En Gaza, las mujeres y niñas enfrentan una crisis humanitaria que no puede ser ignorada. Las cifras son contundentes. De acuerdo con información de ONU Mujeres, entre octubre de 2023 y diciembre de 2025, se estima que más de 38 mil mujeres y niñas (22 mil mujeres y 16 mil niñas) han sido asesinadas, lo que representa un promedio de 47 muertes diarias.
A pesar de la supuesta entrada en vigor de un alto al fuego desde octubre de 2025, se han reportado múltiples ataque en la franja de Gaza que acentúan la crisis que vive el pueblo palestino.
Esta letalidad evidencia el impacto diferenciado del genocidio sobre la población palestina femenina, históricamente expuesta a niveles específicos de vulnerabilidad en contextos de guerra. A la par, el desplazamiento forzado, la destrucción de infraestructura y el colapso del sistema sanitario han detonado una emergencia sin precedentes en materia de salud sexual y reproductiva.
En Gaza, menstruar se ha convertido en un acto de resistencia cotidiana. La escasez de agua potable, productos de higiene menstrual y espacios seguros obliga a miles de mujeres y niñas a recurrir a materiales improvisados, insalubres y reutilizados, incrementando el riesgo de infecciones, enfermedades y complicaciones ginecológicas.
La menstruación en Gaza
Mientras la ocupación israelí avanza, la vida en Palestina persiste en condiciones de absoluta precariedad. De acuerdo con datos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), alrededor de 700 mil mujeres y personas menstruantes enfrentan esta emergencia en condiciones extremas.
La pobreza menstrual ha alcanzado niveles críticos. La falta de suministros básicos y la escasez generalizada han configurado un escenario insostenible, pues se requieren al menos 10.4 millones de compresas al mes para cubrir las necesidades mínimas de la población, pero las existencias están prácticamente agotadas.
Esta carencia se agrava por el bloqueo total a la ayuda humanitaria impuesto desde el 2 de marzo de 2025, que ha interrumpido el acceso a insumos esenciales, profundizando una crisis que impacta a mujeres y niñas.
Ante la falta de compresas e insumos de gestión menstrual, las mujeres se ven obligadas a improvisar con trozos de tela, ropa vieja, pañales, esponjas o fragmentos de tiendas de campaña. El uso de estos materiales, sumado a la crisis y escasez de recursos básicos para la higiene como agua —nueve de cada diez de los hogares sufre falta de agua, lo que obliga a las familias a elegir entre beber, cocinar o lavarse—, aumenta drásticamente el riesgo de infecciones.
Impactos en la salud de las mujeres y niñas
Las consecuencias no son pocas; por el contrario, van desde lo social hasta lo físico, y el impacto emocional y estigma social encabezan la lista. Según la ONU, la pobreza menstrual en un contexto de desplazamiento provoca que la menstruación se viva con pánico, angustia y aislamiento, especialmente en un contexto en donde la privacidad es inexistente.
Esto provoca la sensación de humillación pública pues, sin acceso a jabón ni agua, el olor y las manchas de sangre visibles en la ropa se convierten en motivo de estigma.
Otro fenómeno que se ha extendido es el uso de pastillas para detener la menstruación. Miles de mujeres están recurriendo a la noretisterona, un anticonceptivo hormonal, para evitar el sangrado. Esto aumenta el riesgo de efectos secundarios como náuseas, sangrados irregulares, dolores y cambios de humor, además de posibles complicaciones si se usa de forma continua.
Otros impactos directos a la salud
A esto se suma el impacto del trauma. El estrés extremo tiene repercusiones graves en los cuerpos de las mujeres, desde casos de amenorrea (cuando se detiene el ciclo menstrual), abortos espontáneos y hasta problemas de fertilidad.
En este contexto, las mujeres también cargan con las consecuencias de la ocupación en sus propios cuerpos. Desde el inicio del conflicto, se estima que al menos 11 mil mujeres y niñas han sufrido lesiones graves que derivarán en discapacidades permanentes.
Estas secuelas no solo implican dolor físico, sino que también refuerzan una vida atravesada por barreras diferenciadas por género.
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