Con el cierre del ciclo escolar 2025-2026, miles de hogares mexicanos entran a una temporada que se anuncia como descanso, pero que para muchas mujeres se parece más a un segundo turno. Niñas y niños dejan de ir a la escuela, las rutinas se disuelven y alguien tiene que llenar ese vacío: decidir qué comerán, con quién se quedarán mientras los adultos trabajan, qué curso de verano vale la pena y cómo estirar el presupuesto familiar hasta agosto. Ese alguien, de acuerdo con las cifras disponibles, suele ser una mujer.
Según la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT, 2024), las mujeres mexicanas dedican en promedio 39.7 horas semanales al trabajo doméstico, de cuidados y voluntario, frente a 18.2 horas de los hombres: una brecha de 21.5 horas cada semana, equivalente a casi tres jornadas laborales completas. La misma encuesta señala que el 66.8% del tiempo total que las mujeres destinan al trabajo corresponde a actividades no remuneradas, mientras que en los hombres esa proporción es de apenas 33.2%. En julio y agosto, cuando la escuela deja de operar como red de cuidado, esa brecha se concentra aún más.
De acuerdo con la Cuenta Satélite del Trabajo No Remunerado de los Hogares de México, también del INEGI, el valor económico de las labores domésticas y de cuidados equivalió en 2024 a 23.9% del PIB nacional, y las mujeres aportaron el 72.6% de ese valor. Son cifras que rara vez se ven, porque ese trabajo tampoco se ve: no aparece en un recibo de nómina ni en una cuenta bancaria, pero mantiene la logística de millones de familias durante el periodo vacacional.
Especialistas en género han empezado a nombrar este fenómeno como carga mental: no se trata únicamente de bañar, alimentar o llevar a los hijos a alguna actividad, sino del trabajo invisible de anticipar, planear y decidir constantemente para que la casa funcione. Michelle Gama Leyva, directora del Centro de Estudios Críticos de Género y Feminismos de la Universidad Iberoamericana, ha señalado que ajustes al calendario escolar que alargan las vacaciones tienden a recaer, sobre todo, en las mujeres, afectando sus ingresos, su desempeño laboral y su salud mental, especialmente cuando no existen esquemas de flexibilidad en sus trabajos.
Hay algo contradictorio en todo esto: el verano se vive socialmente como una temporada de descanso, pero para quien sostiene la organización familiar puede significar justamente lo contrario. La presión de ofrecer “vacaciones perfectas”, llenas de actividades y buenos recuerdos, se suma a una carga que ya venía acumulada desde el ciclo escolar, sin que exista una pausa real entre uno y otro.
Nombrar esta carga no busca señalar a nadie ni convertir el verano en un campo de batalla doméstico. Pretende, más bien, hacer visible lo que durante generaciones se ha dado por sentado: que alguien –casi siempre una mujer– sostiene el descanso de las demás personas sin que el suyo propio esté garantizado. Reconocerlo es un primer paso para repartir mejor esa carga dentro de cada casa, y para empezar a exigir, como sociedad, que el cuidado deje de ser un asunto privado resuelto en silencio por unas cuantas.
Para muchas madres y mujeres cuidadoras es, como cantaba Alejandra Guzmán, un verano peligroso…. para su salud mental. ¿Atendemos?

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