en el blanco: ¿cómo dicen salvar a unas mientras matan a otras con tecnología de punta?
Esa hipocresía se vuelve insoportable. El mismo liderazgo que hoy se ofrece como refugio para estas deportistas es el que ha restringido derechos reproductivos y sexuales; el que separó
familias en la frontera y el que le cerró la puerta a cientos de miles de mujeres latinoamericanas que huían de una violencia igual de real.
La situación de estas futbolistas es crítica. Las siete que se quedaron vivirán en el exilio; las que regresaron lo hicieron, en muchos casos, por el miedo atroz a las represalias contra sus
familias. Usar su valentía como una pieza de ajedrez geopolítico es otra forma de violencia. Las mujeres en Irán no son personajes secundarios de una propaganda; llevan décadas resistiendo
solas, desde el sacrificio de Mahsa Amini hasta los gestos valientes en una cancha.
No necesitan que nadie las "rescate" para una foto de campaña. Necesitan algo mucho más humano: el derecho a jugar, a protestar y a vivir sin que su existencia sea el trofeo de dos
bandos que dicen defenderlas mientras, en realidad, solo las utilizan.

Por: 