Me metí a llorar al baño de un restaurante. Acababa de tener mi cita con la nutrióloga, mi momento más temido del mes. Ese instante en el que aparece el pavor que tantas conocemos cuando tenemos que subirnos a una báscula.
Y me podrán tachar de mala feminista o de impostora. Me declaro culpable. Porque a las feministas se nos exige perfección ideológica.
Aunque me repito que voy con la nutrióloga y hago ejercicio por salud, para sentirme bien y para tener una mejor vejez, la realidad es un poco distinta. Sí, me preocupa el futuro, conservar mi autonomía y cuidar mi cuerpo, pero también me importa resolver, de una vez por todas, esa guerra que he tenido con mi cuerpo desde adolescente.
Quizá pensé que ir con la nutrióloga y hacer ejercicio me haría salir victoriosa de aquella batalla contra el peso y la gordofobia. Pero no, en algún punto terminé convertida en dependiente de un número, aplastada anímica y moralmente por un sistema patriarcal que nos ha enseñado a medir nuestro valor en una báscula.
La gente que me conoce probablemente no me consideraría una persona gorda. Dirían que soy de complexión media e incluso algunas personas afirmarían que soy delgada; la realidad es que yo nunca me he sentido así.
He vivido preocupada y culpable por los alimentos que ingiero y por los que no. Asustada ante la posibilidad de usar un traje de baño de dos piezas y que mi abdomen no esté tonificado. Con miedo de sentarme y que aparezcan rollitos.
Mi relación con mi cuerpo es algo que he hablado infinitas veces en terapia. Me repito que mi cuerpo me sostiene, que debo amarlo y cuidarlo, que gracias a él puedo abrazar a las personas que quiero, correr, bailar y reír hasta que me duela la panza. Pero saberlo no siempre significa sentirlo.
Porque el cambio no es sencillo ni automático. Es gradual y muchas veces doloroso. Aunque nosotras intentamos convencernos de que nuestro cuerpo es nuestro territorio y que tenemos derecho de habitarlo con dignidad, nos enfrentamos a una sociedad gordofóbica que se encarga de recordarnos una y otra vez que nuestros cuerpos son una moneda de cambio y que, a las mujeres, no se nos permite engordar, envejecer, tener pliegues, celulitis, estrías o simplemente alejarnos del ideal.
Después de salir del baño y limpiarme las lágrimas, revisé Instagram buscando distraerme. En lugar de disminuir mi angustia, la incrementó: cuerpos perfectos, ropa seductora, abdómenes planos y bellezas hegemónicas apareciendo una detrás de otra en mi pantalla.
Hoy me venció el sistema, logró mantenerme encerrada en un baño llorando por no alcanzar los mandatos estéticos que el mismo sistema inventó.
Hoy podría declararme una mala feminista por haber cedido ante esas opresiones. Pero quizá el feminismo tampoco debería convertirse en una nueva exigencia de perfección. Quizá no tenemos que ser mujeres completamente deconstruidas, seguras y reconciliadas con nuestros cuerpos todos los días para demostrar que nuestra lucha es real. Porque estamos sobreviviendo a aquello que aprendimos décadas atrás.
Así que, mañana volveré a recordarme que mi cuerpo no tiene que ser perfecto para ser digno, que cuidarlo no debería significar castigarlo y que mi valor nunca debería depender de un número en una báscula.
Porque la deconstrucción es un proceso que nos acompañará toda la vida y en el que tendremos que ser pacientes y amorosas con nosotras mismas.
Cada día enfrentamos pequeñas batallas contra un sistema que nos enseñó a desconfiar de nuestros cuerpos. Es necesario seguir cuestionando cada mandato que nos enseñó a odiarnos y romper cada regla que convirtió nuestros cuerpos en territorios de vigilancia.
Mantengamos la lucha para que nuestros cuerpos dejen de ser territorios oprimidos por el sistema y podamos habitarlos con libertad, disfrutarlos, cuidarlos y vivirlos sin miedo.

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