Todas hemos sentido ese miedo…
El de levantarte de la silla y preguntarle a tu amiga en voz baja: “¿te fijas si estoy manchada?” Ese instante en el que el cuerpo deja de ser propio y se vuelve una preocupación pública. Porque más que aprender a gestionar la menstruación, aprendimos a evitar el “accidente”, a anticiparnos, a revisarnos constantemente, a cuidar que no se note. Aprendimos a gestionar el miedo antes que la menstruación.
Y eso no es casual. Es parte de una cultura que nos enseñó a vivir la menstruación desde la vergüenza. Aunque hoy hablamos de menstruación digna y de acceso a productos de gestión menstrual, el tabú no ha desaparecido. La vergüenza sigue ahí, instalada en el cuerpo. Esa pena que aprendimos desde niñas, la que nos hizo ocultarnos, creer que menstruar nos “hacía mujeres” y que sangrar cada mes era algo que debía esconderse porque era sucio.
La incomodidad no ha desaparecido: sigue instalada en el cuerpo y en la voz. Decir “estoy menstruando” frente a otras personas aún incomoda, aún se mide, aún se baja el tono. La menstruación aún se susurra. Persiste en la pena de pedir una toalla o de comprarla cuando atiende un hombre.
Pero también habita en otros silencios menos nombrados. En la dificultad de hablar de menstruación con la pareja, en la idea que nos enseñaron de que el deseo se suspende cuando el cuerpo sangra, de que la menstruación limita el placer y la vida sexual. Como si menstruar implicara desaparecer del propio cuerpo. Como si esos días hubiera que esconderse incluso del deseo.
Ese silencio no es casual. Es una forma de control…Cuando la menstruación se esconde, se vuelve invisible todo lo que implica. Se borra su impacto en la vida cotidiana, en la economía, en la educación y en la salud de millones de mujeres.
En México, la falta de información sobre la menstruación sigue siendo una realidad. Siete de cada diez mujeres no tenían información suficiente cuando llegó la menarquia. Y en la mayoría de los casos, fueron sus madres quienes asumieron la tarea de explicar lo que las instituciones nunca nombraron. Ahí también se heredaron los miedos: la idea de que usar un tampón podía “quitarte la virginidad”, un mito tan extendido que muchas crecimos sin siquiera saber cómo usar uno. La desinformación también es una forma de violencia.
Lo anterior nos demuestra que la menstruación no es solo una experiencia corporal: es una desigualdad estructural, porque mientras siga dando pena menstruar, la dignidad no es una realidad. Nombrar la menstruación sin vergüenza también es una forma de disputar el espacio público.
Durante años se nos enseñó que era sucia, incómoda, inapropiada; que había que ocultarla, disimularla, normalizar el dolor en silencio.
Por eso hablar de menstruación en voz alta sigue incomodando. Porque rompe con una estructura que ha buscado controlar el cuerpo de las mujeres incluso en sus procesos más naturales.
No porque sea extraordinario, sino porque desafía lo que históricamente se nos enseñó a ocultar. Porque implica dejar de susurrar, dejar de esconder, dejar de sentir vergüenza por un proceso que forma parte de la vida.
La menstruación no debería vivirse desde el miedo ni desde el silencio, debería ser parte de una conversación pública, abierta y sin estigmas.
Hablar de menstruación sin pena es un acto político.

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