Desde 2015, México ha dado pasos importantes para reconocer y visibilizar a las poblaciones afromexicanas. La reforma al artículo 2° constitucional las incluyó por primera vez en más de dos siglos como parte de la nación. Y el Censo de Población y Vivienda 2020 incorporó una pregunta sobre autoidentificación afrodescendiente, con un resultado contundente: 2,576,213 personas se reconocieron como negras, afrodescendientes o afromexicanas.
Pero estos avances conviven con una contradicción difícil de ignorar: la visibilidad no ha frenado el racismo ni la discriminación. Y son las mujeres y niñas que habitan regiones con más del 70% de población afromexicana quienes cargan con el mayor peso de las desigualdades. La paradoja es clara: el reconocimiento legal y estadístico no alcanza para transformar la vida cotidiana. Sin leyes secundarias, presupuestos específicos y políticas que garanticen cambios reales en los territorios afromexicanos, la justicia sigue siendo una deuda pendiente.
Para entender la injusticia
Para entender lo injusto de esta situación, basta mirar el caso de las comunidades afromexicanas de la Costa Chica. Esta región, ubicada entre las costas de Guerrero y Oaxaca, es uno de los territorios más emblemáticos de la identidad afromexicana y concentra buena parte de las tensiones entre reconocimiento y desigualdad.
No obstante, en la Costa Chica persisten cifras alarmantes en cuanto al desarrollo social. El Censo de Población y Vivienda 2020 reveló que, en este territorio donde más del 70% de la población es afromexicana, el analfabetismo sigue siendo elevado, el acceso a la salud es muy limitado y los servicios básicos como agua, electricidad o drenaje continúan siendo precarios.

Cabe destacar que el racismo y la exclusión en los territorios afromexicanos no son una idea abstracta ni una opinión aislada: son un dolor que se vive en el cuerpo y se expresa de múltiples formas. En el caso de las mujeres afromexicanas de la Costa Chica, este racismo se traduce en la hipersexualización de sus cuerpos, en el perfilamiento racial ejercido por las autoridades y en un cuestionamiento constante de su identidad, al ser consideradas “no suficientemente mexicanas”.
Politizar la experiencia como herramienta de resistencia
Pese a las desigualdades que persisten en sus comunidades, desde hace al menos una década las mujeres afromexicanas de la Costa Chica han levantado una agenda política y social contra el racismo y por la igualdad de condiciones. La organización ha sido clave: cada vez más participan en asociaciones civiles y colectivas, espacios donde comparten sus historias de discriminación y, al mismo tiempo, plantean soluciones. Lo que antes parecía un problema individual hoy se reconoce como un desafío colectivo que exige respuestas comunes.
Un ejemplo claro es la incorporación de la “matriz de dominación” propuesta por Patricia Hill Collins (1990) en las discusiones sobre las desigualdades que enfrentan las mujeres afromexicanas al migrar de sus comunidades hacia las grandes ciudades. Allí suelen ser cuestionadas por su apariencia, su forma de hablar o incluso por sus costumbres, lo que muestra cómo las opresiones de género, raza y clase se entrelazan en su vida cotidiana.
Por último, alcanzar una justicia e igualdad real para las poblaciones afromexicanas no puede quedarse en el reconocimiento simbólico. Se necesita que ese reconocimiento deje de ser letra muerta y se convierta en vida digna. Que las leyes se traduzcan en presupuestos claros, que la infraestructura florezca en territorios olvidados y que las instituciones aprendan a mirar sin prejuicios. Porque la verdadera igualdad no se mide en discursos ni en cifras, sino en la posibilidad de que cada mujer afromexicana pueda vivir y acceder a sus derechos efectivos.


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