Un texto de Jahel López Guerrero

Ninguna niña nace sabiendo que debe mandar un mensaje al llegar a casa. Lo aprende. Aprende a acelerar el paso cuando escucha pasos detrás de ella. Aprende qué calles evitar, cómo sentarse en el transporte público, a qué hora volver y con quién regresar. Aprende a vivir alerta. Lo aprende tan temprano que termina creyendo que es normal.

Pero no lo es.

Lo que llamamos precaución es, muchas veces, el resultado de una ciudad que ha convertido el miedo en parte de la experiencia cotidiana de las mujeres.

Mi investigación, publicada en coautoría con Karen Lilian Ruiz Cortés, realizada con mujeres indígenas jóvenes que habitan en la Ciudad de México, muestra que el miedo no surge únicamente de experiencias directas de violencia. También se construye a partir de advertencias, relatos, noticias y mensajes que enseñan a las mujeres que el espacio público puede ser peligroso para ellas.

La antropóloga feminista Teresa del Valle llamó a este fenómeno imaginarios anticipatorios: escenarios de riesgo que las mujeres incorporan a su manera de habitar el mundo. Así, muchas terminan organizando su vida en torno a la posibilidad de una agresión. Calculan rutas, modifican horarios, evitan ciertos lugares y elaboran estrategias permanentes para mantenerse seguras.

No se trata sólo del miedo al robo. Cuando las mujeres hablan de inseguridad, con frecuencia piensan en el acoso, la violencia sexual, la desaparición o el feminicidio. Esa amenaza transforma profundamente su relación con la ciudad.

Por eso resulta tan poderosa una idea que emerge de la investigación: los espacios que las mujeres se niegan a sí mismas. La ciudad nocturna, ciertas rutas de transporte, calles poco iluminadas o actividades que terminan tarde dejan de formar parte de la vida cotidiana. No porque las mujeres no quieran ocupar esos espacios, sino porque han aprendido que hacerlo implica un riesgo.

La consecuencia es simple y brutal: el miedo limita el derecho a la ciudad.

Pero para las mujeres indígenas jóvenes hay algo más. Al miedo se suma la discriminación.

Las entrevistadas relatan experiencias de racismo en universidades, instituciones, centros comerciales y en el transporte público. Algunas fueron cuestionadas por su lengua, su vestimenta o su origen; otras describieron una sensación constante de no pertenencia, como si su presencia tuviera que justificarse.

La ciudad aparece entonces como un espacio en el que se cruzan distintas desigualdades. No es sólo el miedo a ser mujer. Es también la experiencia de ser indígena, joven y, muchas veces, migrante.

Sin embargo, los testimonios también revelan algo que rara vez figura en las estadísticas: la capacidad de resistencia.

Frente a una ciudad hostil, estas mujeres construyen redes de cuidado. Se acompañan, comparten ubicaciones, crean colectivos y generan espacios en los que pueden sentirse seguras y reconocidas. Allí donde las instituciones fallan, aparece la comunidad.

Quizá la enseñanza más importante es que el miedo no es una característica femenina. No forma parte de nuestra naturaleza. Es una respuesta racional ante contextos de violencia y discriminación. Por eso, la pregunta no debería ser cómo pueden las mujeres cuidarse mejor. La pregunta es por qué seguimos construyendo ciudades en las que tienen que vivir en estado de alerta.

Mientras una mujer renuncie a un trayecto, a una actividad o a una parte de su libertad para sentirse segura, el problema no está en ella. El problema está en la ciudad. Y quizá ha llegado el momento de dejar de enseñar a las mujeres a tener miedo y empezar a exigir ciudades en las que puedan vivir con libertad.