Esta conversación, que surge en un aula universitaria, se extendió por común interés a un ámbito más personal. A partir de un ejercicio de investigación en psicología social, Juan Pablo y Nicolás analizaron la comunidad INCEL, la cual tuvo un súbito foco de atención tras el homicidio cometido al interior del CCH Sur en septiembre del 2025. La importancia de seguir reflexionando sobre este tema, de reconocernos como parte del ecosistema político, social y cultural que da lugar a la violencia de género, es el parteaguas de este escrito realizado a varias voces.

Así que nos reunimos a comentar este asunto ya no como una tarea, sino como un ejercicio de introspección crítica en el que se desdibujan los roles de profesor y estudiante, en el que suspendemos provisoriamente nuestras etiquetas y nos permitimos desmenuzarlas, mirarlas a contraluz frente a la ventana de nuestro encuentro. Acá un fragmento de esta nutrida conversación entre tres colegas que se increpan con curiosidad genuina y cuidado mutuo.

David: Nos estábamos preguntando algo simple, pero nada trivial. ¿Conocemos a personas que se identifiquen como parte de la comunidad INCEL?

Juan: Yo no podría ponerles la etiqueta como tal, pero sí he escuchado comentarios que encajarían, discursos muy misóginos, una forma de hablar con mucho odio hacia las mujeres.

Nico: Yo tampoco he conocido a nadie que se nombre así directamente, pero sí a muchas personas cuyos valores y formas de pensar se alinean bastante con lo que circula en esa comunidad. Ahí algo importante es que, para ser INCEL, tiene que haber una autodenominación. A mí me hace pensar mucho en la lógica de clan e incluso en dinámicas que vemos en los cultos. No importa qué tan extrema o descabellada sea una idea, si no soy el único que la piensa, entonces debe tener algo de verdad. Eso legitima el enojo, lo vuelve “razonable”.

Juan: Exacto, son una comunidad. Los INCEL —“célibes involuntarios”— son hombres que se agrupan para validar algo que tienen en común, que es la experiencia de sentirse excluidos del afecto, del deseo y de las relaciones. Buscan validación, pero lo paradójico es que terminan validando su propia invalidación. Y se vuelve muy peligroso cuando esa frustración se transforma en odio. Y su resentimiento no va sólo contra las mujeres, sino contra todo lo que perciben como parte de un sistema injusto. El problema es que muchas veces no reconocen que ellos mismos también forman parte de ese sistema que critican.

Nico: Para mí el término INCEL sigue siendo relativamente nuevo. Yo aprendí con ustedes que surge en los noventa, en contextos de grupos de apoyo, pero que fue un término “secuestrado”. Y termina funcionando como un espacio donde no sólo se comparte malestar, sino donde se alimenta el odio, la victimización, el resentimiento social. Y algo clave es que muchos hombres formamos parte de ese ecosistema, incluso cuando lo criticamos. Lo anhelamos y lo odiamos al mismo tiempo y eso también es una forma de validarlo.

Juan: Además, siento que esto va escalando con las nuevas generaciones. Hay una presión social enorme en redes por cómo te ves, cómo te muestras, cuántos likes tienes, si tu perfil “vende”. La validación pasa por ahí. Y si no alcanzas eso, aparece la humillación, el aislamiento... Entonces terminas en foros buscando ser escuchado. Lo más triste es que se nos enseña a medir el valor personal en seguidores, vistas, aprobación… como si eso fuera todo.

Nico: Escuchando a Juan me cayó algo muy fuerte. Siendo honesto, estoy casi seguro de que en algún momento de mi vida yo podría haberme identificado con muchas de las ideas que hoy circulan entre los INCEL. Nunca me nombré así, quizá porque el término no estaba tan presente, pero el sentimiento sí. Y digo esto porque no quiero demonizar a nadie. Yo también he estado ahí. Sé lo que es la desesperación, la impotencia, sentir que no hay salida. Cuando te sientes así, lo último que queda es culpar. Y de ahí al odio hay un paso muy corto. El odio se vuelve casi lo único que te da una sensación de poder. Y eso es peligroso porque el odio también es adictivo, produce placer, te engancha.

Juan: Cuando investigábamos el tema, uno de los requisitos era entrar a los foros. Ya no es tan fácil encontrarlos, están más ocultos, pero pude entrar a algunos espacios, como Reddit. Leer los comentarios fue muy impactante. No diría traumatizante, pero sí fuerte. Se los mostré a Nico. Hay discursos que ya no dejan duda de que el ser humano es capaz de todo. Muchos de esos mensajes están diseñados para provocar miedo y lo logran.

David: Escucharlos también me hizo regresar a mi propia historia. A esa experiencia temprana de sentirme fuera, de no ser parte del grupo de hombres “ganadores”, deseables, reconocidos. Creo que es importante decirlo porque nadie está completamente fuera de este sistema. Podemos no estar en el centro del privilegio, pero orbitamos alrededor de él. Entiendo la frustración, la envidia, la ansiedad de “perder” en un sistema como éste. ¿Cómo gestionas eso?, ¿qué haces ante esa frustración y qué haces además cuando se vuelve como parte de tu identidad y te pone en un lugar en esa pirámide? Yo creo que la idea de cuestionar la pirámide y el sistema es muy loable, pero en el día a día, ¿cómo le haces?  

Nico: Y ahí, subrayar que la idea de que la vida parece un “juego” es brutal. Porque si así concibes el mundo, el odio se vuelve “comprensible”. Pero creo que muchas personas INCEL ni siquiera se ven como quienes pierden el juego, sino como quienes no pueden ni jugar. Y si no puedes participar por algo que no controlas —tu cuerpo, tu apariencia—, ¿cómo no va a generar una desesperación inmensa? ¿Cómo no va a doler?...

Atreverse a nombrar el malestar en primera persona es, a nuestro juicio, una necesaria parte de la apuesta política. Reconocer el dolor, la frustración y la impotencia. Señalar el origen de un odio que no surge del vacío, sin buscar justificaciones inocentes ni excusas burdas. Sostener la complejidad sin diluir la responsabilidad para abrir la posibilidad de sanar. La conversación no se cierra aquí. Continuará.

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Juan Pablo Iñigo Martínez es estudiante de la Licenciatura en Psicología en la Universidad Iberoamericana con enfoque académico y profesional en psicoterapia y psicoanálisis.

Nicolás Marcín Valdés es estudiante de psicología en la Universidad Iberoamericana con dirección al área de investigación en psicología social. 

David Arturo Sánchez Garduño

Psicólogo y especialista en Estudios de género por la UNAM, maestro en Estudios sobre migración por la Ibero, doctor en Estudios del desarrollo por el Instituto Mora y especialista en Políticas de cuidado con perspectiva de género por CLACSO. Es miembro del Seminario Sociología política de los cuidados en el Instituto Mora y de la Coalición por el Derecho al Cuidado Digno y Tiempo Propio de las Mujeres. Es docente universitario en psicología, formación ciudadana y metodología de la investigación; experto en facilitación y diseño de dinámicas participativas grupales. Su trabajo destaca por articular enfoques interseccionales para analizar las prácticas de cuidado en contextos de desigualdades sociales y movilidad humana.