En la Ciudad de México, donde las políticas de “senderos seguros” consisten muchas veces en alumbrar la calle y recubrirla con pintura violeta, la vida de las mujeres sigue en alerta. Frente a esa brecha entre discurso y realidad, Casa Gaviota sostiene lo que el Estado aún no consigue garantizar: la reconstrucción emocional de quienes sobreviven a la violencia sexual.

Casa Gaviota nace de las violencias que vivimos mi mamá y yo”, explica Samantha Báez, directora de la organización, en entrevista con La Cadera de Eva. Lo que comenzó como una respuesta íntima se convirtió, con el tiempo, en una red extendida. Hoy la asociación, fundada en 2012 por Báez y su madre, Dolores Blancas, acompaña casos de acoso sexual en calles, escuelas, oficinas y hogares. Doce años después, la constante es una: la violencia sigue siendo estructural, cotidiana y muchas veces minimizada.

Los números confirman el alcance. Casa Gaviota ha acompañado a más de 264 mil mujeres, niñas y jóvenes, facilitado 6 mil 300 sesiones psicológicas, brindado capacitación en autonomía económica a 2 mil 490 mujeres, y 224 ya cuentan con empleo formal.Vidas que, en lugar de quedar detenidas en el trauma, encontraron acompañamiento.

Este año, ante los reportes de violencia sexual en festivales masivos (desde tocamientos no consentidos hasta agresiones en zonas oscuras), el Corona Capital y el Flow Fest contaron por primera vez con un Punto Violeta operado por Casa Gaviota. Una carpa de contención en el mismo lugar donde la fiesta promete seguridad que no siempre llega.

La organización también trabaja con un protocolo de intervención ante el acoso conocido como las 5D: Distraer, Delegar, Documentar, Desahogar/Dar asistencia y Dirigir. El método, utilizado en espacios comunitarios y educativos, ofrece a testigos pasos concretos para actuar de manera segura cuando presencian agresiones, un desmontaje práctico del silencio que suele acompañar la violencia.

Para Báez, la dimensión del daño se mide mejor en historias individuales. Una estudiante de medicina tomó un taxi rumbo a un examen; el conductor comenzó a describir lo que quería hacer con ella. La joven saltó del vehículo en movimiento. Sobrevivió, pero días después abandonó la carrera. “Ahí perdimos a una médica”, lamenta. 

Ese es el punto que la organización insiste en nombrar. El acoso no solo vulnera: corta trayectorias, cambia futuros. “Muchas hemos sido acosadas desde niñas sin saber que tenía nombre”, dice Báez. Nombrar, asegura, es un primer acto político: implica reconocer el daño y desmontar la normalización.

La directora no responsabiliza a las víctimas cuando no denuncian, aunque el sistema sí lo hace. Ella misma lo explica desde la experiencia: “Cuando me han acosado en la calle, lo único que quiero es irme”. No hay fotografías, placas o memoria nítida para sostener una denuncia. La violencia ocurre en segundos; la justicia exige documentos, tiempos, pruebas. “La violencia nos paraliza”, dice. Y en esa parálisis se pierde casi todo.

Un impacto que vale por 12

El trabajo de Casa Gaviota parte de una certeza que han visto repetirse: cuando una mujer sale de la violencia no solo se salva a sí misma. “Una mujer rompe el ciclo y arrastra con ella a otras 12”, explica Báez. Primero los hijos y las hijas; luego madres, amigas, vecinas. Una mujer que se nombra sobreviviente abre una grieta en la continuidad de la violencia.

Esa mujer se convierte en agente de cambio. No juzga a quien aún no puede salir; acompaña.

La misión de Báez está anclada en la educación para la paz. En un país donde la violencia contra las mujeres es estructural, la paz no es pasividad sino trabajo activo. “La paz y la justicia deberían ir de la mano”, sostiene. Casa Gaviota no espera a que la justicia llegue: trabaja para que las mujeres recuperen primero paz interna, luego futuro.

La organización ha desarrollado campañas de sensibilización y herramientas como el Stand Up contra el Acoso Callejero, que enseñan a nombrar la violencia y a intervenir. Lo que más ha funcionado, dice, es “que las personas le pongan un nombre (al acoso)”. El lenguaje desmonta la duda: lo que se percibía como exageración o mala suerte se revela como violencia.

En su trabajo, Báez incorpora también Descodificación Biológica con perspectiva de género, una metodología a la que llegó tras acompañar la recuperación de su madre, sobreviviente de violencia y tres cirugías por tumores cerebrales. La premisa es sencilla y brutal: “Todo lo que vivimos se queda acumulado en el cuerpo”. La violencia también enferma.

Una escena lo explica: una mujer que iniciaba terapia ofrecía siempre una fruta casi podrida. Con el tiempo, llegó con una manzana brillante. “Sabías que era rica, que se te antojaba”, recuerda Báez. La fruta era la imagen de su propio cuerpo en proceso de reparación.

Báez se define ambiciosa. Y lo demuestra: quiere duplicar el número de mujeres apoyadas al año. La vía será una plataforma educativa orientada también a empresas, espacios que la directora considera clave cuando las instituciones miran hacia otro lado.

Si necesitas orientación o quieres saber cómo funcionan sus programas de atención y acompañamiento, puedes consultar más información en: casagaviota.org.mx