Usar el Senado de la República como ring de lucha libre está mal, pero tratar de justificar la pelea usando de ejemplo la revictimización que sufren las mujeres víctimas de violación es francamente una infamia.
“Es que si tú me dices: oye, ¿te violaron, Gabriela (refiriéndose a la conductora de radio de apellido Warkentin, quien lo entrevistaba en ese momento)? ¿Tú crees que hiciste algo mal, tú crees que te vestiste de manera incorrecta? ¿Tú crees que no debiste salir sola? ¿Tú crees que no debiste andar en un calljeón oscuro? Oye, no es que no iba sola, iba acompañada; llevaba una falda hasta el piso, es que iba en un lugar muy iluminado. ¡Es que cómo se te ocurre ser mujer!”
Son las palabras de Gerardo Fernández Noroña cuando Gaby lo invitó a reflexionar sobre lo sucedido la tarde del miércoles 27 de agosto, cuando su contrincante Alito Moreno se le fue a los golpes en plena sesión de la Cámara Alta. Por cierto, esa escena es una muestra más del daño que le hace el machismo, también, a los hombres.
En México, de acuerdo con los datos abiertos que publica el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública del Gobierno federal, tanto solo entre enero y julio de 2025 se abrieron 12 mil 257 carpetas de investigación por violación simple y equiparada. Es el mismo número de mujeres víctimas de la más atroz irrupción en su espacio privado, íntimo.
En tasa por 100 mil, los estados que concentran el mayor problema son Chihuahua, Quintana Roo, Campeche, Hidalgo y Baja California Sur, pero no hay uno solo de los 32 que conforman nuestro territorio libre de este flagelo en violencia de género.
Aquí hablamos solamente de los incidentes delictivos que llegan a ser conocidos por la autoridad porque muchos más se quedan en el cajón de la culpa, la vergüenza y un entramado de dependencias que hacen imposible a la víctima asumirse como tal.
Por ejemplo, si la violación ocurre en el hogar familiar, ya sea a manos de la propia pareja o de alguna amistad o familiar, como sucede en el 80 por ciento de los casos cometidos contra menores de edad. O si el estrés postraumático lleva a la mujer a evadir lo ocurrido como mecanismo de sobrevivencia, tal como pasa con el feminicidio emocional.
O si existe dependencia económica respecto del violador. En todos escenarios, identificarse como víctima es un proceso complejo al cual no ayudan voces que minimizan el sufrimiento asociado a un delito de esta naturaleza. Voces como la de Noroña.
Debemos decirle muy fuerte y muy claro que no. No, Senador Noroña, no es lo mismo ser un hombre poderoso agredido por otro hombre poderoso frente a decenas de medios de comunicación y colegas legisladores como testigos, que ser una mujer agredida en un intimidad desde el entorno privado. No se vale decirlo ni como escenario hipotético ni como recurso comunicativo y en ningún contexto.
La violación es un problema serio. La conversación que cuestiona la vestimenta o comportamiento de las víctimas como plataforma de justificación de lo sucedido es parte de ese problema y usarla, así sea como ejemplo para llamar a no revictimizar a otros, es simplemente inaceptable. También ahí: no es no.