El grito ensordecedor de un ¡Gol! no brota solo en las entrañas de un estadio, también retumba en nuestras casas, tienditas, escuelas, restaurantes u oficinas como una manifestación de comunidad natural, incluso, si entendimos o no la jugada, si la vimos o nos la perdimos al pestañear, casi nadie puede escapar, menos a un Mundial refirieron los sociólogos Segura Millán y Murzi.
Ante la celebración las miradas de la multitud llegan desde distintos ángulos en los entornos comunitarios y con las transmisiones televisivas, el disfrute individual de la celebración de un goleador, la hermandad, empatía, alegría, euforia, la desilusión del rival, el odio, el coraje y frustración, así como desde la violencia, en particular, la violencia en contra de las mujeres. Sí, en el fútbol varonil, hay violencias contra nosotras, porque nuestros cuerpos culturalmente han sido visto como ‘ajenos’ a ese deporte.
Las mujeres presentes en las gradas y en entornos donde hay fútbol somos vistas tradicionalmente como parte del espectáculo y entretenimiento, mismo que hemos normalizado e incluso asumido, agudizando los estereotipos sobre nuestros cuerpos, predominando su cosificación y sexualización como objetos de deseo, decoración, satisfacción o de exposición y explotación.
Para ello, solo basta recordar los titulares en medios deportivos digitales, audiovisuales e impresos como “Las aficionadas más bellas del Mundial”, “Las novias más lindas presentes en Rusia”, “Las mujeres más lindas de Qatar 2022”, “Las 5 futbolistas más bellas del Mundial femenil”, “Las hinchas y mujeres más lindas del Mundial”, “'La Chiquitibum', la chica que robó cámara en el Mundial México 1986”, “La historia real de la mujer que descubrió una infidelidad en la cancha”, “La esposa de ‘X futbolista’ le fue infiel”, “Las esposas más lindas de futbolistas famosos”. O bien, recordar frases que trascienden del ‘humor’ a la realidad: “Si pierde mi equipo, pierde mi familia”, “No seas ‘niña’, levántate”, “Tú qué vas a saber de fútbol”, “Mi mamá: ¿Quién vendió la casa? Yo en la cancha”; así como, recordar las expresiones y acciones de acoso que se viven en el espacio público en el trayecto donde se presencian estos eventos frente a una masividad de hombres alcoholizados.
A menudo estás violencias simbólicas, psicológicas, físicas e incluso patrimoniales y económicas entran en tensión con nuestro deseo de pertenencia y defensa del espacio deportivo, porque muchas buscamos en el fútbol un espacio seguro como aficionadas, periodistas, analistas, jugadoras, entrenadoras, mujeres en la asistencia y atención médica, promotoras de marcas y patrocinios, transeúntes, acompañantes, colegas, amigas, novias, madres, hijas, sobrinas, esposas, tías y abuelas. Empero, también se confrontan con la simbiosis de ambicionar liderazgo profesional y laboral con lo que nos apasiona, el fútbol: así como lo hacen ellos.
En el Mundial 2026, vivir la pasión del fútbol tiene que ser distinta para nosotras, las miradas con que se visualizan nuestros cuerpos en espacios futbolísticos se tienen que transformar y dirigir al respeto en dignidad e integridad, donde la pasión y emoción desbordante se realice sin violencias que intimidan, exponen, explotan y lesionan a las corporalidades femeninas para no quedarnos al margen por miedo, o bien, para que no nos impliquen una odisea estar en el entorno del fútbol.
La tarea parece titánica ahora para un Mundial de fútbol varonil, pero nos corresponde a todas las personas actuar y ser parte de la fiesta más popular, sin violencias ni violaciones contra de las mujeres, en cualquiera de sus contextos y categorías, porque sí, en menores proporciones, pero con las mismas afectaciones e impactos, el fútbol femenil también tiene prácticas violentas.
La frontera en expresar y controlar nuestras emociones, cosificar y sexualizar nuestros cuerpos es muy delgada cuando no identificamos el daño que pueden ocasionar nuestras conductas en las personas y sus derechos, o también, cuando sabiéndolo no nos interesa detenerlos ante la impunidad y reiteración de patrones y comportamientos transgresores a los cuerpos femeninos que no tiene consecuencias ni jurídicas y mucho menos dentro del contexto futbolístico.
La narrativa tiene que cambiar, nuestros cuerpos no pueden ser pateados y pisoteados como un esférico. Nuestras miradas y efusividades ante un Gol en un Mundial deben ser el espejo de un mundo de respeto a la dignidad de las mujeres (y a la de todas las personas) para que el fútbol contemporáneo deje atrás nuestras miserias como refería el escritor uruguayo Eduardo Galeano.

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