El lenguaje inclusivo no busca ser correcto ni bonito, sino incomodar, alterar el orden cultural, nombrando lo que durante tanto tiempo ha sido invisibilizado en el sistema sexista

El sexismo es, de acuerdo con Eva Giberti, un conjunto de actitudes y comportamientos que establece la discriminación entre personas basándose en su sexo. Se organiza en forma de prejuicios y creencias, y se pone de manifiesto mediante el lenguaje, los símbolos y costumbres. El sexismo intenta justificar la estructura de dominación masculina contra el resto de sujetos sociales, todas las demás: las mujeres, las personas no normativas, feminizadas, no binarias, todas aquellas quienes en el estricto sistema sexo-género binario no sean hombres-masculinos.

La filósofa Celia Amorós nos explicó ya desde 1982 que la ideología sexista emplea el discurso para restarle humanidad a las mujeres. Esto se logra con la reproducción de ideas, estereotipos y sesgos que colocan a las mujeres en una posición de subordinación social, las elimina del discurso público.

¿Qué es el lenguaje inclusivo

El Antimanual de la lengua española, publicado por el Centro de Investigaciones y Estudios de Género de la UNAM nos ofrece que el lenguaje incluyente no sexista es “una pequeña insurrección feminista en contra de los usos lingüísticos que invisibilizan, ofenden, estereotipan, discriminan, relegan, inferiorizan, banalizan, ignoran, menosprecian, agreden, insultan, sexualizan, calumnian o ridiculizan a las mujeres y a los sujetos feminizados”. Para la doctora Hortensia Moreno, directora de la revista Debate Feminista, profesora, investigadora y autora, el lenguaje es resultado de conductas sociales, uno de tantos códigos comunes que señalan nuestra pertenencia a una comunidad. En este sentido, el lenguaje y las prácticas lingüísticas no únicamente reflejan esa comunidad y sus prácticas culturales, sino que “crean la realidad”. Diría George Steiner, “lo que no se nombra, no existe” y sin duda el lenguaje inclusivo o lenguaje incluyente es una manera de nombrar, de enunciar lo que durante siglos se ha invisibilizado.

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La divulgadora lingüística Elena Herraiz explica que la función principal del género en el lenguaje es la de crear relaciones sintácticas, es decir, saber de quién se está hablando en una oración, por eso distintos idiomas tienen distintos géneros para el mismo concepto. De acuerdo con esta creativa, fundadora del canal Linguriosa, la evolución de los géneros en las lenguas indoeuropeas – de donde viene el español – indica que la división en el lenguaje entre un género masculino y un género femenino obedece a la necesidad de indicar si algo pertenecía a un conjunto principal o a un conjunto subordinado y que, en esa evolución, se fue decantando que ese conjunto subordinado fuera el femenino, principalmente porque socialmente el grupo que ostentaba el poder era el de los hombres; de esta manera, se estableció que el masculino fuera el género universal, que englobaba lo mayoritario, el famoso masculino genérico.

Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo

 Ludwig Wittgenstein

El uso del lenguaje inclusivo parte desde la sentencia de Steiner y busca reapropiarse del lenguaje, desde un impulso político, de resistencia, que busca construir nuevas relaciones, nuevos códigos comunes, el derecho a nombrarse y visibilizarnos como sujetos sociales, nos dice la doctora Hortensia Moreno.

En el prólogo del libro Lenguaje inclusivo y exclusión de clase, de la autora Brigitte Vasallo, Remedios Zafra nos recuerda que en la tradición occidental hasta hace muy poco era valorado e incentivado que una mujer estuviese callada cuando se encontraba en la esfera pública, la cual pertenecía a los hombres. Las mujeres éramos sujetos de la esfera privada y no se hablaba de lo privado en público, por lo que la experiencia femenina era silenciada, menospreciada y ridiculizada; el lenguaje inclusivo visibiliza precisamente la experiencia y existencia femenina. Actualmente, nos explica Moreno, la gramática, la ortografía, son elementos importantes socialmente para preservar lo que denominamos “el estándar de la lengua española”, es decir la forma aceptada desde el punto de vista institucional para el desarrollo del discurso público, aquel que se lleva a cabo en la esfera pública que menciona Zafra. Sin embargo, nos aclara, lo problemático es la creencia equivocada de que el estándar es lo único correcto o que es lo único que debe o puede usarse.  

Lengua natural y el estándar del lenguaje

Moreno explica el lenguaje desde el punto de vista sociológico y desde el punto de vista político. El lenguaje, dice, es una de muchas conductas que involucran nuestra pertenencia a comunidades sociales, que nos orientan sobre cómo comportarnos de manera social. Esos comportamientos se aprenden desde un lugar muy íntimo, inicialmente con quien nos cuida, y el lenguaje que aprendemos en ese momento es la lengua natural. No necesitamos ningún modelo académico para aprender a hablar, es suficiente que una persona nos enseñe a hablar y vamos aprendiendo conforme nuestra unidad lingüística se va expandiendo, conforme se va expandiendo la necesidad de nombrar lo que existe, lo que vemos y experimentamos y lo que somos nosotras mismas; en este sentido, la lengua es un fenómeno extremadamente corporal.

Por otro lado, la única manera en que exista un estándar del lenguaje es a partir del lenguaje escrito. El leguaje escrito apareció hace aproximadamente seis mil años, pero se cree que la humanidad ha hablado desde hace cincuenta mil. En este sentido, el  lenguaje escrito, y necesariamente el estándar de dicho lenguaje, son construcciones artificiales, establecidas por un conjunto heterogéneo de humanos que participan en el discurso público, a partir de un esfuerzo de consenso para crear ciertos códigos. Durante muchísimo tiempo, ese conjunto de humanos ha sido mayoritariamente, si no es que en su totalidad, conformado por hombres. 

Presidenta, no; pero sirvienta, sí.

Desde hace unos cincuenta años, el feminismo ha reforzado el componente de visibilización de los sujetos sociales que se encontraban fuera de la esfera pública, nos dice la doctora Moreno. Al día de hoy, la feminización del lenguaje es uno de esos mecanismos de visibilización: decir la cuerpa, la colectiva; no hay límites porque para el feminismo, estas expresiones en el espacio público son un reclamo de libertad, del derecho a nombrarse. El uso del lenguaje inclusivo - continúa Moreno - no busca alterar la gramática y modificar las reglas sino nombrar lo que existe desde un posicionamiento político de anarquismo lingüístico. Adicionalmente, la “policía lingüística” establece los límites del lenguaje "correcto", que llevan una marca de género y también de clase, donde quien no escribe o habla dentro del estándar es ridiculizada y rechazada, anulada desde el argumento de la ignorancia o la falta de educación (institucionalizada), en suma, como una sujeta ajena a la esfera pública. 

Las palabras existen porque las decimos, no cuando las recogen las Academias de la lengua. - Hortencia Moreno

La marca de clase es evidente, también, en el propio debate sobre las palabras “existentes” e “inexistentes”, donde la feminización del lenguaje es permitida en aquellas que estén lejanas al poder, al control económico o a la creación cultural. Donde saltan las alarmas al decir presidenta, jueza, concejala; no hay ningún resquemor en decir sirvienta o barrendera. Esta doble marca, de género y de clase, son uno de los retos del lenguaje inclusivo, imbuido de nuestras relaciones sociales. Así, la mera creación de palabras o códigos para nombrar o enumerar no es disruptiva del sistema, como dice Brigitte Vasallo, "no por ser nombradas estamos incluidas en el discurso". 

La anti-manual nos dice, que la lengua está en constante transformación y que es fundamental introducir innovaciones léxicas, gramaticales y ortotipográficas que nos permitan expresar y comprender la multiplicidad de experiencias, identidades e ideas que coexisten en el mundo contemporáneo. Es necesaria una tolerancia a la variante, a las variables que nos permitan abrir el debate público y trastocar el estándar, concluye Moreno. 

La cuestión del lenguaje inclusivo no puede ser reducida a una enumeración ni puede ser reducida a una cuestión de palabras. - Brigitte Vasallo