¿Sabes qué es esto?, le preguntaba una mujer a Daniela mientras sostenía un pequeño hígado y tras oír la respuesta correcta, volvía introducirlo en el cuerpo de un perro que yacía en la fría plancha de una veterinaria. La mamá de Daniela había enfermado y decidieron vivir con una amiga cercana, su consultorio se encontraba dentro de la casa y para ella, este pasaje en su vida podría titularse: el tacto primario con la muerte

Recuerda con avidez ver las vísceras, los colores, el brillo de los órganos, las texturas y la mirada tranquila de los animales que pasaban por la veterinaria; el amor por su trabajo no se surgió de un sentido carnal y cruento, sino de una sensibilidad que la caracterizó desde su primera infancia

Al volver a casa tras jugar en los jardines, sus bolsillos estaban cargados de flores, piedras con formas peculiares, hierba seca o cristales, ella los llamaba: tesoros. Conforme los años pasaban, las colecciones se hacían más grandes y durante mucho tiempo reunió semillas, las enfrascaba y daba mantenimiento. Había logrado completar un gabinete excéntrico de curiosidades que la llenaba de orgullo y también, le llenaba el corazón

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Esta es apenas la primera ventana que Daniela Guzmán (Ars Mortis) abre para las lectoras de La Cadera de Eva; su trabajo post mortem nos recuerda la belleza, la fragilidad y la trascendencia de la muerte.

La crisis de juventud

¿Cuál era el lugar de una adolescente con facilidad de crear y lo suficientemente rebelde para no querer vivir en un empleo que se comiera su vida? Todas y todos parecían encontrar el camino y Daniela tenía una piedra en el pecho: ¿se estaba quedando atrás?, ¿hacia dónde debía avanzar? 

Su historia académica es importante, porque en este vaivén de la búsqueda de identidad, el parteaguas más grande de su vida sucedería y experimentaría el dolor de la pérdida. Estudió en la Universidad de Bellas Artes, estuvo de oyente en múltiples seminarios y carreras, estuvo un buen rato como ilustradora científica y el sentimiento de querer más no desaparecía. Aún deseaba volver a ese momento en su vida cuando miraba los cuerpos de los animales y la anatomía, tras un ir y venir de diferentes espacios, Daniela Guzmán llegó como voluntaria a la UNAM para algunas colecciones de taxidermia, en ese momento el rompecabezas se resolvió; ese era su lugar. 

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Tiempo después, se fue tres meses a Argentina donde recibió cursos intensivos que le fueron de ayuda como primera plataforma de impulso en su carrera. El siguiente capitulo en su vida se titula: Juan. 

La sensación de vacío

Juan, un amigo cercano y muy amado de Daniela murió en Ciudad de México; ella recién llegaba de Argentina. Su cuerpo sería llevado a Cuautla donde sería velado con su familia, Daniela no pudo viajar con él, acompañarlo y estar durante todo el proceso fúnebre, esto se convirtió en el inicio de todo. 

“Fue algo muy difícil y frustrante, a partir de ahí cambiaron muchas cosas, especialmente, tenía esa sensación de vacío que me dejó el no tener algo que me recordara a él; tenía muchas memorias y recuerdos, pero no tenía nada físico. Él era ilustrador, no tenía por lo menos un lápiz, una goma, ni cualquier cosa que me conectara a él y que me hiciera tenerlo cerca.” (Daniela Guzmán)

Que Juan ya no estuviera cerca cambió absolutamente todo, continúa Daniela Guzmán, y todo tiene que ver con él. Desde su perspectiva, ese gran vacío que queda en las manos tras la muerte de alguien a quien amamos recrudece el dolor y adolece la herida. 

“Ahora, yo busco llenar ese mismo vacío que yo sentí -y que sigo sintiendo- y de alguna manera, ofrecerlo es como un abracito a otras personas que pueden estar pasando por algo similar al perder a un ser querido que fue miembro de su familia, nuestras mascotas son nuestra familia. Siempre llevaré la historia de Juan, porque él lo es todo”, comparte en entrevista.

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El luto de Daniela Guzmán fue silencioso y lo canalizó a través de su arte mortuorio. Comenzó a practicar con cadáveres provenientes de tiendas de mascotas y esto le permitió proyectar lo que sentía. Le dolía el corazón saber que esos seres habían vivido sin ser amados, que toda su vida había constado de estar encerrados en una jaula en soledad: “Los miraba y pensaba en cómo a nadie le importaba, estaban solos, así que busqué alguna manera de honrar su vida, de alguna manera, pensaba en cómo me hubiera gustado honrar la vida de Juan y así comenzaron mis primeras experiencias con la fotografía post mortem. 

Rituales… de trabajo

Mina la gatita, Mesy,  Sashi la chihuahuita, Orion el conejito o Cheddar, la rata más amada. Mascotas que han trascendido y que, gracias al trabajo de Daniela Guzmán han regresado a casa, cubiertas de flores, cristales y plantas para continuar siendo amados y honrados. 

“Cuando me traen a estos animalitos, me gusta que en días posteriores me escriban, que me cuenten los recuerdos más lindos que tengan de la convivencia con su mascota, qué le gustaba hacer y qué no. A partir de esto, hago una imagen mental y empiezo a conceptualizar las paletas de colores y las flores para la fotografía postmortem”, explica.

Camina entre las flores, hasta que encuentra la ideal, una que se siente como los recuerdos del animal, después, busca otra planta hermana, es decir, que acompañará a la flor principal. Su mente comienza a trabajar y proyecta un follaje acomodado y jerarquizado. 

El trabajo más común es la limpieza de huesos, para después colocarlos dentro de una urna de cristal y arreglarlos con naturaleza muerta. El siguiente trabajo es la taxidermia, es el menos pedido, pues para algunas personas, resulta doloroso y complejo de asimilar. 

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Daniela Guzmán cree que es más sencillo ver los huesos de tu mascota y saber que es ella, sin embargo, cuando se trata de la taxidermia, es ver de nuevo al animalito como lo conocían … pero ya no es él, ¿me explico?

De ángeles y carnicería

¿En qué piensas cuando hablamos de taxidermia?, ¿tal vez en la superioridad humana y especista sobre los cuerpos de otros seres vivos? Daniela Guzmán acota que existe cierta verdad en estos enunciados, pues es cierto que existen personas que ejercen este trabajo desde la carnicería y las malas praxis, sin embargo, ella siempre supo que la taxidermia también puede nacer como un acto que nace desde los afectos. 

“Que esta sea la manera más conocida de hacer taxidermia no significa que sea la única posibilidad que nos otorga, gracias a estas herramientas podemos tener un pedacito de un ser que amamos y que ya no está con nosotros, pienso que la intención que hay detrás de esto lo cambia absolutamente todo”, ataja la taxidermista.

Al preguntarle de dónde brota toda esta inspiración, la respuesta se vuelve larga y difícil de concretar. Va desde el arte, José Saramago, la naturaleza, la infancia, el amor, la escultura, los retratos de las monjas coronadas, y también, el pasaje religioso sobre los neonatos que mueren. Desde el crisol religioso, se entiende que estos seres se convertían en divinos angelicales por su pureza del alma, algo que atraviesa mucho a Daniela Guzmán quien lo explica de la siguiente manera:

Me baso mucho en la tradición de “la velación del angelito”, que se celebraba al morir un bebé no bautizado. Al ser tan pequeño, inocente y jamás haber cometido pecado, tenía pase directo al cielo y se convertía en un ángel. El ritual era muy distinto a un funeral común, por ejemplo, le colocaban alas de papel y la familia no podía llorar su pérdida, ya que estas lágrimas mojarían sus alas y evitarían que pudiera volar al cielo. No soy una persona creyente, pero esta tradición, además ser estéticamente muy interesante, me llama mucho la atención porque la misma lógica se puede llevar a un animalito, sin importar su edad son seres inocentes y al morir bien podrían ser angelitos, explaya la artista.

Entre corazones, vísceras, tejidos, colores pastel, ojos abrillantados y miradas de paz, el límite entre la vida y la muerte se desdibuja cuando se observa la obra de Daniela Guzmán (Ars Mortis), para abrir el camino a algo aún más grande: la belleza de morir y ser amado.

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