«Sí, me gusta que me evalúen para mejorar», le respondí a una profesora de la maestría cuando dijo que «a nadie le gusta ser evaluado». En mi respuesta identifiqué una exigencia social que había aprendido a sentir como innata: mejorar incesantemente.

Luego reconocí esa misma exigencia en mis compañeras. «Somos hijas del neoliberalismo», dijo mi colega y amiga Pao durante una reunión de seminario, en el que las participantes compartíamos ese aspecto en nuestra socialización: la necesidad de mejorar, mejorarnos. Nuestras investigaciones, con temas distantes entre sí, parecen encontrarse en ese contexto que también condiciona nuestras vidas: estudiamos y trabajamos, hacemos ejercicio, convivimos, tomamos terapia, atendemos nuestras relaciones, buscamos las mejores opciones, nos cuidamos y cuidamos. Todo parece reclamar trabajo sobre nosotras mismas, incluso aquello que hacemos para estar bien.

Esa exigencia me sorprendió incluso al atender mi malestar. Hace poco, en un cuestionario de terapia, debía indicar qué tanto me identificaba con esta afirmación: «Hace tiempo que dejé de intentar hacer mejoras o cambios en mi vida». La respuesta fue obvia: 1. Totalmente en desacuerdo. No porque no experimentara síntomas de depresión, como sugerían mis otras respuestas, sino porque dejar de intentar mejorar me parecía imposible porque aprendí que detenerme significaba quedarme atrás. Es más, como los síntomas de ansiedad y depresión dificultan sostener el rendimiento necesario, reconocí que había buscado terapia no solo para sentirme mejor, sino para ser mejor.

La obligación de optimización hace parte de nuestro proyecto de vida. La maestría fue un proyecto que todas deseamos y que también disfrutamos mucho. Sin embargo, fue difícil reconocer cuánto trabajo era suficiente: siempre hay lecturas, escrituras y ponencias pendientes, así como la presión por anticipar qué vendría después. Lo que convirtió la maestría en un eslabón de la cadena de proyectos que parece no terminar. Y aun así es una oportunidad privilegiada.

Imaginar una estabilidad duradera se vuelve difícil cuando las oportunidades dependen de enlazar proyectos temporales. Como explican Boltanski y Chiapello (1999), en el nuevo espíritu del capitalismo la vida se estructura como una sucesión de proyectos, por lo que cada experiencia debe permitirnos establecer vínculos y abrir oportunidades para la siguiente. Los proyectos nos conectan con otras mujeres condicionadas a ser empresas de sí mismas y nos permiten hacer comunidad, pero ese apoyo mutuo es también la oportunidad de conseguir un nuevo proyecto que nos enseñe y del que obtengamos más competencias y, si es posible certificaciones para a su vez poder acceder a otro proyecto.

El neoliberalismo no es solo un modelo económico-político, es un cambio en la organización de lo social que convierte la competencia en norma y nos exige gestionar nuestras vidas como empresas (Laval & Dardot, 2009). Por tanto, mejorar nuestras capacidades se vuelve una responsabilidad permanente: nunca sabemos lo suficiente, nunca producimos lo suficiente e incluso descansar parece un riesgo que a veces no podemos correr. La búsqueda de optimización me genera más malestar que éxitos, pero no puedo sustraerme de ella. Reconocerla y cuestionarla no nos salva porque encarnamos esa racionalidad.

Aunque estemos en otra época, crecimos bajo esas exigencias y aprendimos a ser emprendedoras de nosotras mismas, somos el sujeto neoliberal: sujetas a vivir como decisiones propias las presiones por rendir, adaptarnos y mantenernos disponibles. Imaginar otras formas de vivir se vuelve difícil si, ante condiciones materiales que no mejoran, la respuesta sigue siendo que somos nosotras quienes debemos mejorar. No sé si algún día podremos dejar de trabajar incesantemente en nosotras mismas. ¿Será hasta que ya no quede nada de nosotras?

Referencias

Boltanski, L., & Chiapello, È. (1999). El nuevo espíritu del capitalismo. Akal.

Laval, C., & Dardot, P. (2009). La nueva razón del mundo. Ensayo sobre la sociedad neoliberal (2013a ed.). Gedisa.