“El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en la misma caja)” es una historia llena de niñas y niños, pero sin padres. Un relato donde un diablo —que no es malo ni diabólico— está presente constantemente en los rezos de la abuela, y donde la locura, a veces, no es más que la voz de la razón. La ópera prima del director Ernesto Martínez Bucio, ganadora en la Berlinale 2025 y en guion en el Festival de Cine de Morelia, habla de la infancia, el abandono y la familia. Paradójicamente, habla también de la poesía. O quizá sería más apropiado decir que surge de ella, de la pluma y los versos de Karen Plata, coguionista y coeditora de la película. En entrevista para La Cadera de Eva, Plata nos contó el proceso de creación de la película y los elementos autobiográficos que se esconden detrás de ella.
¿Cómo pasaste de la poesía al cine? ¿Qué elementos tiene el guion que no tiene la prosa y viceversa?
Yo vengo más de literatura, pero un día, en un viaje, me quedé atascada en el tráfico por siete horas con una amiga, y todo el camino ella estuvo diciéndome: “Karen, deberías de meterte a hacer algo de guion, algo de cine”. Yo le decía que no y que no. Además, no tenía varo, porque la vida del escritor literario es un poco así. Pero me convenció de ir a una entrevista y pedir una beca en lo que antes era el Taller de Mantarraya, que ahora es ESCINE. Y dije: “Bueno, hay cosas que no sé cómo decir en escritura que igual y se pueden decir de otra forma”.
(…) Mi primer intento fue con unos poemas que tenía y que pasé a guion para ver cómo funcionaban. Luego hacíamos ejercicios y tenía la sensación de que no lo podía hacer sola, que necesitaba más manos. Ahí apareció Neto [Ernesto Martínez Bucio]. Él es más narrativo, más estructurado. A mí se me ocurren cosas, a veces de la nada, de sueños. Yo digo que somatizo hacia el mundo exterior, entonces nos complementamos.
¿Cómo fue el proceso de escritura? Debe ser muy particular construir un guion entre dos personas.
Sí, al principio, con Neto empezábamos a trabajar y yo le decía “déjate ir, necesitas más sensibilidad con estas cosas”. Y él respondía: "Sí y tú necesitas más estructura”.
Creo que fue una gran parte de complementar. Pero nos faltaba algo. Entonces, llegó Odei [Odei Zabaleta, director de fotografía]. Odei es muy amigo suyo y yo lo conocía por otro lado.
Entonces, se va formando un grupito muy, muy chulo; más como taller. A veces, nos peleábamos y leíamos en voz alta y comentábamos. De repente, llegaba Odei con imágenes y decía: "Es que yo creo que va por aquí” y se fue construyendo.
La verdad es que también fue un pretexto para reunirnos, beber, criticar y de repente decir: “podemos hacer cosas juntos”.
¿Qué posibilidades te dan las infancias para escribir desde esa voz?
Yo elegí escribir desde la poesía, desde una voz infantil, porque me daba más posibilidades de juego, tanto que podía jugar con ensoñaciones, cosas fantásticas, modificar la realidad, pero con el contraste de la inocencia. Incluso hacer algo más agridulce.
Yo me acuerdo cuando era niña, no era una niña completamente buena y tampoco los otros eran buenos completamente. Esa maldad infantil ¿desde qué punto la vemos? Yo creía en los Reyes Magos —aunque ya me habían repetido mil veces que no existían—, y me acuerdo que lo que más les pedía era poder atravesar las paredes. Decía mi abuela que luego me veía y que yo estaba así, como moviendo la mano muy despacito hacia la pared, porque en mi cabeza pensaba que algún día las iba a poder atravesar. Esa posibilidad de juego creo que es lo que más me atrae de esa voz infantil.
De hecho, en la historia hay cosas que son muy biográficas. A ver, yo tengo seis hermanos y al inicio eran seis hermanos en la película. Y luego lo cambiamos porque era muy complicado llevarlo a cámara. Yo tengo unas hermanas que son gemelas y, de hecho, ahora que vieron la película, una de las gemelas me preguntó por qué no aparecía. Todos se llaman como mi familia, todos.
Es imposible no preguntarte qué otros elementos autobiográficos hay en “El diablo fuma”
Sí. Pues, mi abuela es esquizofrénica, de hecho. Y hay muchas frases de ella, esto de “si rezo el diablo se me aparece”, por ejemplo. Pero para mí de niña el diablo no era una figura mala.
Porque tampoco A mí me me metieron en una escuela católica, de monjas cuando era chiquita, y tengo una frase muy grabada. Yo soy morena y era una escuela más o menos fresa, todas las chicas eran muy blancas. Un día, una de las profesoras me dijo: "Aquí siempre llegaban palomas blancas, hoy llegó una negra”. Entonces, la religión la relacionaba con una cosa terrible, por como me habían tratado, y la figura del diablo y las historias que me contaba mi abuela no me parecían tan malas en contraste.
¿Tienes una escena favorita de la película?
Mi escena favorita es una que no escribí y es hermosa. Es un gestito de los niños cuando se están lavando. Hay una miradita entre la actriz que interpreta a Vanessa y la que hace de Marisol. Marisol dice: "Ah, tienes pintura aquí". Y la otra hace un gestito y responde: "Pues tú también". Yo lo vi y me dí cuenta que ahí estaba la relación de hermanas, que lo habían logrado. Eso no lo pude haber escrito yo.

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