Una columna de Karina Videgain Martínez
Cada 28 de mayo se celebra el Día Mundial de la Gestión Menstrual, una fecha que llama la atención sobre las condiciones necesarias para gestionar la menstruación y las desigualdades que atraviesan esta experiencia, sin embargo, la necesidad de hablar de la menstruación debería estar presente en la agenda durante todo el año. Cada mes, más de 2 mil millones de personas menstrúan en el mundo, y millones no tienen acceso a productos, agua, baños o información para vivirla con dignidad: una condición que reconocemos como pobreza menstrual. Pero ¿por qué tardamos tanto en hablar de ella? Una parte de la respuesta está en que la experiencia menstrual ha sido silenciada e invisibilizada.
Cuerpos que aprenden
La menstruación es un proceso biológico, pero también una experiencia socialmente regulada que debe ocurrir sin dejar rastro. La sangre se oculta, el dolor se disimula y la incomodidad se resuelve a escondidas, en un baño que quizá no tiene agua, papel o privacidad. Esta exigencia de invisibilidad no es natural: es una construcción histórica. A lo largo del tiempo, las sociedades han establecido formas cada vez más estrictas de controlar aquello que revela nuestra condición corporal: los fluidos, la sexualidad, la desnudez y el dolor. Muchas de estas manifestaciones fueron desplazadas al ámbito privado y rodeadas de normas de pudor, autocontrol y ocultamiento.
Es en este sentido que podemos hablar de un secuestro de la experiencia: un proceso por el cual la vida social moderna aparta de las rutinas cotidianas aquello que confronta al sujeto con su fragilidad material y sus límites corporales. La muerte, la enfermedad, la locura, pero también la sexualidad y la naturaleza —y con ella, nuestros cuerpos— son desplazadas hacia ámbitos especializados, donde quedan sujetas a saberes, normas y prácticas específicas. En ese desplazamiento se establecen formas socialmente autorizadas de comprender lo que ocurre, intervenir sobre ello y definir quién debe hacerse cargo.
Menstruación: una experiencia secuestrada
La menstruación es paradigmática de este proceso: se desarrolla un lenguaje especializado para nombrarla y tratarla —ciclo, síntomas, síndromes—, mientras en la vida cotidiana se alude a ella con eufemismos. Al mismo tiempo, se desarrolla un saber especializado en torno a prácticas de contención y ocultamiento, acompañado de productos y tecnologías que permiten evitar que el sangrado, el olor o las manchas interfieran con las rutinas. Incluso el dolor, el cansancio o la incomodidad deben sobrellevarse sin alterar el curso habitual de las actividades.
Este aprendizaje comienza temprano: en Ciudad de México, al 65% de las personas encuestadas nadie les habló del tema antes de su menarquia. Cuando la experiencia se hace visible, puede activar vergüenza y sanción social: en México, 10% ha sufrido burlas por menstruación en la escuela o el trabajo. Además, 33% ha dejado de realizar actividades por miedo a mancharse y más de la mitad siente incomodidad al hablar de menstruación con hombres.
Un secuestro institucionalmente generizado
Aunque se presenta como una responsabilidad individual, la gestión menstrual está socialmente organizada: descansa sobre tiempos, recursos y normas definidos en cada espacio social. El secuestro no es un proceso psicológico ni una transformación cultural difusa, sino institucional. En México, 20% de las personas menstruantes que estudian o trabajan no cuenta con la infraestructura necesaria, 69% señala que no hay papel higiénico en sus escuelas o centros de trabajo y 30% de quienes usan toallas desechables reporta dificultades económicas para comprarlas.
Pero esa organización no recae sobre cuerpos abstractos, sino sobre cuerpos fundamentalmente feminizados, históricamente configurados y jerarquizados por relaciones de control y desvalorización de la corporalidad reproductiva. Las instituciones —escuela, trabajo, servicios públicos, espacios urbanos— se presentan como neutrales, pero sus tiempos, espacios y reglas responden a un ideal masculino y configuran un régimen de ocultamiento e invisibilización de la menstruación. En Ciudad de México, 47% ha faltado a la escuela y 34% al trabajo durante la menstruación. La base institucional del secuestro es, así, generizada y contribuye a distribuir de manera desigual las posibilidades de participar en la vida social.
El sentido político de nombrar la pobreza menstrual
El régimen de ocultamiento e invisibilización no solo ha individualizado la gestión menstrual, sino que también ha privatizado sus costos. La pobreza menstrual permite mostrar que afrontamos la menstruación en condiciones desiguales, y que estas pueden traducirse en exclusión, restricciones para participar en la vida cotidiana, ausentismo escolar y laboral, estigma y discriminación.
El confinamiento de la menstruación también dejó fuera de escena las condiciones materiales y los costos que implicaba apartarla de la vida cotidiana. Que hoy podamos hablar de pobreza menstrual constituye una ruptura de ese confinamiento y permite romper el silencio. No se trata de convertir la menstruación en un problema, sino de hacer visibles las desigualdades materiales que atraviesan su gestión y reconocerlas como una cuestión de derechos y justicia social. Atenderla, en el marco de este diagnóstico, nos invita a abrir una agenda de transformación: no solo implica redistribuir recursos, sino replantear la base institucional que organiza la gestión menstrual, colectivizar sus costos y comenzar así a desecuestrar la experiencia.
Fuentes de información usadas
Encuesta sobre menstruación en Ciudad de México, COPRED (2024).
Primera Encuesta Nacional de Gestión Menstrual (2022), UNICEF, Essity y la colectiva Menstruación Digna México.
Segunda Encuesta Nacional sobre Gestión Menstrual, UNICEF México y Essity (2025).

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