Mañana me espera otro día de bajón. Tengo insomnio, doy vueltas en la cama y la preocupación no se va. Esta podría ser la experiencia de muchas y muchos de nosotros. En México, de acuerdo con el Módulo de Bienestar Autorreportado en 2025, el 22.5% de la población presenta indicios de ansiedad, mientras que el 12.6% reporta indicios de depresión, siendo las mujeres quienes muestran más prevalencia (INEGI, 2025). La salud mental es cada vez más un problema público del que se conversa y que requiere nuestra atención también desde los estudios de los cuidados.

Salud mental en clave de desigualdades

Más allá de aproximarnos al malestar desde enfoques biomédicos o individuales, me interesa enfatizar que la salud mental, y su fragilidad, también se produce socialmente. La manera en que nos sentimos está estrechamente relacionada con nuestras condiciones materiales de vida: si tenemos trabajo, si podemos acceder a una vivienda, si contamos con ingresos suficientes para llegar al cierre del mes. También depende de la calidad de nuestros vínculos afectivos, comunitarios y redes de apoyo. De la manera en que están organizadas las responsabilidades de cuidar. De que nuestros territorios y espacios sean lugares seguros, tengan áreas verdes y espacios públicos de recreación. La lista es larga.

En esta dirección, el reciente informe del Relator Especial de Naciones Unidas sobre la extrema pobreza y los derechos humanos advierte que los problemas de salud mental no pueden comprenderse al margen de las condiciones sociales y económicas en las que nos encontramos las personas. La pobreza, la inseguridad económica, la precarización de las condiciones de vida y las lógicas productivistas de nuestro tiempo incrementan los riesgos para la salud mental (De Schutter, 2024). Es decir, la forma en que vivimos nuestro malestar o bienestar, y todos los matices intermedios, también puede ser leída desde las desigualdades que nos atraviesan, pues hay una distribución asimétrica de recursos que interviene en nuestra experiencia emocional y subjetiva. El pastel está repartido injustamente y se siente, aterriza en nuestros cuerpos y afectos.

Salud mental y cuidados

Si los cuidados son prácticas que sostienen la vida, que tienen un horizonte ético que busca colocar en el centro el bienestar de las personas, las comunidades y el mundo común (Molinier y Legarreta, 2016), entonces la salud mental también ocupa un lugar importante en nuestras discusiones y apuestas políticas sobre qué significa cuidar y cómo lo estamos haciendo. Además, sabemos que la sobrecarga de trabajo doméstico y de cuidados no remunerados, realizado principalmente por las mujeres, tiene efectos importantes en su bienestar y calidad de vida.

Quizás, entonces, hablar de nuestros dolores implica abrir conversaciones que tiendan puentes entre nuestras experiencias personales y situadas con las condiciones en las que vivimos, cuidamos y somos cuidados/as. Mirarlo de este modo abre la posibilidad de preguntarnos cómo se distribuyen socialmente las posibilidades de bienestar y salud, así como qué formas más justas y sistémicas de atenderlas podemos imaginar.

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Referencias

De Schutter, O. (2024). La economía del agotamiento: pobreza y salud mental. Informe del Relator Especial sobre la extrema pobreza y los derechos humanos. Naciones Unidas.

Instituto Nacional de Estadística y Geografía. (2025). Módulo de Bienestar Autorreportado (BIARE) 2025: Presentación ejecutiva de resultados. INEGI.

Molinier, P., & Legarreta, M. (2016). Subjetividad y materialidad del cuidado: Ética, trabajo y proyecto político. Papeles del CEIC. International Journal on Collective Identity Research, 2016(1).